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John Ford, poeta

Mi amado Truffaut decía de John Ford que era un poeta que jamás hablaba de poesía, un romántico cascarrabias que eligió toda su vida ponerse un caparazón tan duro que solo dejó entrever su verdadero yo en contadas ocasiones y, sobre todo, en la pantalla de los cines donde nos regaló un ramillete de fotogramas que han quedado grabados para siempre en la memoria visual de toda la humanidad.

Sean Aloysius O´Fearna, que así se llamaba el maestro, nació para el mundo dos veces: la primera en un día indeterminado del año 1890 en la región irlandesa de Inisfree (que luego inmortalizaría en El hombre tranquilo”) y más tarde, en el registro civil estadounidense de la región de Cape Elisabeth, el 17 de febrero de 1895; de ahí viene la discrepancia sobre la edad que tenía el inmortal autor cuando le sobrevino la muerte el 31 de agosto de 1973.


Ford tuvo una juventud errante en lo que se refiere a la búsqueda de su verdadera vocación: cursó bellas artes en Portland y se planteó por aquellos días el sacerdocio, mas tarde trabajó en la industria peletera y también como publicista de una fabrica; pero en 1912 tropezó con su destino de manos de su hermano Francis (actor y director en el incipiente Hollywood) que le enchufó en la Universal como chico para todo, aunque pronto destacó como un excelente regidor.

Hubieron de pasar cinco años para que le llegara en 1917 la oportunidad de dirigir una serie de films protagonizados por Harry Carey, toda una figura en la época, lo que le dio ocasión para foguearse en la técnica. Ford fue durante toda su vida un autodidacta y no faltaban en sus modales rasgos característicos del indómito carácter irlandés: borracho profesional, huraño como pocos y, sobre todo, una cabezonería de dimensiones bíblicas que enseguida le valió para hacerse un sitio en aquella complicada aventura de los albores del cine como industria.

John Ford contrajo matrimonio en 1920 con Mary McBride, con la que convivió durante toda su vida y que, a buen seguro, debió de ser una santa para doblegar el imparable carisma de este gran hombre.

Sin lugar a dudas Ford está íntimamente ligado al género que ayudo a cimentar: el Western, pero también logró colar en casi todos sus films incisivas inquietudes sociales (siempre fue falsamente tachado de fascista cuando en realidad algunos de sus films de los años 30 coqueteaban indisimuladamente con los postulados de la izquierda), todo ello sin olvidar el sello épico que logró imprimir en sus películas que bebían claramente de muchos arquetipos de la mitología griega.

También fue pionero de un tipo de cine que detiene su lente en la psiquis de sus personajes acercándose de tal modo a su intimidad que esta parecía un elemento más de la cámara, todo ello sin renunciar a viejos clichés (en su tiempo no tanto) de reconocida solvencia: ferrocarril, indios, grandes praderas, rifles, la cantina, etc.

Este irlandés, sobrio de gestos, ayudó a escribir la teoría del cine, este carácter erudito le aleja de la etiqueta de artesano del séptimo arte algo que asumieron como inevitable muchos cineastas de su generación.

La capacidad de improvisación de Ford era proverbial y entre tanto caudal creativo se propiciaron hallazgos esenciales del lenguaje cinematográfico, muchos de ellos insertados segundos antes del rodaje de la toma, a modo de ejemplo sirva el Zoom utilizado como sustituto de un falso travelling (efecto que le encanta a Spielberg) o largas tomas sin cortes tan habituales hoy en día.


Truffaut hablaba de Ford también como el máximo exponente de la puesta en escena invisible, queriendo expresar su admiración ante un realizador que movía lo menos posible la cámara y que, de hacerlo, solo era para acompañar a un personaje, en definitiva planos casi estáticos filmados a la distancia más adecuada a la acción que, a fin de cuentas era lo más importante para este gran director.

Otro gallo cantaba si hablamos de su relación con la naturaleza, a la que cede todo el protagonismo y la brillantez; espectaculares tomas en exteriores que dejaban bien a las claras la pequeñez del hombre frente a los grandes espacios, de ahí le viene la rotundidad de los contrastes focales entre unos primeros planos indagadores y unos excelsos planos generales que cedían dos tercios del encuadre a un cielo que soporta todos los vaivenes de la acción.

El prototipo de personaje de un film de Ford (era un enamorado de los secundarios) nos habla de un hombre más bruto que un arado, es duro, reservado y se distancia (aparentemente) de las emociones, aunque esto es solo una pose pues toda esta parafernalia siempre esconde el corazón de un sentimental irredento, ni más ni menos que el reflejo de este gran norteamericano de sangre irlandesa.

Aunque el héroe fordinano se rinde ante el poder de la naturaleza engrandece sus miras a la hora de imponer su criterio mostrando un orgullo y una capacidad de lucha que rayan en lo obsesivo, esto se puede aplicar a los grandes ideales y también para la venganza o la violencia desatada.

Ejemplos claros de las preferencias de John Ford son grandes actores como Wayne o Henry Fonda, y por supuesto los inmortales secundarios Ward Bond o Walter Brenan que, aunque era más sutil que Bond, no tenía la enorme presencia física de este inolvidable actor.

La heroína de Ford era valiente, rebelde y luchadora pero al tiempo buena cristiana y profundamente hogareña, rasgos que no las hacia renunciar al romanticismo y a cierta carnalidad mostrada siempre con la socarronería que caracterizaba al director.

No me cabe duda de que la maravillosa Mauren O´Hara es el compendio de estas virtudes que buscaba afanosamente John Ford.

Capítulo aparte merece un sentido del humor nada soterrado que, entre irónico y tierno, vistió de humanidad hasta el último de sus films, demostrando un amor por sus personajes que jamás ha podido ser igualado en toda la historia del cine.

Ford, consciente de que era un genio de la imagen, cedió el apartado literario a los mejores guionistas de la época de entre los que destaco a Dudley Nichols (Ben Hecth no fue acreditado en “La diligencia”) que supo mimetizarse a la perfección con el universo personal del director, que no fue nunca hombre panfletario (ni siquiera en “Las uvas de la ira) y que más bien quiso mostrar la vida tal y como él la veía y sentía, algo que no siempre concordaba con el mundo real, pero que sin embargo nos ayudó a muchos a ser conscientes de su condición de gran poeta visual.


Por esta razón Ford no gustaba de bastones artificiosos y presentaba todos sus films con una sobriedad y contención serenamente calculada y entregada exclusivamente al modo en que se desenvuelven sus personajes (con sus actitudes y gestos) en la pantalla.

De hecho, con un par de planos, decía más que muchos otros realizadores que gustan de planificaciones más ornamentadas, hablo de esos innecesarios subrayados que tanto me molestan y que parecen que solo van dirigidos a mostrar el ego del autor y la debilidad mental del espectador.

La mejor muestra de esta maestría de Ford se da en una de las primeras escenas de “Centauros del desierto”, basta tan solo con una mirada frente a frente para ser conscientes de que Wayne ama profundamente a la mujer de su hermano, no se vuelve a hacer hincapié sobre esta relación en todo el film, pero no olvidas el impacto emocional y eso solo puede hacerlo un genio.

Aquí es donde radica el gran éxito de este director porque esa sencillez que le caracterizaba se traducía en profunda suavidad y momentos de íntima emoción, Ford hurgaba en lo cotidiano y en los pequeños detalles y con su mano maestra nos los devolvía revestidos de eternidad.

Por último el humanismo es la piedra angular del microcosmos fordiano, él utilizó valores universales del ser humano, desde la escala más baja hasta los valores más nobles, y al tiempo no le importó ser tildado de primitivo o de moralizante porque, con su mano maestra y su brutal sinceridad, hacia épica de todo ello alcanzando cotas sublimes que hacían olvidar cualquier resquicio de perjuicio.

John Ford realizó 126 películas, buena parte de ellas autenticas joyas del cine y un buen racimo selecto indiscutibles obras maestras; el estilo de este gran director es completamente reconocible y puede que sea uno de los cineastas más populares de todos los tiempos; sea como sea él logró la gran aspiración de cualquier artista: crear joyas inmortales del cine y que encima la gran mayoría fueran monumentales éxitos de taquilla, esto obliga a pensar que difícilmente vuelva a darse
un caso así en la historia del arte.

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Luis García Berlanga, director de cine

En los rodajes del oficialista José Luis Sáenz de Heredia reinaba siempre un silencio sepulcral, era tal el respeto que imponía este realizador que nadie se atrevía a decir una palabra más alta que otra, berlanga, sin embargo, le explicaba a su equipo en las charlas que su cine era comunicación y que deseaba que quedara plasmada en la pantalla una mentalidad muy mediterránea para ello les rogaba que hicieran el máximo ruido posible.

El pasado 13 de noviembre de 2010 fallecía a los 89 años este director esencial de la historia del cine español, con tal motivo publiqué en uno de mis blog (ya desaparecido) esta crónica, espero que os guste, no sé si será buena o mala pero puedo aseguraros que está escrita con el corazón.

Luis García Berlanga nació en Valencia el año 1921 en el seno de una familia acomodada, su abuelo, de hecho, había ejercido el cargo de gobernador civil y su padre fue un destacado diputado del frente popular; la guerra trastocó por completo la vida del pueblo español, la familia del director no podía ser menos y su padre fue detenido por sus actividades políticas.

