casa de cultura·Casa de cultura de Torrelavega·Cine·cine casa de cultura·cine en torrelavega·Cine español·Directores de cine

Cine en Torrelavega, filmoteca de los jueves: Gente en sitios (13 febrero 2013)

Gente_en_sitios-318740366-large

“Gente en sitios”, que se estrena este jueves 13 de febrero en la Casa de cultura, es una rareza genial del cine español: material de exiguo presupuesto pero rebosante de ideas frescas en un contexto de originalidad raras veces visto en el cine de este país.

Esta savia nueva se ha llevado también a la original campaña de promoción y a un boca a boca contundente que ha convertido a la película en candidata al nivel especial de las obras de culto.

En el Fotogramas de este mes de febrero (numero 2044) se ha situado a esta cinta en el segundo puesto de lo mejor del cine español del pasado año en una votación realizada entre 41 críticos.

Es indudable que estamos ante una propuesta muy arriesgada en la que su director, Juan Cabestany,  ha reunido a un selecto grupo de actores entre los que se encuentra lo más granado del cine español todo ello en pos  de la elaboración de una serie de sketch que, en un tono mayoritariamente cómico se centra en temáticas de índole profundo y universal.

Cabestany es la cabeza visible de una nueva corriente denominada post humor y su trabajo se desarrolla en un entorno surrealista que cabecea constantemente en el absurdo (algo profundamente español) y que navega también en una contradictoria faceta  que suma a los valores del film unos tintes cercanos al terror  y a lo grotesco sin abandonar, por supuesto, la intención cómica y el aire de locura asumida que envuelve a todo el metraje.

1387530175531

El elenco artístico ya he comentado que es de campanillas comenzando por la maravillosa Maribel Verdú y figuras como Antonio de la Torre (en continuo alza) Alberto san Juan, la preciosa Adriana Ugarte, Ernesto Alterio, Carlos Areces y un largo etcétera de componentes con los que Cabestany tiene una especial complicidad.

Termino con la trascripción de uno de los segmentos en el que un personaje deambula por la calle con el único cometido de enseñar a andar a los transeúntes que han olvidado algo tan trascendental.

Película española muy recomendable.

Cine·Cine clásico·Directores de cine·Dudley Nichols·el Western·Henry Fonda·Historia del cine·Hollywood·John Ford·Mary McBride·Películas·Walter Brenan·Ward Bond·Wayne

John Ford, poeta

Mi amado Truffaut decía de John Ford que era un poeta que jamás hablaba de poesía, un romántico cascarrabias que eligió toda su vida ponerse un caparazón tan duro que solo dejó entrever su verdadero yo en contadas ocasiones y, sobre todo, en la pantalla de los cines donde nos regaló un ramillete de fotogramas que han quedado grabados para siempre en la memoria visual de toda la humanidad.

Sean Aloysius O´Fearna, que así se llamaba el maestro, nació para el mundo dos veces: la primera en un día indeterminado del año 1890 en la región irlandesa de Inisfree (que luego inmortalizaría en El hombre tranquilo”) y más tarde, en el registro civil estadounidense de la región de Cape Elisabeth, el 17 de febrero de 1895; de ahí viene la discrepancia sobre la edad que tenía el inmortal autor cuando le sobrevino la muerte el 31 de agosto de 1973.


Ford tuvo una juventud errante en lo que se refiere a la búsqueda de su verdadera vocación: cursó bellas artes en Portland y se planteó por aquellos días el sacerdocio, mas tarde trabajó en la industria peletera y también como publicista de una fabrica; pero en 1912 tropezó con su destino de manos de su hermano Francis (actor y director en el incipiente Hollywood) que le enchufó en la Universal como chico para todo, aunque pronto destacó como un excelente regidor.

Hubieron de pasar cinco años para que le llegara en 1917 la oportunidad de dirigir una serie de films protagonizados por Harry Carey, toda una figura en la época, lo que le dio ocasión para foguearse en la técnica. Ford fue durante toda su vida un autodidacta y no faltaban en sus modales rasgos característicos del indómito carácter irlandés: borracho profesional, huraño como pocos y, sobre todo, una cabezonería de dimensiones bíblicas que enseguida le valió para hacerse un sitio en aquella complicada aventura de los albores del cine como industria.

John Ford contrajo matrimonio en 1920 con Mary McBride, con la que convivió durante toda su vida y que, a buen seguro, debió de ser una santa para doblegar el imparable carisma de este gran hombre.

Sin lugar a dudas Ford está íntimamente ligado al género que ayudo a cimentar: el Western, pero también logró colar en casi todos sus films incisivas inquietudes sociales (siempre fue falsamente tachado de fascista cuando en realidad algunos de sus films de los años 30 coqueteaban indisimuladamente con los postulados de la izquierda), todo ello sin olvidar el sello épico que logró imprimir en sus películas que bebían claramente de muchos arquetipos de la mitología griega.

También fue pionero de un tipo de cine que detiene su lente en la psiquis de sus personajes acercándose de tal modo a su intimidad que esta parecía un elemento más de la cámara, todo ello sin renunciar a viejos clichés (en su tiempo no tanto) de reconocida solvencia: ferrocarril, indios, grandes praderas, rifles, la cantina, etc.

Este irlandés, sobrio de gestos, ayudó a escribir la teoría del cine, este carácter erudito le aleja de la etiqueta de artesano del séptimo arte algo que asumieron como inevitable muchos cineastas de su generación.

La capacidad de improvisación de Ford era proverbial y entre tanto caudal creativo se propiciaron hallazgos esenciales del lenguaje cinematográfico, muchos de ellos insertados segundos antes del rodaje de la toma, a modo de ejemplo sirva el Zoom utilizado como sustituto de un falso travelling (efecto que le encanta a Spielberg) o largas tomas sin cortes tan habituales hoy en día.


Truffaut hablaba de Ford también como el máximo exponente de la puesta en escena invisible, queriendo expresar su admiración ante un realizador que movía lo menos posible la cámara y que, de hacerlo, solo era para acompañar a un personaje, en definitiva planos casi estáticos filmados a la distancia más adecuada a la acción que, a fin de cuentas era lo más importante para este gran director.

Otro gallo cantaba si hablamos de su relación con la naturaleza, a la que cede todo el protagonismo y la brillantez; espectaculares tomas en exteriores que dejaban bien a las claras la pequeñez del hombre frente a los grandes espacios, de ahí le viene la rotundidad de los contrastes focales entre unos primeros planos indagadores y unos excelsos planos generales que cedían dos tercios del encuadre a un cielo que soporta todos los vaivenes de la acción.

El prototipo de personaje de un film de Ford (era un enamorado de los secundarios) nos habla de un hombre más bruto que un arado, es duro, reservado y se distancia (aparentemente) de las emociones, aunque esto es solo una pose pues toda esta parafernalia siempre esconde el corazón de un sentimental irredento, ni más ni menos que el reflejo de este gran norteamericano de sangre irlandesa.

