Cine·Cine clásico·Directores de cine·Dudley Nichols·el Western·Henry Fonda·Historia del cine·Hollywood·John Ford·Mary McBride·Películas·Walter Brenan·Ward Bond·Wayne

John Ford, poeta

Mi amado Truffaut decía de John Ford que era un poeta que jamás hablaba de poesía, un romántico cascarrabias que eligió toda su vida ponerse un caparazón tan duro que solo dejó entrever su verdadero yo en contadas ocasiones y, sobre todo, en la pantalla de los cines donde nos regaló un ramillete de fotogramas que han quedado grabados para siempre en la memoria visual de toda la humanidad.

Sean Aloysius O´Fearna, que así se llamaba el maestro, nació para el mundo dos veces: la primera en un día indeterminado del año 1890 en la región irlandesa de Inisfree (que luego inmortalizaría en El hombre tranquilo”) y más tarde, en el registro civil estadounidense de la región de Cape Elisabeth, el 17 de febrero de 1895; de ahí viene la discrepancia sobre la edad que tenía el inmortal autor cuando le sobrevino la muerte el 31 de agosto de 1973.


Ford tuvo una juventud errante en lo que se refiere a la búsqueda de su verdadera vocación: cursó bellas artes en Portland y se planteó por aquellos días el sacerdocio, mas tarde trabajó en la industria peletera y también como publicista de una fabrica; pero en 1912 tropezó con su destino de manos de su hermano Francis (actor y director en el incipiente Hollywood) que le enchufó en la Universal como chico para todo, aunque pronto destacó como un excelente regidor.

Hubieron de pasar cinco años para que le llegara en 1917 la oportunidad de dirigir una serie de films protagonizados por Harry Carey, toda una figura en la época, lo que le dio ocasión para foguearse en la técnica. Ford fue durante toda su vida un autodidacta y no faltaban en sus modales rasgos característicos del indómito carácter irlandés: borracho profesional, huraño como pocos y, sobre todo, una cabezonería de dimensiones bíblicas que enseguida le valió para hacerse un sitio en aquella complicada aventura de los albores del cine como industria.

John Ford contrajo matrimonio en 1920 con Mary McBride, con la que convivió durante toda su vida y que, a buen seguro, debió de ser una santa para doblegar el imparable carisma de este gran hombre.

Sin lugar a dudas Ford está íntimamente ligado al género que ayudo a cimentar: el Western, pero también logró colar en casi todos sus films incisivas inquietudes sociales (siempre fue falsamente tachado de fascista cuando en realidad algunos de sus films de los años 30 coqueteaban indisimuladamente con los postulados de la izquierda), todo ello sin olvidar el sello épico que logró imprimir en sus películas que bebían claramente de muchos arquetipos de la mitología griega.

También fue pionero de un tipo de cine que detiene su lente en la psiquis de sus personajes acercándose de tal modo a su intimidad que esta parecía un elemento más de la cámara, todo ello sin renunciar a viejos clichés (en su tiempo no tanto) de reconocida solvencia: ferrocarril, indios, grandes praderas, rifles, la cantina, etc.

Este irlandés, sobrio de gestos, ayudó a escribir la teoría del cine, este carácter erudito le aleja de la etiqueta de artesano del séptimo arte algo que asumieron como inevitable muchos cineastas de su generación.

La capacidad de improvisación de Ford era proverbial y entre tanto caudal creativo se propiciaron hallazgos esenciales del lenguaje cinematográfico, muchos de ellos insertados segundos antes del rodaje de la toma, a modo de ejemplo sirva el Zoom utilizado como sustituto de un falso travelling (efecto que le encanta a Spielberg) o largas tomas sin cortes tan habituales hoy en día.


Truffaut hablaba de Ford también como el máximo exponente de la puesta en escena invisible, queriendo expresar su admiración ante un realizador que movía lo menos posible la cámara y que, de hacerlo, solo era para acompañar a un personaje, en definitiva planos casi estáticos filmados a la distancia más adecuada a la acción que, a fin de cuentas era lo más importante para este gran director.

Otro gallo cantaba si hablamos de su relación con la naturaleza, a la que cede todo el protagonismo y la brillantez; espectaculares tomas en exteriores que dejaban bien a las claras la pequeñez del hombre frente a los grandes espacios, de ahí le viene la rotundidad de los contrastes focales entre unos primeros planos indagadores y unos excelsos planos generales que cedían dos tercios del encuadre a un cielo que soporta todos los vaivenes de la acción.

El prototipo de personaje de un film de Ford (era un enamorado de los secundarios) nos habla de un hombre más bruto que un arado, es duro, reservado y se distancia (aparentemente) de las emociones, aunque esto es solo una pose pues toda esta parafernalia siempre esconde el corazón de un sentimental irredento, ni más ni menos que el reflejo de este gran norteamericano de sangre irlandesa.

Aunque el héroe fordinano se rinde ante el poder de la naturaleza engrandece sus miras a la hora de imponer su criterio mostrando un orgullo y una capacidad de lucha que rayan en lo obsesivo, esto se puede aplicar a los grandes ideales y también para la venganza o la violencia desatada.

Ejemplos claros de las preferencias de John Ford son grandes actores como Wayne o Henry Fonda, y por supuesto los inmortales secundarios Ward Bond o Walter Brenan que, aunque era más sutil que Bond, no tenía la enorme presencia física de este inolvidable actor.

La heroína de Ford era valiente, rebelde y luchadora pero al tiempo buena cristiana y profundamente hogareña, rasgos que no las hacia renunciar al romanticismo y a cierta carnalidad mostrada siempre con la socarronería que caracterizaba al director.

No me cabe duda de que la maravillosa Mauren O´Hara es el compendio de estas virtudes que buscaba afanosamente John Ford.

Capítulo aparte merece un sentido del humor nada soterrado que, entre irónico y tierno, vistió de humanidad hasta el último de sus films, demostrando un amor por sus personajes que jamás ha podido ser igualado en toda la historia del cine.

Ford, consciente de que era un genio de la imagen, cedió el apartado literario a los mejores guionistas de la época de entre los que destaco a Dudley Nichols (Ben Hecth no fue acreditado en “La diligencia”) que supo mimetizarse a la perfección con el universo personal del director, que no fue nunca hombre panfletario (ni siquiera en “Las uvas de la ira) y que más bien quiso mostrar la vida tal y como él la veía y sentía, algo que no siempre concordaba con el mundo real, pero que sin embargo nos ayudó a muchos a ser conscientes de su condición de gran poeta visual.


Por esta razón Ford no gustaba de bastones artificiosos y presentaba todos sus films con una sobriedad y contención serenamente calculada y entregada exclusivamente al modo en que se desenvuelven sus personajes (con sus actitudes y gestos) en la pantalla.

De hecho, con un par de planos, decía más que muchos otros realizadores que gustan de planificaciones más ornamentadas, hablo de esos innecesarios subrayados que tanto me molestan y que parecen que solo van dirigidos a mostrar el ego del autor y la debilidad mental del espectador.

La mejor muestra de esta maestría de Ford se da en una de las primeras escenas de “Centauros del desierto”, basta tan solo con una mirada frente a frente para ser conscientes de que Wayne ama profundamente a la mujer de su hermano, no se vuelve a hacer hincapié sobre esta relación en todo el film, pero no olvidas el impacto emocional y eso solo puede hacerlo un genio.

Aquí es donde radica el gran éxito de este director porque esa sencillez que le caracterizaba se traducía en profunda suavidad y momentos de íntima emoción, Ford hurgaba en lo cotidiano y en los pequeños detalles y con su mano maestra nos los devolvía revestidos de eternidad.