Esto forzó al joven Berlanga a enrolarse voluntario en la división azul con el fin de conseguir prebendas que aliviaran un tanto la situación de su padre, tras el regreso de su aventura bélica comenzó a escribir en el diario “Las provincias” y de allí dio el salto a Madrid para comenzar a estudiar en la escuela de cine, algo que combinaba con su trabajo como actor en el teatro del instituto de cultura italiano donde coincidió con Fernando Fernán Gómez.

Poco después de graduarse decidió junto a Juan Antonio Bardem escribir el guion de “Esa pareja feliz”, libreto influenciado, a partes iguales, por la película “Surcos” de Nieves Conde y el neorrealismo italiano, esto último pasado bajo el tamiz de la idiosincrasia española.

Ya preparados para trasladar la historia a la gran pantalla se encontraron con la agradable sorpresa de que los productores habían decidido contratar a Fernán Gómez, muy en boga en aquel momento gracias al bombazo de taquilla que supuso “Balarrasa (1951) (Nieves Conde).

Hay una anécdota muy divertida que ha quedado para la historia del cine español: los dos bisoños directores estaban muy impresionados por el prestigio y el carisma del actor y estaban preocupados, sobre todo, por no desairarle por nada del mundo, Fernán Gómez, a su vez, también quería demostrar respeto hacia los inexpertos realizadores (ciertamente de forma algo condescendiente)

Cuando Gómez llego al set  vio un pechero con ropa colgada que el pensó que estaba reservada para su papel, eran prendas humildes y se las llevó al vestuario, allí se puso el buzo, una chaqueta vieja, una bufanda y una boina, años más tarde Fernán Gómez comentaba que lo que más le extrañó fue lo de la boina porque la veía un tanto ridícula.

Y de este modo se presentó Fernán Gómez ante Bardem y Berlanga que se quedaron boquiabiertos ante la predisposición del actor que se traía su propia utilería de casa y, aunque también les parecía un atuendo estrafalario se callaron la boca y se dispusieron a rodar, ya al caer la tarde el encargado de iluminación se dirigió hacia Berlanga haciendo aparatosos aspavientos para advertirle de que había un ladrón en el estudio, porque a dos de los técnicos de sonido les había desaparecido su ropa.

Adivinad quién tenía puesta la ropa de los técnicos.

Berlanga, que era un cachondo, no pudo contener la risa y se cuenta que las carcajadas se oyeron a cientos de metros.

La historia de “Esa pareja feliz” gira en torno a un matrimonio joven que vive en un en un entorno sórdido de pobreza, el trabaja de técnico cinematográfico y ella es costurera; Juan, que así es como se llama el protagonista ha soñado toda su vida con ser un famoso inventor pero tras perder su trabajo se tiene que enfrentar a una triste realidad que se verá interrumpida gratamente gracias a un premio publicitario.

Esa pareja feliz” no tenía un hilo argumental claro y la censura impuso un final de corte optimista más acorde con los principios del régimen pero, a pesar de todo, se convirtió en un gran éxito porque destilaba por todos sus poros una esencia de buen cine social y sobre todo una tristeza amarga que reflejaba con total nitidez  aquella penosa década de los años cincuenta en un país que no dejaba mucho espacio ni para la esperanza ni para la felicidad.

Antes del rodaje Berlanga y Bardem habían llegado a un acuerdo tácito en el que delimitaban claramente las funciones de cada uno, Bardem se encargaría del trabajo con los actores y el valenciano del aspecto técnico del film, es curioso que con el paso de los años Bardem se hizo más preciso y academicista y Berlanga se desentendió por completo de la técnica.

“Esa pareja feliz” no se pudo estrenar comercialmente (se habían vendido los derechos a Norteamérica) hasta dos años después y todo ello gracias al monumental éxito, artístico y de taquilla, de “Bienvenido míster Marshall”.

El millonario Joaquín Reig deseaba un vehículo de lucimiento para su amada Lolita Sevilla, una gran cantante y actriz de la época, la idea era realizar un film de corte folklórico con seis o siete canciones y a mayor gloria de la actriz; la carambola quiso que el proyecto llegara a manos de Bardem y de Berlanga a los que se unió sorpresivamente el genial Miguel Mihura que hizo maravillas con los diálogos.

Nunca sabremos si Berlanga y Bardem decidieron tirarse al rio para probar si colaba su alocada propuesta, pero está claro que la suerte se alió con ellos porque los productores no solo aceptaron un cambio de género (en apariencia cómico e inofensivo) sino que también le daban paso libre a una película que no tenía un protagonista definido y en que la Sevilla solo sería un personaje más.

Tras convencer a los productores de que el film ganaba en mordiente si se rodaba en un pueblo madrileño que adopta apariencia andaluza a medida que avanza la trama, comenzaron a surgir problemas de todo tipo, sobre todo económicos porque Berlanga ya había aprendido bien a torear a la censura y este otro tema le preocupaba bien poco.

A esto se le sumó la deserción de Bardem por motivos que jamás quedaron claros, por lo que Berlanga se quedó solo frente al peligro pero, lejos de amedrentarle, este hecho propició que la película ganara en socarronería y se liberara un tanto del lastre que suponía la carga de adoctrinamiento moral que caracterizaba el cine del gran Juan Antonio Bardem.

No hago alusión al argumento porque es sobradamente conocido pero ¿sabéis lo que decía Berlanga al final de cada toma? ¡Vaya cagada!, el sabio director no era consciente aun de que estaba rodando una de las películas más importantes de la historia del cine.

Tras su estreno el éxito fue inmediato, no solo en España sino también en el circuito internacional, de hecho fue extraordinariamente bien recibido en Cannes donde se hizo con el premio de la crítica siendo, además una seria candidata para la Palma de oro, pero quiso la casualidad que el presidente del jurado fuera el norteamericano Edward G. Robinson que hizo valer su derecho al veto e incluso llegó a presentar quejas a nivel diplomático porque consideraba que el valenciano estaba insultando a su país.

Por si esto no fuera bastante, se había decidido promocionar el film con la emisión de unos billetes falsos de dólar con la cara del gran actor Pepe Isbert, la mala suerte quiso que la Sexta Flota acabara de recalar en la costa azul en un viaje de cortesía, el escándalo fue monumental y Berlanga acabó el día declarando en comisaría.

Aunque lo más divertido sucedió cuando la llegada del nuevo embajador de los Estados Unidos en España coincidió con el estreno del film en Madrid, la Gran vía estaba completamente engalanada con pancartas que hacían alusión a la película y el bueno del norteamericano creyó que eran en su honor por lo que se puso a saludar a los viandantes, huelga decir que el cachondeo esta vez fue estratosférico.

Desgraciadamente y, y a pesar de que el gran Edgard Neville estaba detrás del guion “Novio a la vista”, la siguiente película del director no tuvo la misma repercusión pero pronto llegó “Calabuch”, que además de ser  una de las grandes obras maestras de Berlanga supuso un antes y un después en la carrera del autor.

Berlanga por aquellos días se sentía frustrado, su ansiado proyecto sobre la Guerra civilTierra de nadie” se encontró con la negativa en rotundo de un régimen que comenzaba a intentar eludir cualquier alusión al conflicto en aras de una mejora de su imagen internacional, ya en 1985 retomó el proyecto y vio la luz “La vaquilla”, una gran película, pero realmente fue una pena perdernos las jugarretas que se le habrían ocurrido a Berlanga en aquel lejano año 1956.

Calabuch” fue un film un tanto criticado por cierto sector progresista de la época que acusó a Berlanga de una falta de compromiso, nada más lejos de la realidad, porque a día de hoy se considera a esta cinta como el primer intento serio de llevar al cine principios ecologistas.

De lo que sí que no cabe duda es de que si “Bienvenido míster Marshall” mostraba un lado feísta de España, “Calabuch” plasmaba otra cara, la de la esencia entrañable de una España que ya no existe.

Como en todos los films de Berlanga la escusa argumental  es más bien simplista: a un pequeño pueblo pesquero del mediterráneo llega un famoso científico nuclear, con problemas de conciencia debido a las consecuencias de su trabajo, que ha decidido refugiarse en algún lugar perdido, al llegar a la población descubre que los lugareños le han confundido con un vagabundo, aunque éstos, poco a poco, le invitan a integrarse como un vecino más, los problemas comienzan cuando el físico decide participar en el concurso de cohetes organizado en ocasión  de las fiestas del pueblo.

Hay mucho en “Calabuch” de crítica social hacia un país que no acaba de despegar y que está anclado en la atonía intelectual e industrial y a la vez una clara alusión a los temores de la guerra fría que, por aquel entonces, estaba en su momento más críticos.

En este film, como en todos los de Berlanga, hay momentos divertidísimos, como la escena en la que el farero confunde la flota norteamericana con unos invasores del Imperio Austrohúngaro (palabra fetiche en la filmografía de berlanga, nacida de una superstición) y por ello todo el pueblo se viste con el atuendo de soldado romano para hacer frente a los invasores.