Aunque el héroe fordinano se rinde ante el poder de la naturaleza engrandece sus miras a la hora de imponer su criterio mostrando un orgullo y una capacidad de lucha que rayan en lo obsesivo, esto se puede aplicar a los grandes ideales y también para la venganza o la violencia desatada.

Ejemplos claros de las preferencias de John Ford son grandes actores como Wayne o Henry Fonda, y por supuesto los inmortales secundarios Ward Bond o Walter Brenan que, aunque era más sutil que Bond, no tenía la enorme presencia física de este inolvidable actor.

La heroína de Ford era valiente, rebelde y luchadora pero al tiempo buena cristiana y profundamente hogareña, rasgos que no las hacia renunciar al romanticismo y a cierta carnalidad mostrada siempre con la socarronería que caracterizaba al director.

No me cabe duda de que la maravillosa Mauren O´Hara es el compendio de estas virtudes que buscaba afanosamente John Ford.

Capítulo aparte merece un sentido del humor nada soterrado que, entre irónico y tierno, vistió de humanidad hasta el último de sus films, demostrando un amor por sus personajes que jamás ha podido ser igualado en toda la historia del cine.

Ford, consciente de que era un genio de la imagen, cedió el apartado literario a los mejores guionistas de la época de entre los que destaco a Dudley Nichols (Ben Hecth no fue acreditado en “La diligencia”) que supo mimetizarse a la perfección con el universo personal del director, que no fue nunca hombre panfletario (ni siquiera en “Las uvas de la ira) y que más bien quiso mostrar la vida tal y como él la veía y sentía, algo que no siempre concordaba con el mundo real, pero que sin embargo nos ayudó a muchos a ser conscientes de su condición de gran poeta visual.


Por esta razón Ford no gustaba de bastones artificiosos y presentaba todos sus films con una sobriedad y contención serenamente calculada y entregada exclusivamente al modo en que se desenvuelven sus personajes (con sus actitudes y gestos) en la pantalla.

De hecho, con un par de planos, decía más que muchos otros realizadores que gustan de planificaciones más ornamentadas, hablo de esos innecesarios subrayados que tanto me molestan y que parecen que solo van dirigidos a mostrar el ego del autor y la debilidad mental del espectador.

La mejor muestra de esta maestría de Ford se da en una de las primeras escenas de “Centauros del desierto”, basta tan solo con una mirada frente a frente para ser conscientes de que Wayne ama profundamente a la mujer de su hermano, no se vuelve a hacer hincapié sobre esta relación en todo el film, pero no olvidas el impacto emocional y eso solo puede hacerlo un genio.

Aquí es donde radica el gran éxito de este director porque esa sencillez que le caracterizaba se traducía en profunda suavidad y momentos de íntima emoción, Ford hurgaba en lo cotidiano y en los pequeños detalles y con su mano maestra nos los devolvía revestidos de eternidad.

Por último el humanismo es la piedra angular del microcosmos fordiano, él utilizó valores universales del ser humano, desde la escala más baja hasta los valores más nobles, y al tiempo no le importó ser tildado de primitivo o de moralizante porque, con su mano maestra y su brutal sinceridad, hacia épica de todo ello alcanzando cotas sublimes que hacían olvidar cualquier resquicio de perjuicio.

John Ford realizó 126 películas, buena parte de ellas autenticas joyas del cine y un buen racimo selecto indiscutibles obras maestras; el estilo de este gran director es completamente reconocible y puede que sea uno de los cineastas más populares de todos los tiempos; sea como sea él logró la gran aspiración de cualquier artista: crear joyas inmortales del cine y que encima la gran mayoría fueran monumentales éxitos de taquilla, esto obliga a pensar que difícilmente vuelva a darse
un caso así en la historia del arte.

Cine·cine alternativo·cine experimental·cine underground·Directores de cine·Dog star man·Fotografía·Monthlight·Stan Backhage

Stan Brakhage, el cineasta que dirigió a la luz

Estoy convencido de que os va a sorprender la obra de Stan Brakhage que está a años luz de la mayoría de mis post de cine: siempre os he hablado de mi pasión por el Gore, pero hay otras disciplinas visuales que también me apasionan (recordar mi post sobre Chris Marker)

Este tipo de films abren un impresionante abanico temático (y sensorial) que puede llevarnos de lo extremo y desagradable (Begotten, 1991) a un incierto éxtasis, como es el caso de los films de Maya Deren; verdadera musa, y precursora, del cine alternativo.

Hoy me quiero acercar a la figura de Bakhage, un realizador norteamericano que rodó, a lo largo de su vida, más de 400 films en un intento febril de llevar a la práctica toda una filosofía visual que desarrolló también en innumerables libros.


Algunos conoceréis este dato: En 1964 este hombre decidió impregnar todo el celuloide de su película “Monthlight” con pequeños trozos de alas de mariposa y, también, de pétalos de rosa, el resultado de este experimento dio lugar a una fascinante e hipnótica obra que ha pasado a los anales de la historia por su capacidad de ensoñación.

Este cineasta continuó indagando, de modo vertiginoso, en miles de abstracciones que forjaron una obra arcana, compleja y, sobre todo, imposible de definir de forma lógica: se trata de un cine para ver con todos los sentidos despiertos, y con la mente lo más libre de perjuicios que nuestro ego nos pueda permitir.

Una de las características más innovadoras y originales de su obra es la de que, toda ella, fue realizada en un entorno cercano al director, circundándose a los ambientes y personas más cercanos a su director: en ese sentido podría llegar a tildarse su obra de diario de bitácora.

Obviamente, bajo este punto de partida, el autor encontraba un terreno abonado para plasmar sus obsesiones más intimas: explicar la existencia, utilizando para ello todo lo que el vivir lleva asociado de forma atávica: nacimiento, evolución, entorno y, por supuesto, la decadencia y finalmente la muerte.


Películas como “Dog star man” están impregnadas de una generosa dosis de elementos simbólicos y de una especie de filosofía que trasciende lo personal para romper las barreras entre las emociones y los sentidos ayudándose, para ello, de un juego de colores y texturas en los que reina la luz, verdadera generadora de vida y de creatividad.

Backhage era una especie de alquimista de la percepción y teorizaba sobre el impactante efecto de esta a la hora de definir la relación del individuo con su entorno y su poética visual abogaba, también, por una cosmovisión hipnagógica que acudía a nosotros justo en el duerme vela: una especie de vigilia en la frontera del sueño en la que el sentido de la vista se contradecía a si mismo, porque el único modo de ver exige –paradójicamente- tener los ojos cerrados.