Por último el humanismo es la piedra angular del microcosmos fordiano, él utilizó valores universales del ser humano, desde la escala más baja hasta los valores más nobles, y al tiempo no le importó ser tildado de primitivo o de moralizante porque, con su mano maestra y su brutal sinceridad, hacia épica de todo ello alcanzando cotas sublimes que hacían olvidar cualquier resquicio de perjuicio.

John Ford realizó 126 películas, buena parte de ellas autenticas joyas del cine y un buen racimo selecto indiscutibles obras maestras; el estilo de este gran director es completamente reconocible y puede que sea uno de los cineastas más populares de todos los tiempos; sea como sea él logró la gran aspiración de cualquier artista: crear joyas inmortales del cine y que encima la gran mayoría fueran monumentales éxitos de taquilla, esto obliga a pensar que difícilmente vuelva a darse
un caso así en la historia del arte.

Actores·Actrices·Ceremonia de los Oscar·Cine·Cine clásico·cronología de los Oscar·Directores de cine·Gigante·Historia de los Oscar·Hollywood·http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post·Humphrey Bogart

24 Ceremonia de los Oscar de Hollywood (1952)

El jueves 20 de marzo de 1952 se produjo en el teatro de la RKO una sorpresa por partida doble, ninguno de los asistentes apostaba esa noche porque la Metro Goldwin Mayer se llevara el Oscar a sus vitrinas gracias a “Un Americano en París” y los pocos que sí albergaban esta esperanza formaban parte de la gran mayoría absoluta de los que ya veían al fornido Marlon Brando alzarse con su estatuilla.

Vayamos por partes, “Un tranvía llamado deseo”, de Elia Kazan gozaba de los parabienes del circulo intelectual (elitista) de Hollywood, mientras “La reina de África” era la apuesta de la industria mas tradicionalista y convencional.

Con lo que no contaba nadie era con que ese año en concreto la Metro había colado entre las filas de los académicos con derecho a voto figuras muy relevantes del estudio; esto, que fue comidilla y objeto de críticas no ha impedido jamás (por supuesto) que este gran musical haya sido considerado con el tiempo una de las grandes joyas del séptimo arte.

Arthur Freed, a la sazón, productor de musicales de la Metro se había quedado prendado con el buen hacer de Gene Kelly en las tablas de Broadway y le había dado su primera oportunidad en el film “Mi chica y yo” (Bubsy Berkeley, 1942) junto a la rutilante Judy Garland.

Kelly supo sacar buen partido de este espaldarazo y pronto se instituyo como una opción más “humana”, cercana, juvenil (y sobre todo física) que enfrentar a la elegancia y maestría, un tanto distante, del maestro de maestros Fred Astaire.

“Un Americano en París”, que también le supuso el Irving Thalberg al productor Arthur Freed, se había concebido en un primer momento en un vehículo de lucimiento para Kelly que se iba a ver respaldado por las maravillosas canciones de George Gershwin, pero la sensible mano de su director Vincente Minelli y un guion más cuidado que la media de estas producciones firmado por Alan Jay Lerner, se sumaron a la brillante idea de regalar 18 minutos del film al libre albedrio de Gene Kelly, lo que dio como resultado uno de los musicales más estimulantes de la historia del cine.

En un articulo anterior me extendí generosamente en otro gran film de Gene Kelly (esta vez firmado en 1952 junto a Stanley Donen) “Cantando bajo la lluvia”, he de reconocer que me cuesta mucho hacer esta afirmación, pero a excepción de un par de secuencias memorables, la película de Minelli siempre me ha resultado más redonda.

Cabe recordar que esos maravillosos 18 minutos coreografiados por Gene Kelly se convirtieron en un orgiástico festival de luz y color inspirados en la pintura francesa que se ha quedado grabado en la retina de millones de espectadores a lo largo de varias generaciones.

Si George Stevens, no hubiera sido tan extremadamente maniático y puntilloso hoy día estaría a la altura de Ford o de Hawks, pero aun así dejó para la posteridad obras monumentales como “Raíces profundas”, el Western más querido y recordado de todos los tiempos, “Un lugar en el sol”, el film que nos ocupa y que le supuso un Oscar este año y sobre todo “Gigante”, una película no del todo suficientemente valorada que está a la altura de las mayores epopeyas del cine.

Stevens representa lo mejor de la vieja guardia de Hollywood, era un gran artesano que tenía una mano maestra para despertar emociones por medio de detalles en apariencia insignificantes y sobre todo aleteaba en su interior un excelente psicólogo dotado de una inteligente mano izquierda para tratar con las estrellas, hecho que propiciaba que extrajera siempre de sus actores las mejores interpretaciones de sus carreras.

Este director californiano, que había nacido en 1904, fue nominado en cinco ocasiones a lo largo de su vida, resultando premiado en dos de ellas, las ya citadas “Un lugar en el sol” y “Gigante” (1954)

Tras “El diario de Anna Frank” en 1959 su carrera entraría en un progresivo declive, motivado en parte por la falta de paciencia de los nuevos capitostes del cine que no soportaban los interminables rodajes de Stevens, de hecho solo realizaría dos películas más “La historia más grande jamás contada” (1965), narración bíblica lastrada por un film similar de Nicholas Ray y “El único juego de la ciudad” (1970) cinta que pasó sin pena ni gloria y que puso punto y final a su carrera.

Stevens falleció el 8 de marzo de 1975 en California.

“Un lugar en el sol” estaba protagonizada por Montgomery Clift y la bellísima Elisabeth Taylor, que a su vez fueron respaldados por una sensacional Shelley Winters que brilló a pesar de lo grisáceo de su personaje.

El film narra el drama de un pobre infeliz al que se le da la una oportunidad laboral y responde a esa confianza cometiendo el error y la deslealtad de dejar embarazada a una compañera de trabajo a las primeras de cambio; poco después conoce a una hermosa y rica heredera que le puede dar la oportunidad de medrar en la vida por la ley del mínimo esfuerzo, pero para ello deberá superar el lastre que le supone el embarazo de su humilde compañera.

Os he hablado de sorpresas y ahora llega la segunda de la noche, en el año de “Casablanca” resultaba obvio que el personaje interpretado por Bogart era el gran valedor para alzarse con el triunfo pero en esta ocasión el mítico actor no lo tenía tan claro (y además no tendría ganas tampoco de llevarse otro disgusto) y menos aun teniendo en cuenta de que su contrincante era un joven actor recién salido del Actors Studio llamado Marlon Brando.

Brando se había llevado las mejores críticas pero al final venció la justicia poética y para pasmo de muchos pudimos ver a Humphrey Bogart sosteniendo entre sus manos la ansiada estatuilla.

Bogart, al que le gustaba mucho decir que nadie era famoso hasta que no sabían pronunciar su nombre en la india, había nacido en 1899 y las primeras décadas de su vida fueron un poco tumultuosas, por ello, por afán de aventuras o por huir del yugo familiar se alistó muy joven para participar en la Primera Guerra Mundial, contienda en la que resultó gravemente herido en la boca, hecho que paradójicamente le supuso el sello personal de su carrera pues el labio leporino que le dejó la cicatriz propició ese ceceo que tanto le caracterizó.

En los primeros años la Warner, compañía con la que había firmado contrato, vislumbraba en él a un excelente intérprete, pero los productores no sabían demasiado bien que trabajos encomendarle por lo que le relegaron a papeles secundarios, normalmente malvados, que le dieron cierta fama.