La película, que contiene también dardos envenenados con EEUU (más suaves que los de “Bienvenido míster Marshall”) fue acusada, a su vez, de espaldarazo al régimen debido a una de las escenas en las que  el protagonista Edmund Gwen afirma que ha llegado al paraíso, lógicamente algo tan peregrino no consiguió empañar el resultado final de la cinta, de hecho las críticas internacionales fueron unánimemente elogiosas y se alzó incluso con el gran premio del festival de Venecia en 1956.

Ya sabéis que nunca cuento finales pero, el de “Los jueves milagro” es el proverbial ejemplo de cómo una censura ciega y carente de inteligencia se puede cargar, con una sola escena, el mensaje total de un film, a pesar de todo es “milagroso” que el valenciano se las arreglara para colar a los curas una película en la que todo un pueblo se inventa una visita de la Virgen María para intentar mejorar su situación económica.

Dicen que el bueno de Berlanga (en un alarde propio de su carácter socarrón) le suplicó al censor que codirigiera la película con él, porque se había quedado impresionado por su trabajo, y el bueno del sacerdote (por ingenuidad, supongo) le contestó que tendría que consultar a sus superiores.

Por fin llegamos a 1961, año en el que se inicia la mítica colaboración de Berlanga con el guionista Rafael Azcona, hecho que consolidó definitivamente el humor negro inmisericorde como eje central del resto de la filmografía del realizador.

Y con Azcona llegó también “Plácido”, título grande entre los grandes del cine español que nació de una paternalista campaña gubernamental de la época en la que se conminaba a los más pudientes a invitar a sus mesas a algún indigente en navidad.

Es evidente que este material era oro en manos de este ocurrente dúo porque, aunque la diseñaron a modo de sainete, despelleja toda la pirámide social dejando al descubierto todas las miserias de la hipocresía.

Plácido” es el film donde se consolida definitivamente el gusto de Berlanga por “planos secuencia muy largos, muy hablados y con muchos actores” (como solía decir Fernando Fernán Gómez sobre el director), dejando bien claro, eso sí, que, por mucho alboroto que refleje la pantalla, siempre tendremos bien claro el centro focal de la acción.

Hubo un curioso consenso en las criticas al film, tanto por la derecha como por la izquierda, y era el de que la mirada de Berlanga hacia la pobreza era demasiado cruel, casi calvinista en su concepción, el se justificaba diciendo que admiraba a los individuos que luchaban por mejorar sus propias vidas, pero no tenia piedad con los que se rendían ante las circunstancias, culpando de todo a la mala suerte.

Por lo visto esta vez Berlanga se sorprendió del extraordinario éxito de su propio film, dado que era consciente de que en esta ocasión ni había dejado títere con cabeza, ni ofrecía la más mínima esperanza de redención a sus personajes.

Plácido” fue la candidata oficial al Oscar a la mejor película extranjera, pero desgraciadamente se vio superada por la obra de otro gran genio del cine: Ingmar Bergman que presentaba “Como en un espejo”.

Por fin llegamos a 1964 año en el que se rodó “El verdugo” considerada (con claro consenso entre los críticos) como una de las 100 mejores películas de todos los tiempos.

Berlanga acababa de rodar un capitulo (“La muerte y el leñador”) del film coral “Las cuatro verdades” (Berlanga, Alessandro Blasseti, Herbé Bromberger y René Clair) y hacía tiempo que le rondaba por la cabeza la impresión que le produjo el relato de un amigo, que se vio obligado a presenciar una ejecución en el garrote vil dado que era abogado, éste le había comentado que una noche antes había pasado la noche recorriendo un imaginario pasillo blanco por el que tenía que seguir al condenado a muerte.

De este relato partió la historia de “El verdugo”, tanto Berlanga como Azcona tuvieron que afilar más que nunca el doble sentido, porque eran consciente de que esta vez iban a ir en serio a por ellos (es un hecho irrefutable que, en vista del éxito internacional de Berlanga, el régimen había extendido un tanto la mano a la hora de dar el visto bueno a sus obras, pero la pena de muerte era otro cantar)

Berlanga encriptó hasta medidas manométricas el mensaje crítico y político pero exacerbó más que nunca un modelo de humor tan negro como ácido y desesperado, por ello los acostumbrados esquinazos que Berlanga le había dado hasta el momento a la censura se quedaron pequeños ante la bomba de relojería que llevaba implícita este durísimo alegato contra la pena de muerte, al que incluso Berlanga daba carta de universalidad en un inteligentísimo inserto final.

Jamás he visto en el cine algo más patético que el hecho de ver como una familia aprovechaba para tomarse unas vacaciones en la playa debido a que el padre de familia tenía que ajusticiar un preso en Mallorca, paralelamente estos personajes me transmiten una honda tristeza y una sensación de vacío absoluto que, por demás, eran consignas habituales del cine del autor aunque, jamás habían estado tan a la vista.

El concepto de comedia de “El verdugo” es más bien artificioso, ningún director hubiera tenido el aplomo que demostró Berlanga extrayendo de un tema tan duro sonrisas de doble filo porque, cuando se analizan, producen escrúpulos de conciencia ya que pasamos un buen rato con un destino trágico y con un desenlace de la trama del que sabemos desde un principio que es inevitable.

La poca crítica social que no está solapada es porque no se puede negar lo evidente, “El verdugo” se ve obligado a hacer lo que hace por dinero, él es consciente de que su trabajo es terrible y de hecho siempre confía en un indulto que nunca acaba de llegar, pero al que se aferra con la esperanza de seguir sobreviviendo.

Dos films de Berlanga, que salta a la vista que es un director de comedia, contienen, paradójicamente, dos de los finales más duros e impactantes de la historia del cine español, uno corresponde al de “El verdugo” y el otro a “La vaquilla”, un film en el que, literalmente, te partes las costillas de risa, aunque en su escena final te congela el alma.

Aunque el film recibió el gran premio de la crítica en Venecia fue muy mal recibido en cierto sector del régimen que emprendió una campaña contra el director y la película que incluía manifestaciones a la salida de los cines, Este hecho mantuvo en el ostracismo a Berlanga durante cuatro largos años.

Se cuenta que, tras una proyección en Madrid, los encargados de la sala recomendaron al equipo de la película salir por otra puerta más discreta, todos lo hicieron inmediatamente, pero dicen que Berlanga y Emma Penella se miraron fijamente, se dieron el brazo y salieron por la entrada principal del cine al tiempo que, uno de los dos, decía que a un español no se le manda escapar por la puerta de atrás, los manifestantes admirados por el gesto de la pareja rompieron en aplausos.

Hemos dado un importante repaso a los films que han convertido en inmortal la filmografía de este director valenciano, a partir de ahora mis resúmenes serán más breves dado que quizá me he extendido en exceso.

Tras “El verdugoBerlanga estrenó “Vivan los novios”, una joya del cine de forzosa revisitación, y “Tamaño natural”, película que el autor consideraba como su favorita, apenado en parte porque jamás se entendió el mensaje del film que fue claramente perjudicado por una equivocada campaña de promoción que lo vendía como un film de corte erótico, error que desvirtuó por completo la esencia del film.

Es una pena que no pueda imaginarme lo que hubiera hecho Berlanga de su trilogía nacional en caso de haber rodado estos films en los 50 o en los 60 porque, hay que reconocerlo, la censura era un aliciente, casi un reto para la poderosa imaginación de este director.

Tanto “La escopeta nacional” como “Patrimonio nacional” y “Nacional tres” dan la impresión de que  Berlanga había situado la cámara en un punto estratégico el primer día de rodaje, recogiéndola dos meses después con un desbarajuste genial impregnado en la bobina de celuloide.

Sus últimos films ya son definitivamente corales, en ellos Berlanga se permite el lujo de permitir que la improvisación sea una constante, es obvio que ha llegado a este punto gracias a su destreza en el manejo de los actores y a la gran confianza que ha depositado en la mayoría de ellos tras muchos años de colaboración.

Esto se aprecia ya desde el primer fotograma de “La vaquilla” una película desternillante que incluye un juego de equívocos que  nos retrotrae al mejor Billy Wilder sin retroceder ni un milímetro de lo esquizofrénicamente español ni olvidarnos tampoco  de que, a estas alturas, la cámara para Berlanga es únicamente un intermediario entre la acción y su universo personal.

Tanto “Moros y cristianos” como  “Todos a la cárcel” se vieron un tanto lastradas por estar plagadas de alusiones a la situación política de la época en que fueron realizadas, pero a pesar de ello el tono autoparódico de todos los personajes de las dos tramas dan como resultado un par de films extraordinariamente divertidos.

París Tombuctú” rodada en 1999 supone la despedida del cine para este gran maestro que acaba de morir, Berlanga nos ha dejado huérfanos y se ha llevado con él toda una época del cine español que ya es irrecuperable, el cine en aquellos días era otra cosa, algo que se parecía más a los sueños que en lo que se ha convertido ahora.