En definitiva, toda su obra se puede definir en una de sus máximas. El ser humano solo puede reconocer, y reconocerse, con el apoyo de los sentidos; lo que relega a un plano secundario a la mente; esto propicia las infinitas interpretaciones sobre la existencia: porque hay tantas como seres vivos.

Bakhage falleció en 2003 poco después de rodas “Chinese series”.

Actores·Actrices·Charlotte Gainsburg·Charlotte Rampling·Cine·Cine europeo·crítica·Directores de cine·Estreno·John Hurt

Melancholia, crítica de la mejor película de 2011

Mi primera tentación a la hora de afrontar la crítica de “Melancholia” fue la de reflejar que le sobran 20 minutos del anodino tramo inicial de la boda; pero he cambiado de opinión, porque sin esa incursión en lo cotidiano, una especie de cabo que nos une a los convencionalismos sociales (contradictorios y mórbidos, en este caso) y sin la atmosfera asfixiante, o el impulso transgresor, la amargura que desborda cada fotograma hubiera resultado insoportable y el espíritu del film irrecuperablemente caótico.

Las emociones que reinventa Trier son más tangibles que las propias del espectador, a fin de cuentas todos estamos sumidos en un inmenso sopor que nos adormece los sentidos, en este sentido “Melancholia” podría suponer un nuevo despertar o, en su defecto, una llamada de atención.

Para ilustrar de un modo un poco mas gráfico estas afirmaciones me acercaré a cuatro personajes secundarios del film cuyos roles no son subtramas en sí, sino meras pinceladas caricaturescas que necesita Trier para componer el cuadro escénico: John Hurt, es un padre “un tanto especial” que resulta patético en su función como el típico payaso que todos hemos conocido en cualquier boda, sus bromas crueles al camarero son realmente molestas, provocan rechazo (esto se le da como dios al bueno del danés), pero esta sensación se queda corta cuando somos conscientes de su gran hipocresía, al vestir de falsa calidez el gran desapego emocional que siente por su hija.

Otro tanto podemos decir de la madre, interpretada por la mítica Charlotte Rampling que es, con mucho, el personaje más sincero (y mejor perfilado) del film aunque esta misma cualidad le hace al tiempo odiosa y repulsiva; a su vez Stellard Skarsgard, el jefe de Justine, es uno de los personajes que más estupor me ha provocado y, en este caso, le he agradecido a Trier su faceta de gran Tahúr porque nos la mete doblada, nos hace creer una cosa y un poco más tarde nos regala uno de los mejores giros dramáticos de la primera parte del film (os impresionará del mismo modo si estáis atentos)

Y por último el gran Udo Kier, un viejo colaborador de Trier, que borda un papel muy breve en el que intentará hasta el último momento que su prestigio como maestro de ceremonias no resulte dañado ante tamaño desconcierto; un dislate de boda en el que la milimétrica planificación que ha diseñado es solo una hoja de ruta sobre las reglas que hay que saltarse; Kier, actor de impresionante presencia física, logra captar la atención del espectador cuando en plena “pataleta educada” le hace por tres veces un inquietante gesto a Justine que nos deja totalmente pillados, algo así como decir: ¿porqué hace esto?…, es de locos.

Cabe decir dos cosas de entrada: “Melancholiaes una colosal obra maestra y, además, la mejor película de catástrofes que jamás se haya realizado.

Es imposible no rendirse a la fascinación que producen las imágenes de Trier, sus cualidades hipnóticas están más agudizadas que jamás en toda su obra, literalmente te grapa a la pantalla, este director danés es un tramposo y, en esta ocasión (libre ya de su exasperante pedantería) nos vacila con referencias a “El ángel exterminador” (Buñuel, 1962) o “La regla del juego(Renoir, 1939).

Lógicamente, este director tan inteligente jamás se mostraría tan obvio, zafio y previsible, por eso si en “El ángel exterminador” la barrera emocional es interna y circunspecta, en “Melancolía” es tan inmensa como el universo y el desasosegante puente que no puede atravesar Justine con su caballo no es, ni más ni menos, que el reflejo holográfico de los que ha quemado anteriormente el director con la lógica y la cordura.

Por otra parte pervierte el espíritu de “La regla del juego” (avinagrándolo) pero se queda con la idea de cine fronterizo, con todo lo que esto conlleva de ruptura; “La regla del juego” se presentaba también a modo de farsa, una especie de Decamerón, pero sin que se haya destacado aun la peste; de hecho el film de Renoir fue terminado en 1939, unas semanas antes del comienzo de la segunda guerra mundial.

Pero en 2011 Trier intensifica aun más la urgencia vital de todos sus personajes, que parece acompasada al sonido de las trompetas del apocalipsis (hasta en el paradójico caso del mayordomo, ya veréis porque lo digo); la mayoría de los protagonistas nunca están donde deben de estar y el juego de puertas abiertas y cerradas (como en el caso de Renoir) forma parte, por derecho propio, de la banda sonora del film.

La protagonista del film, Justine (esplendida Kirsten Dunst) es un engarce roto del engranado social, pero en esta ocasión Trier no carga las tintas contra esa misma sociedad, ni siquiera vuelca su ira, tampoco, contra el entramado burgués, es como si se sintiera hastiado, no hubiera tenido fuerzas o, simplemente creyera que ya está todo perdido y nada tiene sentido.

Paradójicamente en “Melancholia”, la depresión no es un elemento más de la trama (como lo era en la terrible “Anticristo”) ni siquiera aborda esta enfermedad como un McGuffin; es mucho más: la depresión es la protagonista total y la reina madre y razón de ser de toda la película: Justine, es la depresión y también lo es la cámara, por supuesto también lo es Trier y, como resultado del contagio, se transmuta, por fin, en psiquis común de todos los espectadores.

Vale que hay que haber estado deprimido, al menos una vez en las vida, para entender la senda iniciática del film: enmarcada en un alfa y en un omega; pero no se hace ingrediente esencial para comprender la desidia de Justine, o su agónico cansancio en la escena del baño y mucho menos para identificarse con la indiferencia, casi esquizofrénica, que se va apoderando gradualmente de todos los personajes.

 

Cuando ves el prologo de “Melancholia” piensas que a Trier le va a ocurrir lo mismo que en “Anticristo”, pero de eso nada, en “Melancholia” el clímax final, que iguala los (que se habían erigido en insuperables) 10 minutos iniciales, es casi imposible de olvidar, se pega en el alma, es fantástico, de verdad.

Pero hay otro miniclimax en la película que, ya desde el momento del “corten”, se ha constituido en una de las secuencias mas bellas de la historia del cine y lo será así para toda la eternidad: la breve visión de Kirsten Dunst, tendida sobre la orilla del un rio, me ha producido un estremecimiento brutal y es en el único momento de la película en el que la emoción se convierte en lagrimas, pero no lagrimas de tristeza, identificación o ni siquiera producidas por la trama es, ni más ni menos, que un tributo a la belleza en sí, a la emoción pura.