Se puede decir que la gran oportunidad de su vida se la dio Lesley Howard (a la sazón gran amigo de su paso por las tablas) cuando le seleccionó para interpretar a u convincente matón en “El bosque petrificado” (Archie Mayo, 1936), hecho que motivó al gran William Wyler para sumarle al reparto de “Calle sin salida”, pero fue en 1941 y de la mano de Raoul Walsh cuando le tocó interpretar a “Perro loco” en la inolvidable película “El último refugio”, hecho que le consagraría definitivamente como una gran estrella del celuloide.

Después llegarían títulos como “El halcón maltes” (1941), “Casablanca” (1942) y “Tener y no tener” (1944), películas en las que cimentaría su fama de hombre duro que esconde un gran y sensible corazón.

Tres obras maestras “Cayo largo”, “El tesoro de Sierra Madre” (ambas de 1948) y “La reina de África”, que fue su único Oscar, le colocaron en el Olimpo de los inmortales del cine pero parejo al declive del sistema de estudios llegaron también tiempos más grises para el devenir de la estrella.

Sus interpretaciones de 1955 en “La mano izquierda de Dios” (Edward Dmytryk) y “No somos ángeles” (Michael curtiz) desvelaron una cierta desgana por parte del actor y no ayudó mucho tampoco el patinazo que le supuso su papel en “El motín del Caine” (Dmytryk, 1954), película en la que se le fue la mano y resultó claramente sobreactuado, pero ya en 1956, pocos meses antes de su muerte y en pleno declive físico a causa de su enfermedad rodó el que quizá fuera su mejor papel, “Más dura será la caída”, una suerte de testamento cinematográfico en el que interpretaba a un periodista infiltrado en el oscuro mundo del boxeo.

Sobre el rodaje de “La reina de África” se han escrito decenas de libros y varias películas entre las que destacaría “Corazón blanco corazón negro” (Clint Eastwood, 1990) que está basada en el cuaderno de rodaje que escribió Peter Viertelguionista no acreditado del film.

Es un secreto a voces que a Huston le apetecía un safari por África y de paso hacer una obra maestra, por ello y animado porque ya coló su empeño de rodar en Méjico “El tesoro de Sierra Madre” (con excelente resultado artístico) se animó a probar suerte y de ese modo poder cazar leones a cuenta del estudio.

Visto desde la lejanía la presencia de la gran Katharine Hepburn en esta disparatada aventura parecería fruto de una broma pero con el tiempo se descubriría que el film propició uno de los mejores carteles protagonistas de la historia del cine.

Realmente el aparente antagonismo de Hepburn y Bogart no era tal, de hecho sus caracteres se complementaban bastante bien, la aparente fragilidad en las maneras de la actriz se veía compensada por la aparente rudeza de Bogart y a su vez el lado sensible y vulnerable del actor encontraba su contrapunto en la inagotable fuerza y el carisma de esa extraordinaria mujer que fue Katharine Hepburn.

Existen varias anécdotas respecto a este complicado rodaje (que fue durísimo, de hecho hubo que acabarlo en unos estudios londinenses), pero me voy a quedar con dos que están íntimamente relacionadas con el alcohol.

Solo Errol Flynn y John Barrymore podían tumbar, en lo que a la bebida se refiere, al par de borrachos vocacionales que fueron Huston y Bogart por eso el médico ni se molestó en auscultarles cuando todo el equipo técnico sufrió colitis al agua contaminada: ellos el agua ni la olían, solo bebían ginebra y whisky.

También es memorable (y real) la leyenda que afirma que la escena en la que la remilgada misionera, interpretada por Hepburn, arroja al río toda la bebida del rudo patrón harta de sus borracheras esta le fue dolorosamente inspirada (por la fuerza) a John Huston dado que la brava actriz aprovechó una antológica resaca para deshacerse de todo el alcohol que había en el set de rodaje.

Humphrey Bogart murió rodeado por el cariño de sus hijos y por el del gran amor de su vida Lauren Bacall el día 14 de enero de 1957 a la temprana edad de 57 años.

Vivien Leigh se encontraba en Londres interpretando la obra de Tenesse Williams “Un tranvía llamado deseo” cuando fue llamada urgentemente por Elia Kazan que acababa de ser desolado testigo de cómo el estudio repudiaba a Jessica Tandy para el papel de Blanche du Bois en la gran pantalla alegando que con su presencia haría huir al publico de los cines (así era esta gente a veces)

A la bella e inolvidable Escarlata de lo que el viento se llevo le vendría a la mente seguramente aquel 14 de diciembre de 1938 cuando acudió al set de producción de una película llamada “Lo que el viento se llevó” y que se encontraba en su cuarto día de rodaje, el resto es historia…

Fue un acierto, sin duda, la elección de esta actriz pues el contrapunto inglés que ella representaba impregnó su papel de una etérea emoción, no carente de fuerza, que congenió muy bien con los salvajes y novedosos métodos actorales de esa fuerza de la naturaleza que era Marlon brando.

De su papel, que no tenía nada que ver con el de “Lo que el viento se llevó” aunque ambos personajes eran sureños, se llego a decir que provocaba a partes iguales piedad y terror e incluso algunos diálogos como: “siempre he dependido de la amistad de extraños” o “no quiero la verdad, quiero la ilusión” son inimaginables en el cine saliendo de otros labios que no fueran los de la Leigh, una actriz que aun era joven y bella pero que no estaba envejeciendo demasiado bien.

Esta actriz británica, cuyo último papel en el cine se dio en 1965 al interpretar junto a Lee Marvin y Simone Signoret “El barco de los locos” (Stanley Kramer, 1965) amaba el teatro sobre todas las cosas por eso despreció el celuloide, que tantos éxitos le había dado, para centrase en su periplo por las tablas llegando a conseguir en Broadway el codiciado Tony gracias a la obra “Tovarich”, musical de 1963 en el que bordaba un personaje con desorden bipolar.

Desgraciadamente por esa época la gran actriz sufrió la recaída de una tuberculosis mal curada, que regreso de nuevo en forma de virulento brote acabando con su vida el 7 de julio de 1967 a la temprana edad de 53 años.

A pesar de que ella y su marido Lawrence Olivier se habían separado en 1960 el inmortal actor quedó destrozado por la noticia, llegando a abandonar su propia convalecencia en un hospital para estar a su lado, se comenta aun por los mentideros de Londres la emotiva reacción del actor que se encerró a solas con el cadáver dedicando toda la noche a disculparse entre lagrimas por todo lo que le había hecho sufrir.

Karl Malden es sin duda alguna uno de los rostros más reconocibles del cine, de hecho su peculiar rostro, su nariz de patata y su enorme humanidad se hicieron familiares para la memoria fílmica del espectador medio de todo el planeta.

No me voy a extender mucho sobre este secundario de lujo porque pronto volverá a parecer por mi blog, pero este merecidísimo Oscar lo consiguió interpretando de una manera primorosamente sensible a Mitch, amigo del personaje interpretado por Brando y que está profundamente enamorado de la inestable Blanche du Bois.

Otras grandes interpretaciones de Malden se dieron también en otros dos films de Kazan, estas fueron las del recordado sacerdote de “La ley del silencio” (1954) y un posesivo marido en “Baby doll” (1956), también son dignos de mención sus trabajos en el hermoso film de John Frankenheimer “El hombre de alcatraz” (1962) y en la sensacional cinta “El rey del juego”, interpretada por el inolvidable actor Steve McQueen y dirigida por Norman Jewinson.