Berlanga nos mirará desde el cielo con ternura, por eso os pido una oración por él, su sentido del humor, su magnetismo, su gracia mediterránea, todo ello no puede esconder más que a un hombre bueno, recuerdo una entrevista en la que él contaba  que el al principio no le podía hacer buenos regalos a su esposa, a la que adoraba, pero con los años tuvo la oportunidad de hacerle mejores obsequios porque ella se los merecía, aunque él se quejaba, en bromas, de que cuando los hijos se hicieron mayores  le hacían a la madre mejores regalos que él y con sonrisa socarrona afirmaba que le daba mucha rabia, para al instante añadir que estaba orgulloso de ellos.

En otra ocasión Berlanga tenía que hacer un largo viaje en avión, supongo que ese día tenía prisa y se olvidó el palillo de dientes que siempre llevaba en el bolsillo para tocar madera mientras el avión estaba en el aire, cuando el director se dio cuenta de que no tenía nada de madera a mano decidió improvisar una solución de emergencia y pronto vio el bastón de uno de los pasajeros del avión, ni corto ni perezoso se hizo con el preciado amuleto pero no contaba con la resistencia del anciano que, al ver que cogían su bastón, emprendió una lucha con Berlanga, cuentan los espectadores del suceso que el divertido incidente duró 10 minutos.

Ese era Berlanga, el mismo que ahora nos observa, entre divertido y cariñoso, desde el cielo.

Todos intuimos que el paraíso es un lugar más bien tranquilo, Dios suele darse largos paseos para acercarse a los plácidos rodajes de Sainz de Heredia, pero ya se ha enterado de que Rafael Azcona le está dando vueltas a un guion ambientado en el portal de belén y está esperando con los brazos abiertos  a Berlanga para que dirija el film.

Por su parte Bardem está empeñado en que en alguna escena importante San José exhiba su recién estrenado carnet de PCE (le acaba de convencer) y Buñuel se ha empecinado también en que el rodaje se traslade un poco más al sur, peligrosamente cerca  de las puertas del infierno porque le parece divertido y además hay Martini de contrabando.

Por todo ello Berlanga llegará como agua de mayo pues le necesitan para que Dios no se percate de esos “pequeños giros de guion”, también le espera el censor que quiso contratar para pedirle explicaciones por la bronca que le echó el obispo cuando se dio cuenta de que le habían tomado el pelo.

Sea como sea Dios, que no comprende porque han pedido doscientas toneladas de arroz para el catering del rodaje, ha sido previsor y se ha comprado un buen juego de tapones para los oídos porque le han llegado noticias de que los rodajes de don Luis suelen ser moviditos.

Además se van a cumplir el deseos del director valenciano y por fin su hijo Carlos (el mismo que le hacía rabiar porque le obsequiaba a su madre con mejores regalos que los suyos) se hará cargo de la banda sonora de la película.

Bendito seas Berlanga pero ¿qué haremos ahora sin ti?, el mundo será menos divertido.

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Jose Luis Garci, director de cine

En la edición de 2008 de los GoyaSangre de mayo”, de José Luis Garci, estaba nominada en siete categorías y se fue de vacío (ni siquiera Parrondo pilló cacho); el caso de Garci es un ejemplo claro del amiguismo reinante en la academia, y me atrevo a comparar su evidente marginación con el duro castigo impuesto (menos Alex de la iglesia que se los pasó a todos por el forro de…) a Pedro Almodóvar.

No me atrevería a decir que Garci se lo ha buscado, pero está claro que el tema de los premios Goya se la trae al fresco desde hace años; él ya se ha marcado un ritmo y un rumbo contradictorio a modo de travesía por el desierto y no exento de aparente prepotencia.

La mayoría de los Films de Garci han bordeado el calificativo de pequeñas obras maestras, pero su empeño personal en navegar al margen de modas temáticas le han llevado a un peligroso camino que, para ser sincero, solo nos interesa a sus muchos incondicionales.

Jose Luis Garci es esclavo de su cinefilia, este hecho le produce una serie de escrúpulos que han encorsetado irremediablemente toda su obra, nunca he dudado en comparar su caso con el de Peter Bogdanovich (¿Qué me pasa doctor?), el mejor biógrafo de John Ford y cinéfilo de Pro, de hecho creo que uno de los dos ha asumido un mimetismo tal que les ha llevado a vivir existencias paralelas (probablemente Garci, porque el norteamericano es un borde)

Francois Truffaut admiraba a Cocteau pero no le tembló el pulso al afirmar que probablemente en su mente anidaba el pensamiento de que “el artista más mediocre vale más que el mejor espectador” y hasta los que admiramos a Garci (no me refiero a sus primeras películas) nos hemos dado cuenta de que quizá este gran director piensa algo parecido.

Cuando se habla del Oscar de 1982 por “Volver a Empezar” hay un cierto deje condescendiente e incluso, a veces, de evidente menosprecio a esta gran película; como nos está pasando en otras áreas de la vida a los españoles se nos olvida muy pronto de dónde venimos y quienes fuimos; este madrileño consiguió, a base de amor al cine, y buen hacer, algo que en aquella época era muy difícil, pero mucho, creedme.

Garci dinamitó una puerta que estaba cerrada a cal y canto para nuestra maltratada industria nacional; se menciona con superior orgullo, y como más digna de prestigio, a “Belle Epoque” (1992), espero que no le moleste a Trueba (aunque no creo que lea esto) pero él no hubiera sido jamás el primer director español en ganar un Oscar (no he incluido voluntariamente a Buñuel) en caso de que José Luis Garci no hubiera sido premiado primero, no porque el film careciera de méritos cinematográficos (de hecho le incluí en mi artículo: “Diez obras maestras del cine español”) sino porque habría que haber esperado un poco más.

Con “Volver a Empezar este personalísimo realizador puso tanto empeño en hacer una película al gusto del público norteamericano que se olvidó de la espontaneidad de sus primeras (y maravillosas películas) para, a base de escuadra y cartabón, igualar la puesta en escena de grandes mitos como leo MacCarey o Howard Hawks.

Este regusto preciosista en la composición, casi pictórica, de sus películas le salió bien en “Volver a Empezar”, pues con ayuda de míticas interpretaciones, y un guión francamente conmovedor, consiguió burlar la frialdad formal que ha sido una tónica constante en el resto de su cine.

Sé que lo podréis tomar a risa pero si Garci realmente está empeñado en hacer un cine especial y distinto ¿Por qué nunca se ha decidido por el western que tanto ama?, no hay un director en el cine europeo, y quizá en el mundial (a excepción de Clint Eastwood), que esté más preparado, y legitimado, que él para realizar una obra maestra en este mítico genero.

José Luis Garci es uno de mis fijos, lo es pese a todo esto que os estoy diciendo, porque no me cabe la menor duda de que es un gran maestro y por eso me parece triste que tenga que afirmar que “Sangre de Mayo” es solo una buena película cuando a Garci le sobran cualidades para realizar una obra maestra.

¿Qué es lo que nos deja fríos de su cine?: su contención, me parece que no es consciente de que, los que conocemos su obra, sabemos de sobra que en el fondo de su corazón le hubiera gustado hacer una película desaforada al estilo de aquellas grandes producciones de Cesáreo González; yo no le conozco personalmente, pero no me resultaría muy extraño que algún día este gran conversador reconociera que, cerrando los ojos, durante la gestación de este film le venían al recuerdo imágenes de “Agustina de Aragón”.

Yo quiero mucho a este hombre, he aprendido de el casi todo lo que sé de cine clásico, y no hablo de ahora, tanto sus escritos como sus apariciones televisivas, han sido imprescindibles para mi memoria fílmica y sentimental a lo largo de mi vida, por eso me da mucha rabia, también, que se le adjudiquen etiquetas totalmente injustas, que además provienen de absolutos indocumentados que en la mayoría de los casos critican por el simple hecho de criticar.

Me hace gracia que le llamen chaquetero en la política, algunos han oído campanas y solo les puede disculpar, quizá, su juventud; en “Asignatura Pendiente” (a mi gusto junto a “El Abuelo” la mejor película de Garci) el protagonista es un comprometido abogado laboralista y, en un curioso y equivocado enredo mental, quedó en el inconsciente que José Luis era un director de izquierdas.

Si algo identifica a este director es su cabezonería, no se baja del burro, sobre todo en cuestiones relacionadas con su idealizada noción del pasado y ahora, que se va haciendo mayor, mucho menos todavía; os va a hacer gracia pero estoy casi totalmente convencido de que Garci sigue siendo de la UCD por sentimentalismo, yo creo que nunca ha negado su afinidad con el concepto político de Adolfo Suárez.

Ahora resulta que Esperanza Aguirre, a la sazón presidenta de la comunidad de Madrid, le realiza el encargo de hacer una película que recordara el heroico levantamiento de los madrileños contra la invasión francesa, por parte de las tropas napoleónicas, y todo el mundo se rasgó las vestiduras como si el encargo hubiera venido de manos del mismísimo Mussolini y el título del film fuera “La Corona de Hierro”.

Hasta donde me llega el entendimiento, (y ni comparto, ni dejo de compartir, las tendencias políticas de esta señora) la presidenta de Madrid es una mujer de reconocida solvencia democrática, creo que esto nadie lo pondrá en duda, y llegó a su cargo tras las elecciones libres de un país que tiene a gala contar con uno de los sistemas electorales más diáfanos del planeta.