Leí en una crónica (a su paso por Cannes) que dios, o cualquier atisbo de lo transcendente, está completamente ausente de “Melancholia” pero yo creo que eso no es así, porque en las últimas frases de Justine subyace una clave eterna: la regla de oro de la vida, lógicamente no lo contaré, tendréis que ver la película para comprenderlo y sacar vuestras propias conclusiones:

Entre las muchas cosas maravillosas que tiene “Melancholia” están las salidas al exterior, una especie de droga para el espectador también, lo digo porque estamos tan deseosos de hacerlo, o más, que la protagonista; Trier, a esas alturas, nos ha hipnotizado de tal manera que solo ansiamos mirar hacia el cielo y perdernos en él.

Pero aquí es donde Trier nos la vuelve a jugar por enésima vez: casi todos los planos en los que aparece el planeta Melancolía (hay algunos bellísimos) dan la sensación de que se presentan recortados, o mostrados en un marco, de hecho el firmamento del danés supone la antítesis de los inmensos cielos abiertos del primer Spielberg.

Es como si Trier no nos permitiera pensar en otra cosa que no sea el cuerpo y la esencia de la trama (un conceptismo apabullante y extremo) , solo nos deja el espacio justo para ver, de forma aturdida y claustrofóbica, lo que él quiere que veamos; de hecho las escenas del telescopio son antológicas.

Kieffer Sutherland (está maravilloso, ha sido un acierto, me alegro por él, es un gran actor), Charlotte Gainsburg y John Hurt son los únicos seres humanos reales de la película; me ha quedado esa impresión y no tengo manera de quitarla de la cabeza; no es que piense que los demás personajes sean clichés, se trata sencillamente de que este trío está menos atormentado (Gainsburg tiene, como su hermana Justine, una personalidad limite pero Sutherland atempera sus carencias y debilidades gracias a su convincente positivismo)

De lo que sí que no me queda ninguna duda es que estamos ante uno de los mejores repartos que he visto en una película desde hace muchos años, casi décadas. (Ojo con los Oscar, que igual la lía el danés)

Por último, No quiero dejarme en el tintero uno de los mejores aciertos de Trier al mostrar, en el tramo final, a una Justine cada vez más equilibrada (al tiempo de que todo a su alrededor se desmorona); es muy común en las personas con depresión actuar de esta forma tan contradictoria: están tan acostumbradas a sufrir que, en cierto modo, están entrenados para ello.

En fin, amigos míos, cuánto más pienso en esta película más me convenzo que es una de las mejores que he visto en toda mi vida y he visto unas cuantas, creedme.

Obra maestra sin paliativos, un diez rotundo.

This work is licensed under a Creative Commons Attribution Non-commercial No Derivatives license.
Directores de cine·El Abuelo·Historia del cine·Jose Luis Garci·La Herida Luminosa·los Goya·Oscar·Oscar de 1982·Sangre de Mayo·Volver a Empezar

Jose Luis Garci, director de cine

En la edición de 2008 de los GoyaSangre de mayo”, de José Luis Garci, estaba nominada en siete categorías y se fue de vacío (ni siquiera Parrondo pilló cacho); el caso de Garci es un ejemplo claro del amiguismo reinante en la academia, y me atrevo a comparar su evidente marginación con el duro castigo impuesto (menos Alex de la iglesia que se los pasó a todos por el forro de…) a Pedro Almodóvar.

No me atrevería a decir que Garci se lo ha buscado, pero está claro que el tema de los premios Goya se la trae al fresco desde hace años; él ya se ha marcado un ritmo y un rumbo contradictorio a modo de travesía por el desierto y no exento de aparente prepotencia.

La mayoría de los Films de Garci han bordeado el calificativo de pequeñas obras maestras, pero su empeño personal en navegar al margen de modas temáticas le han llevado a un peligroso camino que, para ser sincero, solo nos interesa a sus muchos incondicionales.

Jose Luis Garci es esclavo de su cinefilia, este hecho le produce una serie de escrúpulos que han encorsetado irremediablemente toda su obra, nunca he dudado en comparar su caso con el de Peter Bogdanovich (¿Qué me pasa doctor?), el mejor biógrafo de John Ford y cinéfilo de Pro, de hecho creo que uno de los dos ha asumido un mimetismo tal que les ha llevado a vivir existencias paralelas (probablemente Garci, porque el norteamericano es un borde)

Francois Truffaut admiraba a Cocteau pero no le tembló el pulso al afirmar que probablemente en su mente anidaba el pensamiento de que “el artista más mediocre vale más que el mejor espectador” y hasta los que admiramos a Garci (no me refiero a sus primeras películas) nos hemos dado cuenta de que quizá este gran director piensa algo parecido.

Cuando se habla del Oscar de 1982 por “Volver a Empezar” hay un cierto deje condescendiente e incluso, a veces, de evidente menosprecio a esta gran película; como nos está pasando en otras áreas de la vida a los españoles se nos olvida muy pronto de dónde venimos y quienes fuimos; este madrileño consiguió, a base de amor al cine, y buen hacer, algo que en aquella época era muy difícil, pero mucho, creedme.

Garci dinamitó una puerta que estaba cerrada a cal y canto para nuestra maltratada industria nacional; se menciona con superior orgullo, y como más digna de prestigio, a “Belle Epoque” (1992), espero que no le moleste a Trueba (aunque no creo que lea esto) pero él no hubiera sido jamás el primer director español en ganar un Oscar (no he incluido voluntariamente a Buñuel) en caso de que José Luis Garci no hubiera sido premiado primero, no porque el film careciera de méritos cinematográficos (de hecho le incluí en mi artículo: “Diez obras maestras del cine español”) sino porque habría que haber esperado un poco más.

Con “Volver a Empezar este personalísimo realizador puso tanto empeño en hacer una película al gusto del público norteamericano que se olvidó de la espontaneidad de sus primeras (y maravillosas películas) para, a base de escuadra y cartabón, igualar la puesta en escena de grandes mitos como leo MacCarey o Howard Hawks.

Este regusto preciosista en la composición, casi pictórica, de sus películas le salió bien en “Volver a Empezar”, pues con ayuda de míticas interpretaciones, y un guión francamente conmovedor, consiguió burlar la frialdad formal que ha sido una tónica constante en el resto de su cine.

Sé que lo podréis tomar a risa pero si Garci realmente está empeñado en hacer un cine especial y distinto ¿Por qué nunca se ha decidido por el western que tanto ama?, no hay un director en el cine europeo, y quizá en el mundial (a excepción de Clint Eastwood), que esté más preparado, y legitimado, que él para realizar una obra maestra en este mítico genero.