Tampoco en el apartado de la mejor actriz secundaria tenemos que cambiar de película, dado que la famosa Stella que llamaba a gritos Marlon brando le supuso un Oscar a la excelente actriz Kim Hunter, que desgraciadamente no pudo saborear mucho las mieles del éxito, dado que se vio implicada en esa penosa lacra que fue la caza de brujas.

Para disfrutarla de nuevo en un papel importante hubo que esperar hasta 1968, año en el que participó en el recordado film de Franklin J. Schaffner, “El planeta de los simios”, aunque en esta ocasión lo hizo fuertemente caracterizada, dado que interpretaba a la famosa simia Kira, aquella que en una de las escenas del film llega a besar a un enorme Charlton Heston.

También en 1968 se la pudo ver en el extrañísimo e inusual film “El nadador” de Frank Perry, una retorcida alegoría del descenso a los infiernos que supone la pérdida de la juventud.

Ya para finalizar quiero destacar que fue llamada por Eastwood para un corto papel en “Medianoche en el jardín del bien y del mal” (1997), poco tiempo después, el 11 de septiembre de 2002, fallecía esta gran actriz.

¿Sabéis que es lo que dijo un perspicaz crítico el día del estreno de “Un tranvía llamado deseo”?

“Se trata de una desagradable muestra del peor y mal llamado realismo Norteamericano, no es más que basura”

No hay que hacer mucho caso a los críticos ¿verdad?

Actores·Actrices·Barry Fiztgerald·Ceremonia de los Oscar·Charles Boyer·Cine·Cine clásico·Directores de cine·Fritz Lang·Historia de los Oscar·Hollywood·Ingrid Bergman·Leo McCarey·Siguiendo mi camino

Ceremonia de los Oscar de 1945

Queridos amigos, revisando mis notas he descubierto que se me había traspapelado la ceremonia de 1945; por ello y a pesar de que vamos por el año 1951 daremos un viaje al pasado para revivir una gala marcada profundamente por la certeza de que la segunda guerra mundial estaba dando los últimos estertores

El 15 de marzo de 1945 se celebraba en el Graunmans Chinese Theatre la decimoséptima ceremonia de entrega de los premios Oscar, una gala marcada por el dolor y el hastío ante la matanza más horrible que jamás había conocido la humanidad.

Pero en medio de la tragedia aleteaba la esperanza de que el fin estuviera cerca, no estaban confundidos pues, poco tiempo después el 30 de abril de 1945, la rata inmunda que fue Adolph Hitler se volaba la cabeza cobardemente en su escondijo.

A partir de aquel día el mundo volvió a respirar un poco más tranquilo, aunque a los Estados Unidos le esperaban todavía duras pruebas debido a la resistencia orgullosa del pueblo nipón.

Por fin el día 14 de agosto de 1945 Japón se rindió incondicionalmente y llego la ansiada paz.

Volviendo al ámbito del cine la gran triunfadora de la noche fue la emblemática película “Siguiendo mi camino” del inolvidable Leo McCarey, una deliciosa mezcla de géneros con trasfondo religioso que se impuso ni más ni menos que con 7 Oscar de la academia.

Tenía una cierta lógica el triunfo del film (es una película muy amada en su país de origen) porque su mensaje optimista y esperanzado llenaba muchos vacios que el día a día de la brutal guerra estaba produciendo en infinidad de almas.

El argumento de “Siguiendo mi camino” es sumamente simplista, de hecho se convirtió en remanido y ha tenido multitud de secuelas de todo tipo, pues nos habla de un joven párroco que llega a una parroquia regida por un párroco en decadencia logrando al poco tiempo revolucionar toda la vida del su barrio.

El anciano cura al principio adoptará una actitud a la defensiva dado que vive anclado en el pasado pero, poco a poco, se irá sintiendo atraído por el singular encanto del recién llegado.

McCarey, que políticamente no se distinguía precisamente por ser un revolucionario, sí le dio sin embargo a la cinta un cierto contenido de tibia denuncia social que era toda una novedad en la norteamericana de la época.

Aunque todo esto, por supuesto, dentro de una línea de corrección católica y un excepcional ramillete de antológicas canciones.

¿Sabéis una cosa?, Bing Crosby, el protagonista del film, siempre se preció de no saber leer música, de hecho no distinguía una corchea de un carácter en cirílico, pero compensaba todo ello con un oído espectacular y una memoria melódica incomparable.

Crosby fue un famosísimo cantante de la época que unos años más tarde se vería eclipsado ante la llegada de Sinatra, le acompañaba en el reparto Barry Fiztgerald, el inolvidable Oge Flynn de “El hombre tranquilo” que es protagonista de uno de los momentos más bellos del film.

Durante un tiempo se acusó a Leo McCarey de haber logrado con este gran éxito un film a la medida del la grandiosa voz de Crosby y más aun al año siguiente cuando repitió éxito con “Las campanas de santa María” donde el singular Padre O´Maley repetía andanzas en otra parroquia esta vez acompañado por la bellísima Ingrid Bergman que recrea la monja más bella jamás vista en la pantalla.

Personalmente creo que se equivocaron en el juicio sobre mi admirado director pues al disfrutar esta enorme película se comprueba con placer que asistimos a un todo muy equilibrado y sensible en el que se combinan canciones con momento de gran belleza plástica y sobre todo emocional.

Por último el tono narrativo de este film resulta extremadamente coherente y hasta cierto punto librepensante, todo ello sazonado por momentos de intima emoción.

A Leo McCarey le ocurrió durante toda su vida profesional lo mismo que al bueno de Frank Capra, se les tachó, cuánto menos, de crédulos e ingenuos y sobre todo de sensibleros cuando en realidad la ternura de sus filmografías estaba sostenida por firmes principios vitales, estéticos e intelectuales y ¿por qué no?, la gran convención de que el mundo podía ser mejor de lo que es en realidad.

Para terminar quiero decir que quizá el título de mejor película y mejor actor quizá le pueden venir algo grande al film, pero lo que es indiscutible es el galardón a Leo McCarey, realizador fundamental en la historia del cine del que Renoir llego a decir que era el grande entre los más grandes de su generación, siendo además el inspirador de grandes obras maestras como la ya mencionada en un artículo anterior “Cuentos de Tokio” (1953) de Yasuhiro Ozú.

El premio a la mejor actriz recayó en esta ocasión en Ingrid Bergman gracias a su papel de una joven esposa que se ve cruelmente manipulada por su marido que tiene como único propósito vital el lograr que pierda la razón.

“Luz de gas”, fascinante producción de la metro le fue encargada a un atípico George Cukor que, con su habitual maestría, convirtió un Thriller al uso que se prestaba a mil efectismos en una historia enormemente romántica con estimulantes toques de suave misterio.

El film también fue primorosamente protagonizado por un enorme Charles Boyer en estado de gracia.

Termino con una curiosa circunstancia que no se ha vuelto a dar en ninguna ceremonia más, Barry Fiztgerald estaba nominado al mismo tiempo por actor principal y como mejor secundario del mismo film (Siguiendo mi camino), éste hecho provoco una cierta controversia a en los mentideros de Hollywood.

También añadiré que la grandiosa película de Fritz Lang “La mujer del cuadro” solo recibió una nominación a la mejor banda sonora.

This work is licensed under a Creative Commons Attribution Non-commercial No Derivatives license.

21 ceremonia de los oscar·Actores·Actrices·Belinda·Ceremonia de los Oscar·Cine·Historia de los Oscar·Historia del cine·Hollywood

21 Ceremonia de los Oscar (1949)

Películas de 1948, el poder inglés.