Por otra parte: si lo que atacan es el uso de dinero público para financiar el cine estarían tirándose piedras a su propio tejado, por razones que todos conocemos y no quiero recordar.

Me he liado un poco con Garci (solo quería hacer un articulo breve, a modo de bisagra, entre las películas de miedo) por eso quiero terminar rápidamente con una propuesta para este cineasta que tanto admiro; yo le animaría a que ruede una película “Dogma”, cuyo guión quepa en una servilleta de papel y sin más recursos técnicos que una mini DV y el Pinnacle; sé que es triste que lo diga pero Garci está, paradójicamente, prisionero de lo que más ama: el cine y quizá necesite desintoxicarse un poco de él para “volver a empezar

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Cristal oscuro, obra maestra de Jim Henson

Hace unos días Google dedicó un Doodle precioso dedicado al inolvidable Jim Henson con motivo del que hubiera sido su 75 cumpleaños si una maldita enfermedad no nos lo hubiera arrebatado demasiado pronto.

James Mauri Henson nació en Greenville (Missisippi) el 24 de septiembre de 1936 y, ya desde niño, mostró una pasión irrefrenable por algunos de los personajes del inmortal cuento de Lewis Carroll “Alicia en el país de las maravillas” por ello jamás ocultó que gran parte de su obra se vio influenciada por el gran amor que le procesaba a esta obra maestra.

Henson dio pronto muestras de su genio en dos cortometrajes de su autoría: “Time Piece” (1965), un film experimental que fue nominado para los Oscar y “The paperwork explosión” (1967), amén de su participación en la mítica serie con tintes sicodélicos “NBC experiment televisión”.

Pero fue en 1968 cuando dio el primer paso para que su nombre entrara con letras de oro en el imaginario visual de millones de niños de todo el planeta, yo mismo disfruté “Abrete sésamo” y más tarde llegó “Barrio sésamo” (dos traducciones en España de “Sesame street”), aunque confieso que lo que realmente me apasionaba eran “Los teleñecos” y de entre todos ellos la rana Gustavo.

Antes de rodar en 1982 “Cristal oscuro” Henson ya llegaba fogueado por los trabajos anteriormente citados y también por una versión para la pantalla grande de “The muppet shows”, largometraje que firmó en 1981.

En 1977 este gran hombre ya tenía en mente el argumento de “Cristal oscuro” pero no le encargó la confección del guión a David Odell hasta que no tuvo diseñados los personajes y el ambiente en el que estos se desenvolvían, labor que fue respaldada por el extraordinario trabajo del ilustrador Brian Froud que se encargó de los primeros bocetos.

Pero no fue hasta el año 1979 cuando todo el equipo se trasladó a los míticos estudios de Elstree en Inglaterra, donde pensaban rodas las escenas de interior, los exteriores en cambio se rodaron en los mágicos parajes de Escocia.

Allá en Inglaterra Frank Oz, uno de los miembros del equipo de Henson (que a la sazón se convertiría en codirector de “Cristal oscuro”), se hallaba enfrascado en pleno rodaje de la mítica película “El imperio contraataca” (a mi gusto la mejor de la saga) donde se encargaba de todo lo contendiente al personaje de Yoda, al que incluso le doblaba la voz.

En una de las muchas visitas al set de rodaje Henson tuvo la gran suerte de tropezarse con Gary kurtz, uno de los productores asociados de la mítica saga galáctica e intimo amigo de George Lucas, el avispado productor se interesó en seguida por el proyecto y se puso en marcha para conseguir los 15 millones de dólares en los que estaba presupuestado “Cristal oscuro”.

En aquel momento Kurtz aun no era consciente del gran negocio que tenía entre manos porque, tras el estreno, los datos los datos llegaron avalados por un espectacular resultado de taquilla, solo en USA se recaudó una cifra cercana a los 50 millones de dólares y los réditos en el resto del mundo no le fueron a la zaga y a todo esto hay que sumar los 23 millones posteriores en concepto de ingresos de video, de hecho aun hoy, 30 años después, sigue reportando beneficios gracias a diversas reediciones.

Sobre los aspectos técnicos de este maravilloso hito de la historia del cine no voy a detenerme en exceso, creo que en cuanto disfrutéis de esta maravillosa película seréis conscientes de la ardua labor realizada para lograr que un largometraje de acción real sin personajes humanos llegue a buen puerto, sobre todo si tenemos en cuenta que no se utilizaron Animatronics ni, por supuesto, las ayudas digitales que de las que dispone el departamento de efectos especiales de cualquier producción fantástica actual.

Como se suele decir esta inmortal obra maestra se hizo “a puro huevo”, nacida del profundo convencimiento del director de que sus sueños se podían hacer realidad.

No hay que dejarse llevar por las apariencias: “Cristal oscuro” no es una fabula infantil, aunque adopte las hechuras clásicas de los cuentos infantiles, (con narrador incluido), pero cualquier persona con un poco de corazón, que tenga más de doce años, encontrará en el film un asidero para fortalecer la imaginación e incluso un excelente material para meditar como afrontar una nueva vía de superación personal.

No hay nada de azúcar en la película y ni mucho menos el menor atisbo de ingenuidad por parte de los personajes, de hecho el épico final nos presenta una especie de osmosis catártica que cierra el círculo de la historia pero nos deja una paradójica sensación de tristeza e indefensión (no entraré en detalles, pero es algo similar a que te ofrezcan algo que sabes que es mejor para ti pero que, sin embargo, no lo has elegido tú y esa soterrada imposición te superara)

El mayor mérito de “Cristal oscuro” reside en su capacidad para involucrarnos de forma consciente en la magia de la trama y es así porque Henson trata de lo fantástico del mismo modo que retrataría la realidad más árida lo que produce que toda la fantasía que inunda la pantalla se asuma con total naturalidad.

Si en “Puente hacia Terabithia” encontrábamos un marcado proselitismo cristiano y en “El señor de los anillos” el trazo es más humanista, “Cristal oscuro” se sitúa en un equilibrado término medio, o mas bien en un mesianismo a la inversa porque de la ruptura del tempo no sobreviene algo nuevo sino un giro hacia un pasado que borra de golpe los errores de las torpes generaciones que llegaron tras él.

Es muy interesante también comprobar cómo el notable maniqueísmo que parece destilar el film es solamente una pose porque la maldad, y la bondad, absolutas son dos polos de un único centro en el que nada es exclusivamente blanco o totalmente negro sino más bien un batiburrillo de los infinitos grises que admite el día a día de cualquier ser vivo del planeta.

Cada plano, y cada encuadre, lleva asociado una sorpresa en el espectador, todo está vivo y en continuo movimiento en la película, aunque a muchos de vosotros os pueda sorprender la relativa lentitud de los personajes en comparación con el frenético ritmo que inyectan los efectos digitales al cine actual pero este para mí es uno más de los encantos de cristal oscuro.

Si tuviera que escoger entre lo que más me gusta de esta joya del cine me quedaría con los ojos de Kira (la Gelfling protagonista) y por supuesto con la escena en la que ésta le ofrece su mano a Jed (el Gelfling elegido) y, producto del roce de su piel, se trasmiten mutuamente los recuerdos, un instante de poesía pura propiciado por el inteligente uso de la elipsis por parte del director cuyo respeto por el espectador está a años luz de los dictados de un cine actual que sostiene que el público es débil mental y hay que dárselo todo digerido, utilizando para ello un continuo bombardeo de subrayados completamente injustificados e innecesarios.

Ya en los últimos minutos del film algunos de los personajes se difuminan un poco, casi al modo de las sombras chinescas, y podría suponerse que esto es una especie de vehículo del que se vale Jim Henson para devolvernos de forma paulatina a la realidad, de hecho la brusca fanfarria final hace las funciones de ese malvado despertador del lunes que todos odiamos porque nos devuelve a la cruda realidad.

Termino ya, queridos amigos, pero antes quiero deciros que si no habéis visto este film os envidio sanamente porque es una hermosa experiencia, os animo a buscarle entre las estanterías de cualquier video club, estoy seguro de que me lo vais agradecer, es una película preciosa de verdad.

Jim Henson viajó hacia el cielo, parcialmente diseñado ya por él en la tierra, el 16 de mayo de 1990 a la temprana edad de 53 años; las razones que le dio el creador fueron ,entre otras, que hay muchos niños pequeños en el cielo a los que entretener también.

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Muerte en Venecia y el amor puro

Una año entero estuvieron los censores españoles afilando las tijeras para meterle mano a “Muerte en Venecia”, al final se rindieron y admitieron de buena lid su derrota no sin antes, y a modo de pataleta, suprimir unos pocos segundos del comienzo del film que mostraban a un personaje grotesco y de maneras un tanto obscenas y desagradables, pero absolutamente inofensivo para la moral.

Desde hace una década se viene arrinconando a esta joya esencial del cine, no me cabe ninguna duda de que la odiosa corrección política tiene buena culpa de ello, pero hoy no quiero entrar en polémicas, solo deseo presentaros una de las más puras historias de amor de la historia del arte.

Luchino Visconti, que había nacido en 1906, ya se acercaba en 1970 al final de sus días y un personaje tan sibarita (y carnal) como él no llevaba nada bien la decadencia sobrevenida por la edad y, muchos menos aun, las señales de una enfermedad que en un lustro terminaría con su vida una tarde de marzo de 1976.