José Luis Garci es uno de mis fijos, lo es pese a todo esto que os estoy diciendo, porque no me cabe la menor duda de que es un gran maestro y por eso me parece triste que tenga que afirmar que “Sangre de Mayo” es solo una buena película cuando a Garci le sobran cualidades para realizar una obra maestra.

¿Qué es lo que nos deja fríos de su cine?: su contención, me parece que no es consciente de que, los que conocemos su obra, sabemos de sobra que en el fondo de su corazón le hubiera gustado hacer una película desaforada al estilo de aquellas grandes producciones de Cesáreo González; yo no le conozco personalmente, pero no me resultaría muy extraño que algún día este gran conversador reconociera que, cerrando los ojos, durante la gestación de este film le venían al recuerdo imágenes de “Agustina de Aragón”.

Yo quiero mucho a este hombre, he aprendido de el casi todo lo que sé de cine clásico, y no hablo de ahora, tanto sus escritos como sus apariciones televisivas, han sido imprescindibles para mi memoria fílmica y sentimental a lo largo de mi vida, por eso me da mucha rabia, también, que se le adjudiquen etiquetas totalmente injustas, que además provienen de absolutos indocumentados que en la mayoría de los casos critican por el simple hecho de criticar.

Me hace gracia que le llamen chaquetero en la política, algunos han oído campanas y solo les puede disculpar, quizá, su juventud; en “Asignatura Pendiente” (a mi gusto junto a “El Abuelo” la mejor película de Garci) el protagonista es un comprometido abogado laboralista y, en un curioso y equivocado enredo mental, quedó en el inconsciente que José Luis era un director de izquierdas.

Si algo identifica a este director es su cabezonería, no se baja del burro, sobre todo en cuestiones relacionadas con su idealizada noción del pasado y ahora, que se va haciendo mayor, mucho menos todavía; os va a hacer gracia pero estoy casi totalmente convencido de que Garci sigue siendo de la UCD por sentimentalismo, yo creo que nunca ha negado su afinidad con el concepto político de Adolfo Suárez.

Ahora resulta que Esperanza Aguirre, a la sazón presidenta de la comunidad de Madrid, le realiza el encargo de hacer una película que recordara el heroico levantamiento de los madrileños contra la invasión francesa, por parte de las tropas napoleónicas, y todo el mundo se rasgó las vestiduras como si el encargo hubiera venido de manos del mismísimo Mussolini y el título del film fuera “La Corona de Hierro”.

Hasta donde me llega el entendimiento, (y ni comparto, ni dejo de compartir, las tendencias políticas de esta señora) la presidenta de Madrid es una mujer de reconocida solvencia democrática, creo que esto nadie lo pondrá en duda, y llegó a su cargo tras las elecciones libres de un país que tiene a gala contar con uno de los sistemas electorales más diáfanos del planeta.

Por otra parte: si lo que atacan es el uso de dinero público para financiar el cine estarían tirándose piedras a su propio tejado, por razones que todos conocemos y no quiero recordar.

Me he liado un poco con Garci (solo quería hacer un articulo breve, a modo de bisagra, entre las películas de miedo) por eso quiero terminar rápidamente con una propuesta para este cineasta que tanto admiro; yo le animaría a que ruede una película “Dogma”, cuyo guión quepa en una servilleta de papel y sin más recursos técnicos que una mini DV y el Pinnacle; sé que es triste que lo diga pero Garci está, paradójicamente, prisionero de lo que más ama: el cine y quizá necesite desintoxicarse un poco de él para “volver a empezar

This work is licensed under a Creative Commons Attribution Non-commercial No Derivatives license.
Barrio sésamo·Brian Froud·Cine·Cine fantástico y de terror·Cine ochentero·Cristal oscuro·David Odell·Directores de cine·Gary kurtz·Historia del cine·http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post·Jim

Cristal oscuro, obra maestra de Jim Henson

Hace unos días Google dedicó un Doodle precioso dedicado al inolvidable Jim Henson con motivo del que hubiera sido su 75 cumpleaños si una maldita enfermedad no nos lo hubiera arrebatado demasiado pronto.

James Mauri Henson nació en Greenville (Missisippi) el 24 de septiembre de 1936 y, ya desde niño, mostró una pasión irrefrenable por algunos de los personajes del inmortal cuento de Lewis Carroll “Alicia en el país de las maravillas” por ello jamás ocultó que gran parte de su obra se vio influenciada por el gran amor que le procesaba a esta obra maestra.

Henson dio pronto muestras de su genio en dos cortometrajes de su autoría: “Time Piece” (1965), un film experimental que fue nominado para los Oscar y “The paperwork explosión” (1967), amén de su participación en la mítica serie con tintes sicodélicos “NBC experiment televisión”.

Pero fue en 1968 cuando dio el primer paso para que su nombre entrara con letras de oro en el imaginario visual de millones de niños de todo el planeta, yo mismo disfruté “Abrete sésamo” y más tarde llegó “Barrio sésamo” (dos traducciones en España de “Sesame street”), aunque confieso que lo que realmente me apasionaba eran “Los teleñecos” y de entre todos ellos la rana Gustavo.

Antes de rodar en 1982 “Cristal oscuro” Henson ya llegaba fogueado por los trabajos anteriormente citados y también por una versión para la pantalla grande de “The muppet shows”, largometraje que firmó en 1981.

En 1977 este gran hombre ya tenía en mente el argumento de “Cristal oscuro” pero no le encargó la confección del guión a David Odell hasta que no tuvo diseñados los personajes y el ambiente en el que estos se desenvolvían, labor que fue respaldada por el extraordinario trabajo del ilustrador Brian Froud que se encargó de los primeros bocetos.

Pero no fue hasta el año 1979 cuando todo el equipo se trasladó a los míticos estudios de Elstree en Inglaterra, donde pensaban rodas las escenas de interior, los exteriores en cambio se rodaron en los mágicos parajes de Escocia.

Allá en Inglaterra Frank Oz, uno de los miembros del equipo de Henson (que a la sazón se convertiría en codirector de “Cristal oscuro”), se hallaba enfrascado en pleno rodaje de la mítica película “El imperio contraataca” (a mi gusto la mejor de la saga) donde se encargaba de todo lo contendiente al personaje de Yoda, al que incluso le doblaba la voz.

En una de las muchas visitas al set de rodaje Henson tuvo la gran suerte de tropezarse con Gary kurtz, uno de los productores asociados de la mítica saga galáctica e intimo amigo de George Lucas, el avispado productor se interesó en seguida por el proyecto y se puso en marcha para conseguir los 15 millones de dólares en los que estaba presupuestado “Cristal oscuro”.