El 24 de marzo de 1949 la ceremonia de entrega de los premios Oscar se celebró por primera (y única vez) en el propio teatro de la sede oficial de la academia, finalizaba la década más sangrienta de la historia de la humanidad y se aproximaban acontecimientos que iban a dar al traste con el orden establecido en todos los aspectos de la vida en sociedad.

Antes de comenzar con esta cronología quisiera pediros perdón por mi enésima pataleta, lamento haber cerrado el blog durante estas semanas, pero os pido por favor que lo comprendáis, necesitaba frenar un poco y poner en orden mis ideas y mis actos, desgraciadamente la vida no es como una película de Capra donde la bondad reina siempre en un eterno final feliz.

Bueno, comienzo con el Oscar a la mejor película, “Hamlet”, una obra maestra del mejor actor de todos los tiempos Lawrence Olivier que se empeñó en llevar a la pantalla lo mejor de Shakespeare y lo logró en buena lid, pues nadie ha logrado superar la cota que impuso (aunque reconozco que el “Romeo y Julieta” de Franco Zeffirelli fue un gran film)

La obra de Shakespeare nació inmortal porque se basa en continuos arquetipos del ser humano que le son fáciles de comprender a cualquier estructura mental, por muy básica que esta sea.

Otelo, por ejemplo, es la quinta esencia del monstruo de los celos, mientras “Romeo y Julieta” aborda el fatalismo y la pasión amorosa, a su vez Macbeth representa fielmente la ambición del ser humano que no se detiene ante nada para lograr sus más bajos deseos, y por último la historia que nos ocupa “Hamlet” que refleja la impotencia del hombre frente a un destino marcado e inalterable.

No me voy a detener en exceso en el argumento de “Hamlet” porque es sobradamente conocido y si no fuera así (porque muchos sois jóvenes) os estáis perdiendo una de las experiencias más gratificantes de la lectura: leer los libretos del genial autor británico.

El padre de Hamlet, a la sazón rey de Dinamarca, ha sido asesinado a manos de su propio hermano que no contento con su deshonesto acto comete la felonía de casarse con la esposa del fallecido.

El ya príncipe danés cae en un estado de desasosiego que le lleva a ver al espíritu de su padre que le cuenta todo lo sucedido y le pide venganza (otra constante de la obra de Shakespeare), cargado de odio Hamlet busca la manera de desenmascarar a su tío y para ello idea la estratagema de llevar a palacio un grupo de titiriteros que van a representar ante la reina y el magnicida un argumento similar al de la vida real.

Sobra decir que esta película se convirtió ya desde su estreno en uno de los mayores éxitos del cine británico.

¿Qué se puede decir de Lawrence Olivier?, esta gran figura de las tablas interpretó y dirigió el film con una maestría impropia de un realizador con no demasiado bagaje (aunque había dirigido en 1946Enrique IV”), de hecho Olivier se volcó de tal manera en su película que su matrimonio con la bella Vivien Leigh se fue al traste, no solo por la elección de la hermosa Jean Simmons en detrimento suyo para uno de los principales papeles, sino por la sensación que tubo la inolvidable Escarlata de que ella quedaba al margen de la vida del genial actor.

Lawrence Olivier consiguió el Oscar al mejor actor, en total a lo largo de su carrera logró otras dos estatuillas en 1947 y en 1979 (estas de carácter honorifico) y además 10 nominaciones que le convirtieron en un habitual de las galas anuales.

A modo de curiosidad voy a dar unos datos que espero os sean de utilidad:

A Olivier solo le supera en número de nominaciones únicamente Jack Nicholson con doce nominaciones y tres premios, a su vez al bueno de Jack le gana la maravillosa Meryl Streep que colecciona 16 candidaturas y dos Oscar.

Pero ni con esas llegan a las 45 nominaciones del grandísimo John Williams y mucho menos a los 59 del mítico Walt Disney que, a lo largo de su vida, recogió 26 Oscar.

En el aspecto negativo el técnico de sonido Kevin O´Conell tiene el dudoso merito de haber sido nominado en veinte ocasiones y no haber logrado ningún premio.

¿Sabíais que un perro pudo haberse alzado con un Oscar?, este curioso lance se dio en 1985 cuando el guionista Robert Towne firmó el libreto de “Greystoke” (Hugh Hudson) con el nombre de su
perro “Vazak” por discrepancias con los productores del film, lo que menos se esperaba, por lo que parece, es que su labor iba a resultar nominada.

Volviendo a Lawrence Olivier nunca pude entender cómo no fue elegido para el papel de Ashley Wilkes en Lo que el viento se llevó, no solo daba el tipo ideal sino que resultaba más creíble que el gran actor Leslie Howard, se comenta que Selznick visitaba a menudo el plato de “Cumbres borrascosas” (1939, William Wyler), pero su participación al final no fue posible.

Olivier participó en 1972 en el gran film de MankiewiczLa huella”, su compañero de reparto era un Michael Caine en pleno despegue de su carrera, este gran actor estaba preocupado por cómo debía de tratar a Olivier, dado que era conocedor de sus títulos de Lord y Sir, de hecho es el único actor que lo ha logrado, pero el veterano actor conocedor de los temores de Caine lo solucionó todo enviándole una cálida carta en la que le suplicaba que le llamara simplemente Larry.

E l rodaje en sus primeros días resultó ser muy problemático, Olivier era incapaz de retener en su memoria los diálogos, todo el equipo se extrañó de esta situación dado que se trataba de un rey de las tablas que había llegado a interpretar frente al público una obra de Eugene O´Neil de tres horas y media de duración.

Pronto salió la verdad a la luz, Olivier debido a una situación estresante que había vivido en relación a su profesión se había visto obligado a tomar tranquilizantes y estos le habían afectado a la retentiva, rápidamente se suspendió la medicación y Olivier volvió a ser el mismo monstruo de siempre.

Los que me habéis leído ya sabéis de sobra que me avergüenza sobremanera no ser un gran partidario de la obra de John Huston, me encantaría dar razones objetivas pero por una razón o por otra siempre termino derivando en “Vidas rebeldes” y el desatino (a mi gusto) de matar el Glamour de tres vacas sagradas del cine: Clark Gable, Marilyn Monroe y Montgomery Clift. (sé que te doy un disgusto querido anmigo Plared, lo siento de corazón, además sabes que amo muchas de sus otras grandes obras maestras)

No le culpo de la muerte del rey de Hollywood, no llego a tanto, pero debió de vigilar mas las escenas en las que intervino Gable, dado que éste contagiado del fuerte espíritu de este director de sangre irlandesa se negó a utilizar dobles en las complicadas escenas de doma de caballos y fruto de estos esfuerzos le sobrevino un ataque fulminante que acabó con su vida dos días después del último corten a la temprana edad de 60 años.

Aun con todo dejo al margen varias de sus grandes obras maestras: la propia “El tesoro de sierra madre” que le valió el único Oscar de su carrera (por esta película logró otro Oscar pero fue al mejor guion, como director no lo volvió a lograr) y las grandes obras maestras: La reina de África, La jungla del asfalto y por supuesto El halcón maltes y Cayo largo.

Elogio ciertos aspectos de la personalidad de este director, creo firmemente que tras su aspecto y maneras hoscas se escondía un verdadero romántico, pero había que rascar para ello una espesa capa de cinismo, también me gusta su condición de convencido descreído lo que le llevaba a encumbrar en su poética al perdedor, encontrando en el fracaso y la frustración una belleza épica.