A bien seguro por aquellos días tendría en mente sus inicios en el cine como ayudante de Renoir y sus primeros coqueteos con el partido comunista en el que militaría hasta el final de sus días pese a ser de aristocrática cuna.

En 1943 había dirigido “Obsesion”, película precursora del neorrealismo, y obra maestra sin paliativos, dotada además de una sexualidad ardiente que se convertiría pronto en nexo común de la mayoría de sus obras (no es el caso de “Muerte en Venecia”)

Poco a poco Visconti se fue alejando de los dictados neorrealistas, pero aun en 1960 coqueteó de nuevo con el cine social con “Rocco y sus hermanos” uno de los retratos de familia más logrados de la historia del cine europeo.

Hay más películas en la filmografía de este gran director pero paso ahora a centrarme en la que es el eje central de esta entrada de mi blog: “Muerte en Venecia” pertenece a la llamada etapa alemana del autor (las otras dos son “Ludwig”, 1973 y “la caída de los dioses”, 1968) y en la actualidad está considerada, de forma errónea, como un film arcano, obsesivo y, lo que es peor, obsoleto).

Sea como sea y a pesar del destierro a las esquinas de las filmotecas, “Muerte en Venecia” es uno de los films más aplaudidos de Visconti, un autor que dibujó mejor que nadie el sugerente esteticismo de lo decadente.

Ya desde el comienzo la película ofrece pinceladas de la gran sensibilidad que va a derrochar cada fotograma: un amanecer teñido de rosa, una música que se pega al alma y como telón de fondo una ciudad bellísima, pero enferma, y todo ello para acoger las vivencias de un músico que vive su postrera agonía como artista y como ser humano.

Visconti, al dar el primer golpe de claqueta del film, había llegado ya a la perfección estética, por eso es lógico considerar que él era consciente de que estaba realizando una obra maestra y esta sensación para un autor debe de ser bellísima y sublime.

Reconozco que, para algunas personas, la obra de Visconti peca de una morosidad estructural que afecta al conjunto de las secuencias, pero en el caso de “Muerte en Venecia” esto se convierte, paradójicamente, en una virtud más de esta obra de Mann que no se puede narrar con otro tempo que no sea el de la larga pausa.

Por ello los 7 flashback que estructuran el film son como pequeños engarces que van suturando con hilo invisible un corazón que, de roto, es imposible de recuperar, aunque estos costurones consiguen arrancarle quejumbrosos latidos ayudados en parte por la sutileza del argumento.

Dos o tres de estos viajes al pasado nos retrotraen a furibundas disquisiciones sobre la búsqueda de la perfección en el arte con la única ayuda de la técnica, y no por la simple descripción o contemplación de la belleza, de hecho todo el film gira en torno a una aparente contradicción: la del creador que solo cree en el equilibrio del trío: arte-artista-academicismo y la tesis dionisiaca que afirma que el instinto siempre prevalece ante la razón.

Por todo ello el músico, que acaba de perder a una hija y ve naufragar su matrimonio y su carrera, se asusta ante sus íntimos sentimientos ante un efebo de apariencia apolínea que acaba de conocer y que provoca en él emociones que cree vulgares y que además no reconoce como suyas, aunque sean comunes a todos los seres humanos.

El estupor que le produce esta poderosa atracción hacia el adolescente le empuja a abandonar precipitadamente el hotel Des Baings, en el que se aloja, pero una serie de circunstancias adversas le hacen regresar de nuevo al Lido dando lugar a una de las escenas más poéticas del film, y por ende de la historia del séptimo arte.

Tadzio, por su parte, siempre da la impresión de fomentar un juego, entre cruel y condescendiente, con el músico pero el gran acierto de Visconti es el de no dar la mas mínima pista (en el comportamiento, no en la pose del joven) de que esto sea así.

Volviendo al juego Apolo-Dionisio no me cabe la menor duda de que los dos roles se intercalan aleatoriamente, esto nos obliga a ser testigos de una fusión de los dos arquetipos, Tadzio y Aschenbach se complementan y esa deriva los lleva al sentimiento más noble al que puede aspirar el ser humano: el amor puro.

Por lo tanto aquí no cabe el subjetivismo en lo que concierne a la turbadora pasión que sufre el músico, más bien asistimos a la ruptura de la lógica y de la moral y lo que pudiera parecer una pasión malsana transmuta en el fuego de una comunión intensa, espiritual y desprovista de todo atisbo de carnalidad.

“Muerte en Venecia” es una sinfonía en imágenes de tal exquisitez formal que deja al margen cualquier discusión filosófica o moral alimentando exclusivamente los criterios estéticos; por otro lado se nos evidencia, a lo largo del metraje, la certeza de que estamos frente a una tragedia de dimensiones colosales y que logra transcender, incluso, a las cotas más altas del espíritu.

El lazo que une a Tadzio y al hombre maduro está escrito en el cielo y no admite las miserias de las pasiones humanas, por esta razón los cuerpos de los personajes son solo meros receptáculos contenedores de dos almas que están dulcemente condenadas a estar unidas no en esta, sino en mil vidas de otros tantos universos.

Como veréis no me he centrado demasiado en el argumento del film, esta película es para verla con una sola prerrogativa en la mente, que es la de asistir a su visionado abiertos a la idea de que solo la belleza es divina, del resto se encarga Visconti.

El barroquismo armónico y decadente del film adquiere tonos legendarios en el último cuarto de hora, momento en el que Tánatos vence momentáneamente a Eros y asistimos a dos muertes: una de ellas poéticamente física y liberadora y la otra brutalmente trágica, (dado su cariz emocional), al ser el óbito de la candidez y la inocencia de toda una generación, personificada en Tadzio, y de un modo de entender la vida que será masacrado en breve por la gran guerra.

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21 Ceremonia de los Oscar (1949)

Películas de 1948, el poder inglés.

El 24 de marzo de 1949 la ceremonia de entrega de los premios Oscar se celebró por primera (y única vez) en el propio teatro de la sede oficial de la academia, finalizaba la década más sangrienta de la historia de la humanidad y se aproximaban acontecimientos que iban a dar al traste con el orden establecido en todos los aspectos de la vida en sociedad.

Antes de comenzar con esta cronología quisiera pediros perdón por mi enésima pataleta, lamento haber cerrado el blog durante estas semanas, pero os pido por favor que lo comprendáis, necesitaba frenar un poco y poner en orden mis ideas y mis actos, desgraciadamente la vida no es como una película de Capra donde la bondad reina siempre en un eterno final feliz.

Bueno, comienzo con el Oscar a la mejor película, “Hamlet”, una obra maestra del mejor actor de todos los tiempos Lawrence Olivier que se empeñó en llevar a la pantalla lo mejor de Shakespeare y lo logró en buena lid, pues nadie ha logrado superar la cota que impuso (aunque reconozco que el “Romeo y Julieta” de Franco Zeffirelli fue un gran film)

La obra de Shakespeare nació inmortal porque se basa en continuos arquetipos del ser humano que le son fáciles de comprender a cualquier estructura mental, por muy básica que esta sea.

Otelo, por ejemplo, es la quinta esencia del monstruo de los celos, mientras “Romeo y Julieta” aborda el fatalismo y la pasión amorosa, a su vez Macbeth representa fielmente la ambición del ser humano que no se detiene ante nada para lograr sus más bajos deseos, y por último la historia que nos ocupa “Hamlet” que refleja la impotencia del hombre frente a un destino marcado e inalterable.

No me voy a detener en exceso en el argumento de “Hamlet” porque es sobradamente conocido y si no fuera así (porque muchos sois jóvenes) os estáis perdiendo una de las experiencias más gratificantes de la lectura: leer los libretos del genial autor británico.

El padre de Hamlet, a la sazón rey de Dinamarca, ha sido asesinado a manos de su propio hermano que no contento con su deshonesto acto comete la felonía de casarse con la esposa del fallecido.

El ya príncipe danés cae en un estado de desasosiego que le lleva a ver al espíritu de su padre que le cuenta todo lo sucedido y le pide venganza (otra constante de la obra de Shakespeare), cargado de odio Hamlet busca la manera de desenmascarar a su tío y para ello idea la estratagema de llevar a palacio un grupo de titiriteros que van a representar ante la reina y el magnicida un argumento similar al de la vida real.

Sobra decir que esta película se convirtió ya desde su estreno en uno de los mayores éxitos del cine británico.

¿Qué se puede decir de Lawrence Olivier?, esta gran figura de las tablas interpretó y dirigió el film con una maestría impropia de un realizador con no demasiado bagaje (aunque había dirigido en 1946Enrique IV”), de hecho Olivier se volcó de tal manera en su película que su matrimonio con la bella Vivien Leigh se fue al traste, no solo por la elección de la hermosa Jean Simmons en detrimento suyo para uno de los principales papeles, sino por la sensación que tubo la inolvidable Escarlata de que ella quedaba al margen de la vida del genial actor.

Lawrence Olivier consiguió el Oscar al mejor actor, en total a lo largo de su carrera logró otras dos estatuillas en 1947 y en 1979 (estas de carácter honorifico) y además 10 nominaciones que le convirtieron en un habitual de las galas anuales.