En aquel momento Kurtz aun no era consciente del gran negocio que tenía entre manos porque, tras el estreno, los datos los datos llegaron avalados por un espectacular resultado de taquilla, solo en USA se recaudó una cifra cercana a los 50 millones de dólares y los réditos en el resto del mundo no le fueron a la zaga y a todo esto hay que sumar los 23 millones posteriores en concepto de ingresos de video, de hecho aun hoy, 30 años después, sigue reportando beneficios gracias a diversas reediciones.

Sobre los aspectos técnicos de este maravilloso hito de la historia del cine no voy a detenerme en exceso, creo que en cuanto disfrutéis de esta maravillosa película seréis conscientes de la ardua labor realizada para lograr que un largometraje de acción real sin personajes humanos llegue a buen puerto, sobre todo si tenemos en cuenta que no se utilizaron Animatronics ni, por supuesto, las ayudas digitales que de las que dispone el departamento de efectos especiales de cualquier producción fantástica actual.

Como se suele decir esta inmortal obra maestra se hizo “a puro huevo”, nacida del profundo convencimiento del director de que sus sueños se podían hacer realidad.

No hay que dejarse llevar por las apariencias: “Cristal oscuro” no es una fabula infantil, aunque adopte las hechuras clásicas de los cuentos infantiles, (con narrador incluido), pero cualquier persona con un poco de corazón, que tenga más de doce años, encontrará en el film un asidero para fortalecer la imaginación e incluso un excelente material para meditar como afrontar una nueva vía de superación personal.

No hay nada de azúcar en la película y ni mucho menos el menor atisbo de ingenuidad por parte de los personajes, de hecho el épico final nos presenta una especie de osmosis catártica que cierra el círculo de la historia pero nos deja una paradójica sensación de tristeza e indefensión (no entraré en detalles, pero es algo similar a que te ofrezcan algo que sabes que es mejor para ti pero que, sin embargo, no lo has elegido tú y esa soterrada imposición te superara)

El mayor mérito de “Cristal oscuro” reside en su capacidad para involucrarnos de forma consciente en la magia de la trama y es así porque Henson trata de lo fantástico del mismo modo que retrataría la realidad más árida lo que produce que toda la fantasía que inunda la pantalla se asuma con total naturalidad.

Si en “Puente hacia Terabithia” encontrábamos un marcado proselitismo cristiano y en “El señor de los anillos” el trazo es más humanista, “Cristal oscuro” se sitúa en un equilibrado término medio, o mas bien en un mesianismo a la inversa porque de la ruptura del tempo no sobreviene algo nuevo sino un giro hacia un pasado que borra de golpe los errores de las torpes generaciones que llegaron tras él.

Es muy interesante también comprobar cómo el notable maniqueísmo que parece destilar el film es solamente una pose porque la maldad, y la bondad, absolutas son dos polos de un único centro en el que nada es exclusivamente blanco o totalmente negro sino más bien un batiburrillo de los infinitos grises que admite el día a día de cualquier ser vivo del planeta.

Cada plano, y cada encuadre, lleva asociado una sorpresa en el espectador, todo está vivo y en continuo movimiento en la película, aunque a muchos de vosotros os pueda sorprender la relativa lentitud de los personajes en comparación con el frenético ritmo que inyectan los efectos digitales al cine actual pero este para mí es uno más de los encantos de cristal oscuro.

Si tuviera que escoger entre lo que más me gusta de esta joya del cine me quedaría con los ojos de Kira (la Gelfling protagonista) y por supuesto con la escena en la que ésta le ofrece su mano a Jed (el Gelfling elegido) y, producto del roce de su piel, se trasmiten mutuamente los recuerdos, un instante de poesía pura propiciado por el inteligente uso de la elipsis por parte del director cuyo respeto por el espectador está a años luz de los dictados de un cine actual que sostiene que el público es débil mental y hay que dárselo todo digerido, utilizando para ello un continuo bombardeo de subrayados completamente injustificados e innecesarios.

Ya en los últimos minutos del film algunos de los personajes se difuminan un poco, casi al modo de las sombras chinescas, y podría suponerse que esto es una especie de vehículo del que se vale Jim Henson para devolvernos de forma paulatina a la realidad, de hecho la brusca fanfarria final hace las funciones de ese malvado despertador del lunes que todos odiamos porque nos devuelve a la cruda realidad.

Termino ya, queridos amigos, pero antes quiero deciros que si no habéis visto este film os envidio sanamente porque es una hermosa experiencia, os animo a buscarle entre las estanterías de cualquier video club, estoy seguro de que me lo vais agradecer, es una película preciosa de verdad.

Jim Henson viajó hacia el cielo, parcialmente diseñado ya por él en la tierra, el 16 de mayo de 1990 a la temprana edad de 53 años; las razones que le dio el creador fueron ,entre otras, que hay muchos niños pequeños en el cielo a los que entretener también.

This work is licensed under a Creative Commons Attribution Non-commercial No Derivatives license.

Actores·Actrices·Ceremonia de los Oscar·Cine·Cine clásico·cronología de los Oscar·Directores de cine·Gigante·Historia de los Oscar·Hollywood·http://schemas.google.com/blogger/2008/kind#post·Humphrey Bogart

24 Ceremonia de los Oscar de Hollywood (1952)

El jueves 20 de marzo de 1952 se produjo en el teatro de la RKO una sorpresa por partida doble, ninguno de los asistentes apostaba esa noche porque la Metro Goldwin Mayer se llevara el Oscar a sus vitrinas gracias a “Un Americano en París” y los pocos que sí albergaban esta esperanza formaban parte de la gran mayoría absoluta de los que ya veían al fornido Marlon Brando alzarse con su estatuilla.

Vayamos por partes, “Un tranvía llamado deseo”, de Elia Kazan gozaba de los parabienes del circulo intelectual (elitista) de Hollywood, mientras “La reina de África” era la apuesta de la industria mas tradicionalista y convencional.

Con lo que no contaba nadie era con que ese año en concreto la Metro había colado entre las filas de los académicos con derecho a voto figuras muy relevantes del estudio; esto, que fue comidilla y objeto de críticas no ha impedido jamás (por supuesto) que este gran musical haya sido considerado con el tiempo una de las grandes joyas del séptimo arte.

Arthur Freed, a la sazón, productor de musicales de la Metro se había quedado prendado con el buen hacer de Gene Kelly en las tablas de Broadway y le había dado su primera oportunidad en el film “Mi chica y yo” (Bubsy Berkeley, 1942) junto a la rutilante Judy Garland.

Kelly supo sacar buen partido de este espaldarazo y pronto se instituyo como una opción más “humana”, cercana, juvenil (y sobre todo física) que enfrentar a la elegancia y maestría, un tanto distante, del maestro de maestros Fred Astaire.