Por supuesto también me enamora su cabezonería y su decisión, sobre todo al enfrentarse al todopoderoso Jack Warner (que renegaba de “El tesoro de sierra madre”) para que el film se realizara en escenarios naturales de Méjico cosa que a la larga resulto ser un acierto porque el film reflejó como nunca hasta el momento la crudeza y el sudor polvoriento de los actores y de las situaciones.

Bogart compuso un personaje inolvidable en esta búsqueda de un inalcanzable dorado pero la palma en los premios se la llevó Walter Huston, padre del director, que en el trío de desesperados representaba el único enlace creíble con la naturaleza humana.

Este gran actor interpretó en 1930 a Abraham Lincoln en un film de Griffith, el padre del cine, recuerdo haber visto este film en un reciente pase televisivo y me quedé paralizado ante la credibilidad que le daba este genial interprete a cada uno de sus gestos, por muy nimios que estos fueran.

Huston ya había sido nominado antes de este Oscar al mejor
secundario en “El tesoro de sierra madre”, fue en 1936 por su papel protagonista en El desengaño de William Wyler y unos años después por El hombre que vendió su alma (William Dieterle, 1941) y ya en 1942 fue propuesto por su labor como secundario en Yanqui Dandy” (Michael Curtiz)

Walter Huston, que había trabajado junto a Gary Cooper en 1929 en el virginiano, de Victor Fleming, se despidió del cine en 1950, año en el que trabajo juntó a Bárbara Stanwyck en The furies (Anthony Mann), unos pocos días más tarde de que acabara el rodaje este gran actor fallecía repentinamente.

Me ocuparé ahora del premio a la mejor actriz que fue a parar a la famosísima Jane Wyman, que lo fue no solamente por haber sido la primera esposa del presidente de los estados unidos Ronald Reagan sino por su papel en la mítica saga televisiva Falcon Crest que la convirtió durante toda una década en una de las actrices más famosas de la tierra.

El film que le supuso su único Oscar Belinda” (Jean Negulesco) es un dramón de los que hacen escuela y una película que en todos sus pases televisivos siempre ha despertado el gusto de la audiencia debido a las lágrimas que provoca.

Belinda es una joven habitante de un pequeño pueblo costero que vive una triste existencia acosada por el desprecio de todos sus vecinos, siendo además ninguneada por su propia familia, a ello se suma su condición de sordomuda.

Todo esto parece que va a acabar con la llegada de un medico que se toma en serio su caso y pretende reintroducirla en la sociedad enseñándole para ello los elementos básicos del lenguaje de signos.

Belinda va mejorando día a día y el doctor se plantea seriamente presentar su caso para que sea sometida a un nuevo tratamiento que le puede hacer recuperar el habla, pero ocurre un hecho salvaje que lo echará todo a perder y no puedo contar más… Solo os diré que al final os preparéis una buena provisión de pañuelos porque os van a hacer falta.

Jane Wyman, que había logrado su primer papel protagonista en 1937 (“Public Wedding”) intervino también en una de mis películas de cabecera Sublime obsesión”, en esta sí que se llora a gusto también y además Rock Hudson está más guapo que nunca, es un peliculón en toda regla, no en vano su director Douglas Sirk es uno de los mayores maestros del melodrama de todos los tiempos.

Ya he hablado de Falcon Crest, popular saga televisiva que comenzó en 1981 y se mantuvo en pantalla hasta 1990, los dos únicos actores que estuvieron los 228 episodios enteros fueron la propia Wyman y el inefable Lorenzo Lamas.

 

Por cierto a mí me encantaba el malo (que al final era bueno) Richard Channing , interpretado por David Selby.

Claire Trevor, la mítica dallas de “La diligencia” (John Ford, 1939) se alzó en esta edición con el Oscar a la mejor actriz secundaria gracias a la obra maestra de HustonCayo largo”, una tormentosa historia que se desarrolla bajo el claustrofóbico ambiente de un hotel en el que tres personajes son secuestrados por un mafioso sicópata que se refugia de un inminente huracán.

La presencia de Bogart y de John Barrymore en el reparto ya es de por si un buen reclamo, pero el que borda su papel es un Edward G. Robinson en estado de gracia que, literalmente, se come al resto de los actores.

Trevor interpreta en el film a una cantante que vivió antiguas glorias pero debido al alcohol y a las nefastas compañías ha echado a perder su carrera y por ende su vida, son inolvidables las escenas en las que sufre malos tratos tanto físicos como mentales por Rocco, el gánster que interpreta Robinson.

Claire Trevor, que ya había ganado un Oscar por su papel en “Calle sin salida” (William Wyler, 1937) en la que también compartía cartel con Bogart, repitió Oscar en 1955 por su papel en el hermoso film “Escrito en el cielo” una de las últimas películas de William Wellman, inolvidable pionero del viejo Hollywood.

Este año de 1949 será recordado como el pistoletazo oficial de los ya imprescindibles premios a la mejor película extranjera y en esta ocasión se eligió una película francesa Monsieur Vincent, un film hoy completamente olvidado que reflejaba en imágenes la heroica vida del santo francés San Vicente de Paul, al que personalmente le tengo bastante devoción dado que me eduqué en la niñez con los padres paúles.

Lamento no dar demasiados datos sobre la película o el director Maurice Cloche pero es que reconozco que no tengo ni idea, ni he encontrado tampoco una información de especial interés.

Lo que sí voy a hacer es aportar un pequeño dato sobre este apartado del que iré hablando más en profundidad en próximas entregas:

Los dos países con más candidaturas en la categoría de habla no inglesa son: Francia con 38 ocasiones, y 12 estatuillas, e Italia con 30 candidaturas y 13 Oscar, si bien cuatro de esos premios fueron a parar a las manos del inolvidable Federico Fellini.

Para acabar, como ya viene siendo costumbre, paso a redactar un pequeño racimo de curiosidades que espero sean de vuestro gusto.

“Hamlet” fue el primer film de nacionalidad británica que se llevó el máximo trofeo de la noche.

Walter Wanger se negó a recibir un Oscar honorifico por su labor de producción en “Juana de Arco” aduciendo para ello el maltrato de su film a la hora de las nominaciones y sobre todo su marginación en los premios.

Las obras maestras La terra crema (1948) de Luchino Visconti y “Carta a una desconocida” (Max Ophuls) (una de las películas más bonitas de todos los tiempos) son injustamente ninguneadas.

Fueron maltratadas también joyas como “Las zapatillas rojas” de Michael Powell y Emeric Pressburger (sólo Oscar a la mejor banda sonora) y el mágico film “Jennie” de William Dieterle.

Por último el inolvidable Montgomery Cliff recibió la primera de sus cuatro nominaciones, inexplicablemente jamás resultó reconocido su talento.

Nos veremos pronto amigos y amigas, un abrazo para todos.

This work is licensed under a Creative Commons Attribution Non-commercial No Derivatives license.
Hollywood·La lista negra·Lester Cole·los diez de Hollywood·Martin Dies·McCarthy·Oscar

1946, Caza de brujas del senador McCarthy, primera parte

La decimonovena ceremonia de los Oscar de Hollywood se celebro el día 13 de marzo de 1947 en el Shrine auditórium.

En esta misma semana se celebraba de forma paralela una reunión en el hotel Biltmore que cambiaria para siempre el rumbo de la hasta entonces “placida” historia de la meca del cine.

Sí amigos, voy a interrumpir un poco esta amable cronología para abordar en este post un periodo negro y vergonzante de la historia del cine que dio en llamarse “La lista negra”, o también caza de brujas McCarthista.

