Fotografía·Fotos torrelavega·poesía

Desde mi terraza veo esta vida tan bella pasar

Panorama torrelaveguense, una foto de Pepín Balongo.
Panorama Torrelaveguense, una foto de Pepín Balongo.

Desde mi terraza veo la vida pasar
La dulce niña, su tierno amante,
Y el anciano al que le espera su mar;
Se dibujan niños que no saben llorar
Y abuelas que añoran su hogar

Desde mi terraza la vida dejó de amenazar,
Todo se hizo verano, madreselvas y paz,
Dulce monotonía de tus pasos, -te siento llegar-,
Tiñes el sol de rojo, -lo haces sin mirar-,
Eres corazón, fantasía, paz y mi libertad.

Desde mi ventana la lluvia cae plácida,
Aquella chiquilla se refugia
En el hombro del alma aun blanca
Que Le sirve de eterno paraguas,
Mientras ella llora lágrimas sonrosadas.

El anciano no se preocupa
Pronto será agua de sal, anhela su lejano mar;
Él, que es corsario, hacia el norte partirá,
Sabe que en esta orilla le ha llegado su final
Y que, al caer la tarde, volverá a navegar,
Un viejo timón, vientos portantes y deseos de volar.

Desde mi terraza veo la vida pasar
La dulce niña, su tierno amante
Y el anciano al que le espera su mar;
Se dibujan niños que no saben llorar
Y abuelas que añoran su hogar.

Fotografía·poesía

Como aquellos amores que nunca lo fueron

Avenida de España, una foto de Pepín Balongo.
Avenida de España, una foto de Pepín Balongo.

Me equivoco de equivocarme puedo, mi anhelo,
Hilazón y enigma de un tonto sentimiento
Que surge a veces y que, a tientas, busca alejarme
Arrasar todo quedo y arrastrarme hacia un fuego
Que de lejos me conmueve y, abrupto, alimenta mis miedos.

Disperso, mi vida, te quiero.

Si fueras la luna, de luto iría a tu encuentro,
Si de mi arrebato trenzaras luceros
Los atraparía con tal de entregarte mis besos,
Alfombras de colores, pisando flores
O quizá amores que nunca fueron
Pero que en mí estuvieron devorando muy bajito mis sueños.

Me aferro a tus labios, en ellos calmo lo que me hace daño
Y araño, doy quiebros y siempre me rallo,
Todo lo tuyo es extraño, pero no engaño,
Por ello vivo y por tus muslos, y el ardor de tu tallo
Todo lo que de ti me duele y a ti te hace daño.

Y tú lo sabes, ¡bien qué lo sabes!, Amarte hace daño.

Si de estar estuvieras en el albor de mis noches
Todo lo dieras por no perderme,
Acariciarme, soñarme, tocarme cual mariposa de colores,
Que se adorna de luces, todas azules,
Como tu mirada, como nuestros mares,
No somos aguas dulces, de amarga es nuestra esencia
Porque un maremoto de grises atosiga nuestra existencia.

No sé qué contarte, mi mirada está fija
En la flor de tu pecho y el rubor de tus mejillas
Viento que equipara lamentos,
Que me aleja un ciento, valores sin cimientos,
Sabor de despedida, mil te quiero, un asumido desconsuelo.

Voces que se pierden y me llegan,
De locura me bañan y a mi alma se pegan,
De agónicas me envuelven y me pierdo, princesa,
Sé que sufres, no sé si me quieres
O de fútil embargo olvidas tu quereres
Al igual que se acurrucan los atardeceres.

Piérdete o dame vida, ve o vuelve,
Haz lo que quieras, dáñame si quieres,
Me convertiré en semilla para ser lo que eres,
Te veré tranquila, o te gritaré mil veces
Hasta que de pronto el día me mate y no te piense
O me arrebate el alma, quizá para siempre.

Fotografía·poesía

Mi alma ha diseñado una máquina para detener los amaneceres

Vientos de fuego, una foto de Pepín Balongo.
Vientos de fuego, una foto de Pepín Balongo.

Hoy soy verso fantasma, pareado en busca de princesa
Que ya está, pero espera, ¿qué espera?
Mi alma diseñó una máquina para entorpecer amaneceres
Hoy me liberé, no quise realidad y esta pasó de largo
Pensando que se había equivocado.

Y pensé, sentadito aquí en el río, ¿Qué canción elijo?,
La más cálida, aquella sin filos,
¿Aquélla otra que provoca frio?,
O a la de ella que me sabe a brisa fresca
Pero que, de mi tiempo, rehízo remolinos.

Pero jamás la de la dinamitera que bombardea mis torpes defensas
Mientras con manos temblorosas intento sujetar lo que de alma me queda,
Por no decir que digo que hay la que convive de equilibrios
Fuegos marchitos que, de parecer juventud, solo trasmiten olvido,
Dolor desgana y sinrazón…, despacito te lo digo.

Sé que hay brillos, sinuosos luceros que me ofrecen consuelo,
Pudieron ser, quizá, amores verdaderos,
Pero fueron sin serlo, porque nacieron de una mesa gris
Que desgasta mis codos y produce desasosiegos
Y de una amiga luciérnaga que me habla y llega,
Parece sincera, pero al pronto me mira y duda,
Eternas dudas, sempiternas contradicciones,
Pero llegan del cielo y no muero porque de ellas me muero.

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Te sangraría el alma si por ella sangre navegara

Bien cerquita del cielo, una foto de Pepín Balongo.
Bien cerquita del cielo, una foto de Pepín Balongo.

¿Eres un sueño?, ¿un ideal que me produce dolor?
O una mujer que desea abrir sus poros a mi sudor,
¿Esencia de rosa o madreselva apabullante?

Soy vulnerable a las caricias de tus sentidos,
Al aroma rosáceo de tu intimidad,
Y al dulce aliento que presiento y no prevengo,
Madurez contra vida que estalla en llamas,
Libertad contra apabullante soledad,
Pero sin embargo te quiero, solo eso.

Si tú supieras que, si mi amor un palmo te rozara,
Te sangraría el alma si sangre llevara,
Si te entregara mis arrebatos, si entendieras mis deseos,
Dilapidarías mis reservas sin decir: -luego vengo-,
Contraatacaría tu desanimo derramando, sin saberlo,
Millones de latidos a los que no encontrarías consuelo.

Agonizo en los nichos que abre en mi alma
La sangre de aquel otro que navega y horada
La intensa oquedad de aquello de lo que la vida no me rescata,
Pero sin embargo se aleja y no lo alcanzo ni a tientas,
Todas imaginarias prebendas para no sentir que no siento nada.

Los primeros rayos de sol difuminan los atropellados latidos de mi ser,
Recuerdo de noche negra, aroma de ella, perfume de ti,
Sutil incongruencia impregnada de dulzura húmeda,
Pero cubierta de las espinas de lo que nunca llega, de lo que no llena,
Aunque mis venas estén llenas de la tinta que vehiculiza
Todo lo que desestructura mi alma,
Convirtiéndome en semilla cubierta de llagas eternas.

No comprendes de donde salgo, si muero o vuelvo,
Pero este dolor ciego que devora la morada
Donde duerme un corazón sincero
A besos alcanza tu mirada, aun de lejos,
Aunque tú de eterna digas que no sientes nada.

Vivo de luces y terrores prohibidos,
Como aquel amanecer desde una celda,
O aquella piedra que devuelve para siempre el río,
Como tu intimidad, cuando te dejas y no te dejas
Produciéndome una mueca grotesca
Que, sin ser de cera, mi vida desmadeja.