“Un Americano en París”, que también le supuso el Irving Thalberg al productor Arthur Freed, se había concebido en un primer momento en un vehículo de lucimiento para Kelly que se iba a ver respaldado por las maravillosas canciones de George Gershwin, pero la sensible mano de su director Vincente Minelli y un guion más cuidado que la media de estas producciones firmado por Alan Jay Lerner, se sumaron a la brillante idea de regalar 18 minutos del film al libre albedrio de Gene Kelly, lo que dio como resultado uno de los musicales más estimulantes de la historia del cine.

En un articulo anterior me extendí generosamente en otro gran film de Gene Kelly (esta vez firmado en 1952 junto a Stanley Donen) “Cantando bajo la lluvia”, he de reconocer que me cuesta mucho hacer esta afirmación, pero a excepción de un par de secuencias memorables, la película de Minelli siempre me ha resultado más redonda.

Cabe recordar que esos maravillosos 18 minutos coreografiados por Gene Kelly se convirtieron en un orgiástico festival de luz y color inspirados en la pintura francesa que se ha quedado grabado en la retina de millones de espectadores a lo largo de varias generaciones.

Si George Stevens, no hubiera sido tan extremadamente maniático y puntilloso hoy día estaría a la altura de Ford o de Hawks, pero aun así dejó para la posteridad obras monumentales como “Raíces profundas”, el Western más querido y recordado de todos los tiempos, “Un lugar en el sol”, el film que nos ocupa y que le supuso un Oscar este año y sobre todo “Gigante”, una película no del todo suficientemente valorada que está a la altura de las mayores epopeyas del cine.

Stevens representa lo mejor de la vieja guardia de Hollywood, era un gran artesano que tenía una mano maestra para despertar emociones por medio de detalles en apariencia insignificantes y sobre todo aleteaba en su interior un excelente psicólogo dotado de una inteligente mano izquierda para tratar con las estrellas, hecho que propiciaba que extrajera siempre de sus actores las mejores interpretaciones de sus carreras.

Este director californiano, que había nacido en 1904, fue nominado en cinco ocasiones a lo largo de su vida, resultando premiado en dos de ellas, las ya citadas “Un lugar en el sol” y “Gigante” (1954)

Tras “El diario de Anna Frank” en 1959 su carrera entraría en un progresivo declive, motivado en parte por la falta de paciencia de los nuevos capitostes del cine que no soportaban los interminables rodajes de Stevens, de hecho solo realizaría dos películas más “La historia más grande jamás contada” (1965), narración bíblica lastrada por un film similar de Nicholas Ray y “El único juego de la ciudad” (1970) cinta que pasó sin pena ni gloria y que puso punto y final a su carrera.

Stevens falleció el 8 de marzo de 1975 en California.

“Un lugar en el sol” estaba protagonizada por Montgomery Clift y la bellísima Elisabeth Taylor, que a su vez fueron respaldados por una sensacional Shelley Winters que brilló a pesar de lo grisáceo de su personaje.

El film narra el drama de un pobre infeliz al que se le da la una oportunidad laboral y responde a esa confianza cometiendo el error y la deslealtad de dejar embarazada a una compañera de trabajo a las primeras de cambio; poco después conoce a una hermosa y rica heredera que le puede dar la oportunidad de medrar en la vida por la ley del mínimo esfuerzo, pero para ello deberá superar el lastre que le supone el embarazo de su humilde compañera.

Os he hablado de sorpresas y ahora llega la segunda de la noche, en el año de “Casablanca” resultaba obvio que el personaje interpretado por Bogart era el gran valedor para alzarse con el triunfo pero en esta ocasión el mítico actor no lo tenía tan claro (y además no tendría ganas tampoco de llevarse otro disgusto) y menos aun teniendo en cuenta de que su contrincante era un joven actor recién salido del Actors Studio llamado Marlon Brando.

Brando se había llevado las mejores críticas pero al final venció la justicia poética y para pasmo de muchos pudimos ver a Humphrey Bogart sosteniendo entre sus manos la ansiada estatuilla.

Bogart, al que le gustaba mucho decir que nadie era famoso hasta que no sabían pronunciar su nombre en la india, había nacido en 1899 y las primeras décadas de su vida fueron un poco tumultuosas, por ello, por afán de aventuras o por huir del yugo familiar se alistó muy joven para participar en la Primera Guerra Mundial, contienda en la que resultó gravemente herido en la boca, hecho que paradójicamente le supuso el sello personal de su carrera pues el labio leporino que le dejó la cicatriz propició ese ceceo que tanto le caracterizó.

En los primeros años la Warner, compañía con la que había firmado contrato, vislumbraba en él a un excelente intérprete, pero los productores no sabían demasiado bien que trabajos encomendarle por lo que le relegaron a papeles secundarios, normalmente malvados, que le dieron cierta fama.

Se puede decir que la gran oportunidad de su vida se la dio Lesley Howard (a la sazón gran amigo de su paso por las tablas) cuando le seleccionó para interpretar a u convincente matón en “El bosque petrificado” (Archie Mayo, 1936), hecho que motivó al gran William Wyler para sumarle al reparto de “Calle sin salida”, pero fue en 1941 y de la mano de Raoul Walsh cuando le tocó interpretar a “Perro loco” en la inolvidable película “El último refugio”, hecho que le consagraría definitivamente como una gran estrella del celuloide.

Después llegarían títulos como “El halcón maltes” (1941), “Casablanca” (1942) y “Tener y no tener” (1944), películas en las que cimentaría su fama de hombre duro que esconde un gran y sensible corazón.

Tres obras maestras “Cayo largo”, “El tesoro de Sierra Madre” (ambas de 1948) y “La reina de África”, que fue su único Oscar, le colocaron en el Olimpo de los inmortales del cine pero parejo al declive del sistema de estudios llegaron también tiempos más grises para el devenir de la estrella.

Sus interpretaciones de 1955 en “La mano izquierda de Dios” (Edward Dmytryk) y “No somos ángeles” (Michael curtiz) desvelaron una cierta desgana por parte del actor y no ayudó mucho tampoco el patinazo que le supuso su papel en “El motín del Caine” (Dmytryk, 1954), película en la que se le fue la mano y resultó claramente sobreactuado, pero ya en 1956, pocos meses antes de su muerte y en pleno declive físico a causa de su enfermedad rodó el que quizá fuera su mejor papel, “Más dura será la caída”, una suerte de testamento cinematográfico en el que interpretaba a un periodista infiltrado en el oscuro mundo del boxeo.

Sobre el rodaje de “La reina de África” se han escrito decenas de libros y varias películas entre las que destacaría “Corazón blanco corazón negro” (Clint Eastwood, 1990) que está basada en el cuaderno de rodaje que escribió Peter Viertelguionista no acreditado del film.