Quiero dejar bien claro que no es, mi labor juzgar la actuación o las decisiones de un gobierno ajeno al de mi país y mucho menos de una nación a la que amo, los Estados unidos de América (no está pasando algo parecido en España, a otra escala, con el tema de los toros y tampoco me hace mucha gracia que me juzguen desde fuera)

Eran tiempos difíciles para todos, había acabado la guerra y quedaron al descubierto grandes fracturas irresolubles y tampoco ayudaba mucho que al frente de la unión soviética estuviera la bestia parda que fue Stalin.

Bajo este telón de fondo alguien recordó que en 1938 se había creado el comité de actividades antinorteamericanas para controlar el impacto de la ideología nazi en el país, su fundador en aquella época Martin Dies fue sustituido por dos tipos de cuidado que rozaban el fundamentalismo: J. Parnell Thomas y John Ranking, a los que se unió el que en poco tiempo se iba a convertir en el adalid y cabeza visible del más feroz anticomunismo que jamás se ha conocido en la historia d este planeta.

En aquella nefasta primavera de 1946 se preparo en el Biltmore la “investigación secreta sobre la infiltración comunista en el cine”, el motivo de elegir este gremio artístico resultaba evidente, se trataba de un golpe propagandístico en toda regla y un aviso para navegantes, pero el impacto artístico fue brutal e irreparable.

De una primigenia selección surgió la primera purga y de ella la primera lista de diez artistas que pasaron a la historia con el sobrenombre de los diez de Hollywood:

Edward Dmytryck (El árbol de la vida, 1957, director)

Adrian Scott (productor, Encrucijada de odios, 1947)

Herbert j. Biberman (La sal de la tierra, 1954, director)

Samuel Ornitz (actor, Annie, 1938)

Ring Ladner (guionista, 1 Oscar, MASH, 1970)

Albert Maltz (guionista, El orgullo de los marines, 1945)

Alvah Bessi (guionista, nominado Objetivo Birmania, 1945)

Lester Cole (guionista Objetivo Birmania)

Dalton Trumbo (guionista, 1 Oscar, El Bravo, 1957)

Y el más combativo de todos:

John Howard Lawson (guionista, Bloqueo, 1938)

Todos ellos fueron a dar con sus huesos en la cárcel, hecho que se convirtió en el pistoletazo de salida de un juego de delaciones, fingidos arrepentimientos y venganzas personales que dinamitó durante casi diez años la libre creatividad del estado de California.

Uno de los primeros en decidirse a actuar fue Jack Warner que quiso apuntarse un tanto denunciando a Alvah Bessie y Lester Cole que habían trabajado a sus órdenes en el muy patriótico film objetivo Birmania.

Le siguió el arrepentido Edward Dmytryck que se desmarcó de los diez de Hollywood denunciando al gran Jules Dassin (Rififi, 1960) que decidió emigrar a Europa, donde los largos tentáculos de la represión también le alcanzaron en forma de amenazas veladas a los distribuidores francese
s.

El guionista Leo Towsend (“misteriosamente” afiliado al partido comunista en 1943) se despacho a gusto también denunciando a varios de sus compañeros de entre los que destaco Joseph Losey que en aquellos momentos estaba en Italia rodando “El merodeador” (1951)

Losey uno de los mayores realizadores norteamericanos de su generación decidió exiliarse en el continente europeo aunque jamás logro adaptarse a la opresión cultural y elitista europea perdiéndose por ello a un autor que a bien seguro hubiera aportado un puñado de buenas obras maestras al universo hollywoodiense.

De momento voy a interrumpir aquí este relato, he decidido que voy a intentar hacer artículos más breves para que os resulte más cómoda su lectura,

This work is licensed under a Creative Commons Attribution Non-commercial No Derivatives license.
Actores·Actrices·Casablanca·Ceremonia de los Oscar·Cine·Directores de cine·Historia de los Oscar·Historia del cine·Hollywood

Los Oscar, capítulo 17, películas de 1943

En la noche del dos de marzo de 1944 las costas de Normandía solo eran un bello paraje bucólico en el que únicamente el canto de las gaviotas alteraba la paz.

Pocos meses después se convertirían en el escenario de una de las batallas más gloriosas y decisivas de la humanidad, un templo heroico en el que miles de soldados dieron sus vidas para salvar a la humanidad del mayor peligro a la que se había visto sometida a lo largo de la historia.

Y así, mientras al sinvergüenza de Hitler comenzaba a llegarle su hora, comienzo mi relato sobre la ceremonia de los Oscar de 1944.

Aquel año la gala fue célebre por dos razones: la primera fue que por fin se abrió al gran público y se habilitó un espacio nuevo el “Grauman´s Chínese Theatre” que admitía a un mayor número de asistentes.La segunda razón es que fue el año de “Casablanca” una de las películas más amadas de todos los tiempos.

“Casablanca” es una de las películas de mi vida, si os dijera las veces que la he visto no lo creerías, lo que sí puedo afirmar sin rubor es que me la sé de memoria, de hecho podría recitar cada plano y cada frase del dialogo con los ojos cerrados.

Hoy podríamos hablar de su caótico rodaje o del asombro de la pobre Ingrid Bergman ante la indolencia de un Humphrey Bogart que prácticamente rodó todo el film con una copa de whisky en la mano.

Pero hoy solo voy a utilizar el corazón:

A mi franco parecer todos los cinéfilos nos hemos centrado siempre en la primera aparición de Bogart en el bar de Rick, cuando tras firmar una consumición le da una bocanada a su cigarro y, cómo no, al espectacular final, donde las malas lenguas (nunca ha podido ser constatado) dicen que Curtiz, al ver al duro Humphrey inspirado, le dio rienda suelta para improvisar el famoso:

“Si no te arrepentirás, tal vez no hoy, ni mañana, más tarde el resto de tu vida”.

Pero en esta gloriosa película hay mucho más; recuerdo el efecto electrizante que me produjo la espontanea invitación para tomar una copa de Rick al matrimonio Laszlo ante la incredulidad del Capitán Renault (Claude Rains).

La famosa frase “los alemanes iban vestidos de gris y tu vestido era azul” es inmortalmente bella y nostálgica; no se puede olvidar tampoco a Ilsa preguntando a Bogart que si el espantoso ruido que se escucha lejano provenía de las baterías alemanas o eran los latidos de su propio corazón; ¡Dios mío, cuanta belleza!

También recuerdo el breve diálogo entre Rick y Ugarte (interpretado por el gran Peter Lorre, íntimo amigo de Bogart)

-“Si me detuviera un instante a pensar en ti, probablemente te despreciaría”, le espetaba Bogart a Lorre.

Y así infinidad de radiantes escenas que estoy seguro que también habéis retenido en vuestros corazones.

¡No sabéis cuanto daría por volver a ver esta joya por primera vez!

Del húngaro Michael Curtiz, uno de los directores más enérgicos de la historia del cine, se podrían decir muchas cosas (por lo visto era un tipo de cuidado), pero quiero detenerme en el hecho de que fue junto a Raoul Walsh el único capaz de entender y moldear el espíritu indómito de Errol Flynn.

Su “Robín de los bosques” es, a día de hoy, tan actual y fresco como lo fue en 1938 el día de su estreno, a su vez es inolvidable el halito romántico (la música de Erich Wolfgang Korngold ayuda mucho) que le infiere Curtiz a “El capitán Blood” primera de sus hermosas y fructíferas colaboraciones con el hermoso actor de Tasmania.