A modo de curiosidad voy a dar unos datos que espero os sean de utilidad:

A Olivier solo le supera en número de nominaciones únicamente Jack Nicholson con doce nominaciones y tres premios, a su vez al bueno de Jack le gana la maravillosa Meryl Streep que colecciona 16 candidaturas y dos Oscar.

Pero ni con esas llegan a las 45 nominaciones del grandísimo John Williams y mucho menos a los 59 del mítico Walt Disney que, a lo largo de su vida, recogió 26 Oscar.

En el aspecto negativo el técnico de sonido Kevin O´Conell tiene el dudoso merito de haber sido nominado en veinte ocasiones y no haber logrado ningún premio.

¿Sabíais que un perro pudo haberse alzado con un Oscar?, este curioso lance se dio en 1985 cuando el guionista Robert Towne firmó el libreto de “Greystoke” (Hugh Hudson) con el nombre de su
perro “Vazak” por discrepancias con los productores del film, lo que menos se esperaba, por lo que parece, es que su labor iba a resultar nominada.

Volviendo a Lawrence Olivier nunca pude entender cómo no fue elegido para el papel de Ashley Wilkes en Lo que el viento se llevó, no solo daba el tipo ideal sino que resultaba más creíble que el gran actor Leslie Howard, se comenta que Selznick visitaba a menudo el plato de “Cumbres borrascosas” (1939, William Wyler), pero su participación al final no fue posible.

Olivier participó en 1972 en el gran film de MankiewiczLa huella”, su compañero de reparto era un Michael Caine en pleno despegue de su carrera, este gran actor estaba preocupado por cómo debía de tratar a Olivier, dado que era conocedor de sus títulos de Lord y Sir, de hecho es el único actor que lo ha logrado, pero el veterano actor conocedor de los temores de Caine lo solucionó todo enviándole una cálida carta en la que le suplicaba que le llamara simplemente Larry.

E l rodaje en sus primeros días resultó ser muy problemático, Olivier era incapaz de retener en su memoria los diálogos, todo el equipo se extrañó de esta situación dado que se trataba de un rey de las tablas que había llegado a interpretar frente al público una obra de Eugene O´Neil de tres horas y media de duración.

Pronto salió la verdad a la luz, Olivier debido a una situación estresante que había vivido en relación a su profesión se había visto obligado a tomar tranquilizantes y estos le habían afectado a la retentiva, rápidamente se suspendió la medicación y Olivier volvió a ser el mismo monstruo de siempre.

Los que me habéis leído ya sabéis de sobra que me avergüenza sobremanera no ser un gran partidario de la obra de John Huston, me encantaría dar razones objetivas pero por una razón o por otra siempre termino derivando en “Vidas rebeldes” y el desatino (a mi gusto) de matar el Glamour de tres vacas sagradas del cine: Clark Gable, Marilyn Monroe y Montgomery Clift. (sé que te doy un disgusto querido anmigo Plared, lo siento de corazón, además sabes que amo muchas de sus otras grandes obras maestras)

No le culpo de la muerte del rey de Hollywood, no llego a tanto, pero debió de vigilar mas las escenas en las que intervino Gable, dado que éste contagiado del fuerte espíritu de este director de sangre irlandesa se negó a utilizar dobles en las complicadas escenas de doma de caballos y fruto de estos esfuerzos le sobrevino un ataque fulminante que acabó con su vida dos días después del último corten a la temprana edad de 60 años.

Aun con todo dejo al margen varias de sus grandes obras maestras: la propia “El tesoro de sierra madre” que le valió el único Oscar de su carrera (por esta película logró otro Oscar pero fue al mejor guion, como director no lo volvió a lograr) y las grandes obras maestras: La reina de África, La jungla del asfalto y por supuesto El halcón maltes y Cayo largo.

Elogio ciertos aspectos de la personalidad de este director, creo firmemente que tras su aspecto y maneras hoscas se escondía un verdadero romántico, pero había que rascar para ello una espesa capa de cinismo, también me gusta su condición de convencido descreído lo que le llevaba a encumbrar en su poética al perdedor, encontrando en el fracaso y la frustración una belleza épica.

Por supuesto también me enamora su cabezonería y su decisión, sobre todo al enfrentarse al todopoderoso Jack Warner (que renegaba de “El tesoro de sierra madre”) para que el film se realizara en escenarios naturales de Méjico cosa que a la larga resulto ser un acierto porque el film reflejó como nunca hasta el momento la crudeza y el sudor polvoriento de los actores y de las situaciones.

Bogart compuso un personaje inolvidable en esta búsqueda de un inalcanzable dorado pero la palma en los premios se la llevó Walter Huston, padre del director, que en el trío de desesperados representaba el único enlace creíble con la naturaleza humana.

Este gran actor interpretó en 1930 a Abraham Lincoln en un film de Griffith, el padre del cine, recuerdo haber visto este film en un reciente pase televisivo y me quedé paralizado ante la credibilidad que le daba este genial interprete a cada uno de sus gestos, por muy nimios que estos fueran.

Huston ya había sido nominado antes de este Oscar al mejor
secundario en “El tesoro de sierra madre”, fue en 1936 por su papel protagonista en El desengaño de William Wyler y unos años después por El hombre que vendió su alma (William Dieterle, 1941) y ya en 1942 fue propuesto por su labor como secundario en Yanqui Dandy” (Michael Curtiz)

Walter Huston, que había trabajado junto a Gary Cooper en 1929 en el virginiano, de Victor Fleming, se despidió del cine en 1950, año en el que trabajo juntó a Bárbara Stanwyck en The furies (Anthony Mann), unos pocos días más tarde de que acabara el rodaje este gran actor fallecía repentinamente.

Me ocuparé ahora del premio a la mejor actriz que fue a parar a la famosísima Jane Wyman, que lo fue no solamente por haber sido la primera esposa del presidente de los estados unidos Ronald Reagan sino por su papel en la mítica saga televisiva Falcon Crest que la convirtió durante toda una década en una de las actrices más famosas de la tierra.

El film que le supuso su único Oscar Belinda” (Jean Negulesco) es un dramón de los que hacen escuela y una película que en todos sus pases televisivos siempre ha despertado el gusto de la audiencia debido a las lágrimas que provoca.

Belinda es una joven habitante de un pequeño pueblo costero que vive una triste existencia acosada por el desprecio de todos sus vecinos, siendo además ninguneada por su propia familia, a ello se suma su condición de sordomuda.

Todo esto parece que va a acabar con la llegada de un medico que se toma en serio su caso y pretende reintroducirla en la sociedad enseñándole para ello los elementos básicos del lenguaje de signos.

Belinda va mejorando día a día y el doctor se plantea seriamente presentar su caso para que sea sometida a un nuevo tratamiento que le puede hacer recuperar el habla, pero ocurre un hecho salvaje que lo echará todo a perder y no puedo contar más… Solo os diré que al final os preparéis una buena provisión de pañuelos porque os van a hacer falta.

Jane Wyman, que había logrado su primer papel protagonista en 1937 (“Public Wedding”) intervino también en una de mis películas de cabecera Sublime obsesión”, en esta sí que se llora a gusto también y además Rock Hudson está más guapo que nunca, es un peliculón en toda regla, no en vano su director Douglas Sirk es uno de los mayores maestros del melodrama de todos los tiempos.

Ya he hablado de Falcon Crest, popular saga televisiva que comenzó en 1981 y se mantuvo en pantalla hasta 1990, los dos únicos actores que estuvieron los 228 episodios enteros fueron la propia Wyman y el inefable Lorenzo Lamas.

 

Por cierto a mí me encantaba el malo (que al final era bueno) Richard Channing , interpretado por David Selby.

Claire Trevor, la mítica dallas de “La diligencia” (John Ford, 1939) se alzó en esta edición con el Oscar a la mejor actriz secundaria gracias a la obra maestra de HustonCayo largo”, una tormentosa historia que se desarrolla bajo el claustrofóbico ambiente de un hotel en el que tres personajes son secuestrados por un mafioso sicópata que se refugia de un inminente huracán.

La presencia de Bogart y de John Barrymore en el reparto ya es de por si un buen reclamo, pero el que borda su papel es un Edward G. Robinson en estado de gracia que, literalmente, se come al resto de los actores.

Trevor interpreta en el film a una cantante que vivió antiguas glorias pero debido al alcohol y a las nefastas compañías ha echado a perder su carrera y por ende su vida, son inolvidables las escenas en las que sufre malos tratos tanto físicos como mentales por Rocco, el gánster que interpreta Robinson.

Claire Trevor, que ya había ganado un Oscar por su papel en “Calle sin salida” (William Wyler, 1937) en la que también compartía cartel con Bogart, repitió Oscar en 1955 por su papel en el hermoso film “Escrito en el cielo” una de las últimas películas de William Wellman, inolvidable pionero del viejo Hollywood.

Este año de 1949 será recordado como el pistoletazo oficial de los ya imprescindibles premios a la mejor película extranjera y en esta ocasión se eligió una película francesa Monsieur Vincent, un film hoy completamente olvidado que reflejaba en imágenes la heroica vida del santo francés San Vicente de Paul, al que personalmente le tengo bastante devoción dado que me eduqué en la niñez con los padres paúles.