Es un secreto a voces que a Huston le apetecía un safari por África y de paso hacer una obra maestra, por ello y animado porque ya coló su empeño de rodar en Méjico “El tesoro de Sierra Madre” (con excelente resultado artístico) se animó a probar suerte y de ese modo poder cazar leones a cuenta del estudio.

Visto desde la lejanía la presencia de la gran Katharine Hepburn en esta disparatada aventura parecería fruto de una broma pero con el tiempo se descubriría que el film propició uno de los mejores carteles protagonistas de la historia del cine.

Realmente el aparente antagonismo de Hepburn y Bogart no era tal, de hecho sus caracteres se complementaban bastante bien, la aparente fragilidad en las maneras de la actriz se veía compensada por la aparente rudeza de Bogart y a su vez el lado sensible y vulnerable del actor encontraba su contrapunto en la inagotable fuerza y el carisma de esa extraordinaria mujer que fue Katharine Hepburn.

Existen varias anécdotas respecto a este complicado rodaje (que fue durísimo, de hecho hubo que acabarlo en unos estudios londinenses), pero me voy a quedar con dos que están íntimamente relacionadas con el alcohol.

Solo Errol Flynn y John Barrymore podían tumbar, en lo que a la bebida se refiere, al par de borrachos vocacionales que fueron Huston y Bogart por eso el médico ni se molestó en auscultarles cuando todo el equipo técnico sufrió colitis al agua contaminada: ellos el agua ni la olían, solo bebían ginebra y whisky.

También es memorable (y real) la leyenda que afirma que la escena en la que la remilgada misionera, interpretada por Hepburn, arroja al río toda la bebida del rudo patrón harta de sus borracheras esta le fue dolorosamente inspirada (por la fuerza) a John Huston dado que la brava actriz aprovechó una antológica resaca para deshacerse de todo el alcohol que había en el set de rodaje.

Humphrey Bogart murió rodeado por el cariño de sus hijos y por el del gran amor de su vida Lauren Bacall el día 14 de enero de 1957 a la temprana edad de 57 años.

Vivien Leigh se encontraba en Londres interpretando la obra de Tenesse Williams “Un tranvía llamado deseo” cuando fue llamada urgentemente por Elia Kazan que acababa de ser desolado testigo de cómo el estudio repudiaba a Jessica Tandy para el papel de Blanche du Bois en la gran pantalla alegando que con su presencia haría huir al publico de los cines (así era esta gente a veces)

A la bella e inolvidable Escarlata de lo que el viento se llevo le vendría a la mente seguramente aquel 14 de diciembre de 1938 cuando acudió al set de producción de una película llamada “Lo que el viento se llevó” y que se encontraba en su cuarto día de rodaje, el resto es historia…

Fue un acierto, sin duda, la elección de esta actriz pues el contrapunto inglés que ella representaba impregnó su papel de una etérea emoción, no carente de fuerza, que congenió muy bien con los salvajes y novedosos métodos actorales de esa fuerza de la naturaleza que era Marlon brando.

De su papel, que no tenía nada que ver con el de “Lo que el viento se llevó” aunque ambos personajes eran sureños, se llego a decir que provocaba a partes iguales piedad y terror e incluso algunos diálogos como: “siempre he dependido de la amistad de extraños” o “no quiero la verdad, quiero la ilusión” son inimaginables en el cine saliendo de otros labios que no fueran los de la Leigh, una actriz que aun era joven y bella pero que no estaba envejeciendo demasiado bien.

Esta actriz británica, cuyo último papel en el cine se dio en 1965 al interpretar junto a Lee Marvin y Simone Signoret “El barco de los locos” (Stanley Kramer, 1965) amaba el teatro sobre todas las cosas por eso despreció el celuloide, que tantos éxitos le había dado, para centrase en su periplo por las tablas llegando a conseguir en Broadway el codiciado Tony gracias a la obra “Tovarich”, musical de 1963 en el que bordaba un personaje con desorden bipolar.

Desgraciadamente por esa época la gran actriz sufrió la recaída de una tuberculosis mal curada, que regreso de nuevo en forma de virulento brote acabando con su vida el 7 de julio de 1967 a la temprana edad de 53 años.

A pesar de que ella y su marido Lawrence Olivier se habían separado en 1960 el inmortal actor quedó destrozado por la noticia, llegando a abandonar su propia convalecencia en un hospital para estar a su lado, se comenta aun por los mentideros de Londres la emotiva reacción del actor que se encerró a solas con el cadáver dedicando toda la noche a disculparse entre lagrimas por todo lo que le había hecho sufrir.

Karl Malden es sin duda alguna uno de los rostros más reconocibles del cine, de hecho su peculiar rostro, su nariz de patata y su enorme humanidad se hicieron familiares para la memoria fílmica del espectador medio de todo el planeta.

No me voy a extender mucho sobre este secundario de lujo porque pronto volverá a parecer por mi blog, pero este merecidísimo Oscar lo consiguió interpretando de una manera primorosamente sensible a Mitch, amigo del personaje interpretado por Brando y que está profundamente enamorado de la inestable Blanche du Bois.

Otras grandes interpretaciones de Malden se dieron también en otros dos films de Kazan, estas fueron las del recordado sacerdote de “La ley del silencio” (1954) y un posesivo marido en “Baby doll” (1956), también son dignos de mención sus trabajos en el hermoso film de John Frankenheimer “El hombre de alcatraz” (1962) y en la sensacional cinta “El rey del juego”, interpretada por el inolvidable actor Steve McQueen y dirigida por Norman Jewinson.

Tampoco en el apartado de la mejor actriz secundaria tenemos que cambiar de película, dado que la famosa Stella que llamaba a gritos Marlon brando le supuso un Oscar a la excelente actriz Kim Hunter, que desgraciadamente no pudo saborear mucho las mieles del éxito, dado que se vio implicada en esa penosa lacra que fue la caza de brujas.

Para disfrutarla de nuevo en un papel importante hubo que esperar hasta 1968, año en el que participó en el recordado film de Franklin J. Schaffner, “El planeta de los simios”, aunque en esta ocasión lo hizo fuertemente caracterizada, dado que interpretaba a la famosa simia Kira, aquella que en una de las escenas del film llega a besar a un enorme Charlton Heston.

También en 1968 se la pudo ver en el extrañísimo e inusual film “El nadador” de Frank Perry, una retorcida alegoría del descenso a los infiernos que supone la pérdida de la juventud.

Ya para finalizar quiero destacar que fue llamada por Eastwood para un corto papel en “Medianoche en el jardín del bien y del mal” (1997), poco tiempo después, el 11 de septiembre de 2002, fallecía esta gran actriz.

¿Sabéis que es lo que dijo un perspicaz crítico el día del estreno de “Un tranvía llamado deseo”?

“Se trata de una desagradable muestra del peor y mal llamado realismo Norteamericano, no es más que basura”

No hay que hacer mucho caso a los críticos ¿verdad?