Y así se podrían decir muchas cosas más de este director, con fama de autoritario, que hubiera sido un eficaz realizador para “Lo que el viento se llevó” de no ser por su condición de prisionero de Warner y un ligero tufillo racista.

Tanto el film como el director recibieron sendos Oscar pero a la hora de hacerse público la concesión del premio al mejor actor saltó la sorpresa.

El también húngaro Paul Lukas le arrebató la estatuilla a un aturdido Bogart que llegó incluso a hacer ademan de levantarse para recoger su premio (tal era su convencimiento interior de que era suyo)

Lukas fue durante toda su carrera un intérprete discreto pero sumamente eficaz, muchos le recordareis por su papel en la producción Disney “20000 leguas de viaje submarino” (Richard Fleischer, 1954) donde interpretaba al profesor Arronax, siendo el partenaire del gran monsturo del cine que fue, es y será para siempre Kirk Douglas el verdadero y eterno corazón de Hollywood.

“Alarma en el Rhin”, a pesar de que contaba con la presencia de la simpar Bette Davis, no es una cinta especialmente recordada, pero jugaba con la baza de estar ambientada en una Alemania bajo el contexto de la resistencia antinazi, siendo además sin duda un duro y efectivo alegato contra la barbarie nazi.

Mickey Rooney y Walter Pigmeon, que también estaban nominados, no tenían muchas posibilidades, por lo que todas las quinielas giraban en torno a los dos mitos del cine que también optaban a premio en 1944, el ya citado Bogart y el maravilloso Gary Cooper.

Los dos eran dos colosos de la industria (en más medida aun Cooper) y seguramente se produjo una división del voto que benefició a Lukas.

La recientemente fallecida Jennifer Jones se alzó también de manera sorpresiva, con el Oscar a la mejor actriz en un duelo desigual con monstruos ya consagrados como lo eran tanto Ingrid Bergman como Joan Fontaine.

Jones había debutado en 1939 de la mano de George Sherman que confió en ella para acompañar a John Wayne en el reparto de “Nueva frontera”, una cinta con vocación de western menor.

“La canción de Bernadette” fue el cuarto trabajo de una jovencísima Jennifer jones que rápidamente incendió con su ternura a millones de espectadores que asistieron atónitos a su interpretación de la célebre vidente de Lourdes en una deliciosa producción católica decididamente encaminada a llenar la necesidad de fe y espiritualidad de millones de hombres y mujeres que se enfrentaban a diario con la cara de la muerte.

Henry King dirigió de forma académica una cinta que funciona muy bien en su tramo inicial pero que en el último tramo se pierde en tecnicismos litúrgicos que terminan producción pesadez en el espectador.

Probablemente un recorte de 20 minutos le hubiera hecho mucho bien a un film que contiene algunas bellas escenas de lirica belleza.

Para terminar con esta edición quisiera remarcar que este año hubiera sido una gran ocasión para premiar con el Oscar al mejor secundario (o al menos una nominación) al gran Vincent Price que interpreta una escena final inolvidable de “la canción de Bernadette”.

Por lo demás hubo también dos grandes derrotadas en aquella ocasión: por un lado “Madame Curie”, hagiografía de la célebre científica dirigida por Mervyn Leroy que se fue de vacío pese a sus siete nominaciones y el caso de “Por quién doblan las campanas” (Sam Wood) que estando propuesta para nueve estatuillas solo recibió la del Oscar a la mejor secundaria que fue a parar a Katina Paxinou.

Esta lujosa producción hollywoodiense, que tomaba claro partido por el bando republicano de nuestra guerra civil española, no pudo verse en nuestro país (por razones obvias) hasta los años ochenta.

Por último no quiero dejar de referirme al doloroso olvido de esa gran pieza maestra del cine que fue “Yo anduve con un Zombi” de Jaques Tourneur.

(Por cierto os tengo reservada una sorpresa que tiene mucho que ver con esta última película, creo que os va a encantar)

This work is licensed under a Creative Commons Attribution Non-commercial No Derivatives license.
Actores·Actrices·Cine·Cine clásico·Directores de cine·El gran Ziegfeld·El secreto de Louis Pasteur·Frank Capra·Gale Sondergaard·Historia de los Oscar·Historia del cine·Hollywood

Los Oscar,capitulo 10, películas de 1936

La gala de este año se realizaba también en el hotel Biltmore, corría el cuatro de marzo de 1937 y en mi país nuestros mayores se habían embarcado en una masacre fratricida que dio en llamarse guerra civil española, las consecuencias de esta contienda la sufrieron todos los que no formaban parte de ninguno de los dos bandos que la disputaron.

Hablo de la gente de paz que lo único que buscaba en el día a día era un trozo de pan para llevarse a sus bocas o a las de sus hijos.

Volvamos al cine, aquel el galardón a la mejor película fue a parar a una gran superproducción de la Metro Goldwin Mayer“El gran Ziegfeld”, un monumental musical dirigido por Robert Z. Leonard que deslumbró a los académicos pero que en el fondo no dejaba de ser una larga sucesión de números de revista sostenidos débilmente por una historia bastante floja que no otorgaba ninguna consistencia a la narración.

No se puede decir lo mismo del glorioso e inolvidable Frank Capra que repitió estatuilla gracias a “El secreto de vivir”. Una bomba de relojería anarquista disfrazada de amable y bienintencionada comedia para toda la familia.

Gracias a esta cinta este italoamericano consolidó su carrera y de paso cayó las bocas de los que confundían el optimismo irreductible, la ternura y la aparente candidez de sus films con simple papanatismo.

Paul Muni, recordado TonyCamonte de “Scarface, el terror del hampa” (Howard Hawks, 1932) logro este año el Oscar al mejor actor gracias a “El secreto de Louis Pasteur”, un inspirador film que aun hoy continua despertando vocaciones en el noble campo de la medicina.

Si algún día tenéis la suerte de poder ver este film os recomiendo una buena provisión de pañuelos porque contiene escenas de intima emoción que os llegaran directamente al corazón.

El premio a la mejor actriz fue a parar a manos de Luise Rainer una alemana que recluto la Fox desde las mismísimas entrañas de la compañía teatral más prestigiosa de Europa, la del gran Max Reinhardt.

Reiner es famosa por ser la gran valedora de un recurso escénico que se haría celebre en todo el mundo: “La lagrima vienesa”, nacido precisamente en una inmortal escena de “El gran Ziegfeld”

Muy pronto volveremos a hablar de esta mítica actriz.

Este año se creó un apartado que nos ha dado dos grandes alegrías al pueblo español en la primera década del milenio, hablo de los Oscar al mejor y a la mejor actriz secundaria.

Este primer Oscar recayó en el que con toda seguridad ha sido el mejor actor de reparto más importante de la historia del cine, el inolvidable Walter Brennan.

A Brennan se le reconoció su papel en “Rivales” de Howard Hawks, una recordada cinta de leñadores ambientada en los épicos parajes del norte de los estados unidos.

A su vez en el apartado femenino recogió una estatuilla la gran actriz Gale Sondergaard (fallecida en 2009) que había participado en “El caballero adverse” de Mervyn Leroy , una evocadora cinta histórica, que estaba ambientada en la Francia napoleónica.

Desgraciadamente Sondergard fue una de las primeras figuras arrojadas a la hoguera en aquel denigrante episodio que dio en llamarse caza de brujas, del que hablaremos al llegar a 1947.

“Tiempos modernos”, segundo intento numantino de Chaplin por perpetuar el cine silente, fue totalmente olvidada por la academia.