Lamento no dar demasiados datos sobre la película o el director Maurice Cloche pero es que reconozco que no tengo ni idea, ni he encontrado tampoco una información de especial interés.

Lo que sí voy a hacer es aportar un pequeño dato sobre este apartado del que iré hablando más en profundidad en próximas entregas:

Los dos países con más candidaturas en la categoría de habla no inglesa son: Francia con 38 ocasiones, y 12 estatuillas, e Italia con 30 candidaturas y 13 Oscar, si bien cuatro de esos premios fueron a parar a las manos del inolvidable Federico Fellini.

Para acabar, como ya viene siendo costumbre, paso a redactar un pequeño racimo de curiosidades que espero sean de vuestro gusto.

“Hamlet” fue el primer film de nacionalidad británica que se llevó el máximo trofeo de la noche.

Walter Wanger se negó a recibir un Oscar honorifico por su labor de producción en “Juana de Arco” aduciendo para ello el maltrato de su film a la hora de las nominaciones y sobre todo su marginación en los premios.

Las obras maestras La terra crema (1948) de Luchino Visconti y “Carta a una desconocida” (Max Ophuls) (una de las películas más bonitas de todos los tiempos) son injustamente ninguneadas.

Fueron maltratadas también joyas como “Las zapatillas rojas” de Michael Powell y Emeric Pressburger (sólo Oscar a la mejor banda sonora) y el mágico film “Jennie” de William Dieterle.

Por último el inolvidable Montgomery Cliff recibió la primera de sus cuatro nominaciones, inexplicablemente jamás resultó reconocido su talento.

Nos veremos pronto amigos y amigas, un abrazo para todos.

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Los Oscar, capítulo 17, películas de 1943

En la noche del dos de marzo de 1944 las costas de Normandía solo eran un bello paraje bucólico en el que únicamente el canto de las gaviotas alteraba la paz.

Pocos meses después se convertirían en el escenario de una de las batallas más gloriosas y decisivas de la humanidad, un templo heroico en el que miles de soldados dieron sus vidas para salvar a la humanidad del mayor peligro a la que se había visto sometida a lo largo de la historia.

Y así, mientras al sinvergüenza de Hitler comenzaba a llegarle su hora, comienzo mi relato sobre la ceremonia de los Oscar de 1944.

Aquel año la gala fue célebre por dos razones: la primera fue que por fin se abrió al gran público y se habilitó un espacio nuevo el “Grauman´s Chínese Theatre” que admitía a un mayor número de asistentes.La segunda razón es que fue el año de “Casablanca” una de las películas más amadas de todos los tiempos.

“Casablanca” es una de las películas de mi vida, si os dijera las veces que la he visto no lo creerías, lo que sí puedo afirmar sin rubor es que me la sé de memoria, de hecho podría recitar cada plano y cada frase del dialogo con los ojos cerrados.

Hoy podríamos hablar de su caótico rodaje o del asombro de la pobre Ingrid Bergman ante la indolencia de un Humphrey Bogart que prácticamente rodó todo el film con una copa de whisky en la mano.

Pero hoy solo voy a utilizar el corazón:

A mi franco parecer todos los cinéfilos nos hemos centrado siempre en la primera aparición de Bogart en el bar de Rick, cuando tras firmar una consumición le da una bocanada a su cigarro y, cómo no, al espectacular final, donde las malas lenguas (nunca ha podido ser constatado) dicen que Curtiz, al ver al duro Humphrey inspirado, le dio rienda suelta para improvisar el famoso:

“Si no te arrepentirás, tal vez no hoy, ni mañana, más tarde el resto de tu vida”.

Pero en esta gloriosa película hay mucho más; recuerdo el efecto electrizante que me produjo la espontanea invitación para tomar una copa de Rick al matrimonio Laszlo ante la incredulidad del Capitán Renault (Claude Rains).

La famosa frase “los alemanes iban vestidos de gris y tu vestido era azul” es inmortalmente bella y nostálgica; no se puede olvidar tampoco a Ilsa preguntando a Bogart que si el espantoso ruido que se escucha lejano provenía de las baterías alemanas o eran los latidos de su propio corazón; ¡Dios mío, cuanta belleza!

También recuerdo el breve diálogo entre Rick y Ugarte (interpretado por el gran Peter Lorre, íntimo amigo de Bogart)

-“Si me detuviera un instante a pensar en ti, probablemente te despreciaría”, le espetaba Bogart a Lorre.

Y así infinidad de radiantes escenas que estoy seguro que también habéis retenido en vuestros corazones.

¡No sabéis cuanto daría por volver a ver esta joya por primera vez!

Del húngaro Michael Curtiz, uno de los directores más enérgicos de la historia del cine, se podrían decir muchas cosas (por lo visto era un tipo de cuidado), pero quiero detenerme en el hecho de que fue junto a Raoul Walsh el único capaz de entender y moldear el espíritu indómito de Errol Flynn.

Su “Robín de los bosques” es, a día de hoy, tan actual y fresco como lo fue en 1938 el día de su estreno, a su vez es inolvidable el halito romántico (la música de Erich Wolfgang Korngold ayuda mucho) que le infiere Curtiz a “El capitán Blood” primera de sus hermosas y fructíferas colaboraciones con el hermoso actor de Tasmania.

Y así se podrían decir muchas cosas más de este director, con fama de autoritario, que hubiera sido un eficaz realizador para “Lo que el viento se llevó” de no ser por su condición de prisionero de Warner y un ligero tufillo racista.

Tanto el film como el director recibieron sendos Oscar pero a la hora de hacerse público la concesión del premio al mejor actor saltó la sorpresa.

El también húngaro Paul Lukas le arrebató la estatuilla a un aturdido Bogart que llegó incluso a hacer ademan de levantarse para recoger su premio (tal era su convencimiento interior de que era suyo)

Lukas fue durante toda su carrera un intérprete discreto pero sumamente eficaz, muchos le recordareis por su papel en la producción Disney “20000 leguas de viaje submarino” (Richard Fleischer, 1954) donde interpretaba al profesor Arronax, siendo el partenaire del gran monsturo del cine que fue, es y será para siempre Kirk Douglas el verdadero y eterno corazón de Hollywood.

“Alarma en el Rhin”, a pesar de que contaba con la presencia de la simpar Bette Davis, no es una cinta especialmente recordada, pero jugaba con la baza de estar ambientada en una Alemania bajo el contexto de la resistencia antinazi, siendo además sin duda un duro y efectivo alegato contra la barbarie nazi.

Mickey Rooney y Walter Pigmeon, que también estaban nominados, no tenían muchas posibilidades, por lo que todas las quinielas giraban en torno a los dos mitos del cine que también optaban a premio en 1944, el ya citado Bogart y el maravilloso Gary Cooper.

Los dos eran dos colosos de la industria (en más medida aun Cooper) y seguramente se produjo una división del voto que benefició a Lukas.

La recientemente fallecida Jennifer Jones se alzó también de manera sorpresiva, con el Oscar a la mejor actriz en un duelo desigual con monstruos ya consagrados como lo eran tanto Ingrid Bergman como Joan Fontaine.

Jones había debutado en 1939 de la mano de George Sherman que confió en ella para acompañar a John Wayne en el reparto de “Nueva frontera”, una cinta con vocación de western menor.

“La canción de Bernadette” fue el cuarto trabajo de una jovencísima Jennifer jones que rápidamente incendió con su ternura a millones de espectadores que asistieron atónitos a su interpretación de la célebre vidente de Lourdes en una deliciosa producción católica decididamente encaminada a llenar la necesidad de fe y espiritualidad de millones de hombres y mujeres que se enfrentaban a diario con la cara de la muerte.

Henry King dirigió de forma académica una cinta que funciona muy bien en su tramo inicial pero que en el último tramo se pierde en tecnicismos litúrgicos que terminan producción pesadez en el espectador.

Probablemente un recorte de 20 minutos le hubiera hecho mucho bien a un film que contiene algunas bellas escenas de lirica belleza.

Para terminar con esta edición quisiera remarcar que este año hubiera sido una gran ocasión para premiar con el Oscar al mejor secundario (o al menos una nominación) al gran Vincent Price que interpreta una escena final inolvidable de “la canción de Bernadette”.

Por lo demás hubo también dos grandes derrotadas en aquella ocasión: por un lado “Madame Curie”, hagiografía de la célebre científica dirigida por Mervyn Leroy que se fue de vacío pese a sus siete nominaciones y el caso de “Por quién doblan las campanas” (Sam Wood) que estando propuesta para nueve estatuillas solo recibió la del Oscar a la mejor secundaria que fue a parar a Katina Paxinou.

Esta lujosa producción hollywoodiense, que tomaba claro partido por el bando republicano de nuestra guerra civil española, no pudo verse en nuestro país (por razones obvias) hasta los años ochenta.

Por último no quiero dejar de referirme al doloroso olvido de esa gran pieza maestra del cine que fue “Yo anduve con un Zombi” de Jaques Tourneur.

(Por cierto os tengo reservada una sorpresa que tiene mucho que ver con esta última película, creo que os va a encantar)

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