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Cine en Torrelavega, Blue Jasmine, 1 y 2 de febrero de 2014

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Normalmente consulto la IMDB  antes de comenzar un post de cine pero con Woody Allen este es un trámite innecesario, este autor supo empaparse del espíritu de Fellini y firmó una de esas joyas olvidadas que, sin embargo, están escritas con letras de oro en la historia del cine: hablo de “Stardust Memories”.

No conozco un solo cinéfilo de mi generación que no ame a este genio judío que, en su primera época, se erigió en sucesor de los más dignos cómicos del séptimo arte.

Tanto en “Toma el dinero y corre”, “Todo lo que quería saber sobre el sexo”, “Bananas” o “La última noche de Boris Grushenko” perfiló un personaje que, disfrazado de neurótico, practicaba un estilo de comedia disparatada en la que brillan unos diálogos mordaces y una perplejidad que se convertía en brillante vehículo para una complicidad con el espectador.

Pronto llegó “Annie Hall”, una rotunda obra maestra que mostraba una hermosa historia de amor bien condimentada con el grado justo de cinismo para resultar mucho más real de lo que jamás se había visto en la pantalla.

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Pero este gran director se ganó mi corazón cuando estrenó “Manhattan”, un gran fresco del cine universal rodado en fascinante blanco y negro que, probablemente, sea la más hermosa declaración de amor por una ciudad que jamás se haya filmado.

Son muchas las razones por las que amo a esta película pero si he de apostar por una me quedo con las únicas lagrimas que ha logrado arrancarme Allen en toda su extensa filmografía: ese gran final disfrazado de pequeña sonrisa que te deja una lección de amor, confianza y serenidad que se pega al corazón hasta horas después del fotograma final.

Allen tuvo también una etapa en la que se decantó por su amado maestro el inmortal director sueco Ingmar Bergman en películas como “Septiembre”, cinta reflexiva hasta el aturdimiento, pero que no desmerece en absoluto con aquella, su primera época.

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Allen es el director de Nueva York por antonomasia y de sus manos han salido obras como “Misterioso asesinato en Manhattan”, “Hanna y sus hermanas” o la maravillosa “Días de radio” por esta razón muchos nos sorprendimos que se decidiera a hacer las maletas y dirigiera sus pasos hacia Europa donde, eso es cierto, le veneramos; aunque nos produce extrañeza verle lejos del que es su entorno natural.

Por supuesto, sería un hipócrita si no lo dijera, prefiero un millón de veces al Woody Allen que conocí cuando comenzaba a amar el cine, de hecho hay una película de este periplo: “Scoop” que me parece indigna de este maestro al que, a pesar de este patinazo, le quedan aun todas las energías intactas para lograr que nos rindamos a su genio.

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La película que se estrena este film de semana en la casa de cultura de Torrelavega llega con el marchamo de un Woody Allen que regresa a las fuentes de la que manó lo mejor de su cine; “Blue Jasmine” ha recogido multitud de premios, siendo triunfadora en los Bafta ingleses y, sobre todo, nominada en tres categorías para la próxima edición de los Oscar:

Una Kate Blanchett más guapa, y mejor dirigida, que nunca, Sally Hawkins en un papel secundario y el propio Allen en su enésima nominación al mejor guión.

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Por todo esto, por una filmografía impresionante, por un talento indiscutible para la comedia y como homenaje a uno de los grandes del cine merece la pena pagar una entrada para ver esta película a la que le otorgo un diez por todos los maravillosos momentos que me ha hecho pasar este gran hombre.

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Tullio Pinelli, el guionista de Federico Fellini

Esta noche he vuelto a ver “L´Strada” de Federico Fellini y, como siempre, se ha renovado en mi interior la promesa de que siempre amaré el cine más que a la vida; he rebuscado entre mis viejos archivos y me he encontrado con este post que le dediqué a Tullio Pinelli, guionista del mejor Fellini, el día de su muerte: un ya lejano 7 de marzo de 2009.
Para todos los que amamos el cine, el día 7 de marzo de 2009 acabó una época dorada del cine italiano que, por ende, ha dejado huérfano de imaginación para siempre al cine europeo.
¿Qué puedo decir de Tullio Pinelli? Autor, entre otras maravillas, de la maravillosa escena en la que Cabíria sonríe con ternura a unos muchachos que se divierten mientras su corazón se rompe a pedazos, él era la mano derecha, la izquierda y el corazón del mejor Fellini.

La colaboración de ambos comenzó en 1950 con “Luces de variedades”, aunque en aquel film comparta la autoría del guion con Alberto Lattuada, le siguieron “El jeque blanco” (1951), “Los inútiles” (1953) y un episodio de “El amor en la ciudad”.
Pero la artillería pesada, las lágrimas secas, el amor incondicional al cine vino de la mano de “La strada”, un film más grande que la vida misma, que demostró a los cuatro vientos que Fellini no era un neorrealista mas (de hecho yo creo que no lo fue nunca, se trataba tan solo de economía de medios en su primera época), sino el mejor director de sentimientos e imágenes soñadoras de toda la historia del cine.

(Una de las diez mejores películas de todos los tiempos)

Esta película se ganó mi alma con una escena que lamentablemente no puedo destripar pero sí quiero que imaginéis a “Gersomina”, la pobre, dulce y confiada heroína de la película mientras espera en un solitario páramo, envuelta en una manta, la llegada de alguien o de algo que siempre le ha fallado en la vida; escribo y se me pone la piel de gallina imaginando el dolor que siente en su interior (aunque no lo demuestre) el gigante egoísta que es Campano al sentir la pérdida de lo único bello que le regaló la vida.

Jamás volverá a hacerse un cine así, ya no sabemos cómo eran esos sentimientos, todo lo vivimos al instante y el sufrimiento de la pobre gente nos es tan natural que ya nada nos asombra.


Tras “Almas sin conciencia” llegó “Las noches de Cabíria” y Giulietta Massina nos enamoró a todos con su interpretación de aquella prostituta tierna, dulce y espontanea, ella que era todo corazón, que lo daba todo a cambio de nada y, sin embargo, nadie lo sabía.
Yo siempre me identifiqué con este personaje, siempre me han gustado las personas que llevan, al igual que Cabiria, su luz medio apagadita, para que nadie la maltrate, porque en el fondo estamos rodeados de lobos que nos la quieren robar.

Si me lío con las dos obras maestras que fueron “La dolce vita” (1959) y sobre todo “8 y medio” no voy a terminar jamás el post por eso solo añadiré que la relación Fellini-Tullio Pinelli se interrumpió en 1965 tras “Giulietta de los espíritus”, existe la leyenda urbana de que “El viaje de G. Mastorna” (la película jamás realizada más famosa de todos los tiempos), el viejo sueño imposible de Fellini se interpuso entre ellos.
Pero la amistad, el más bello sentimiento humano, que no entiende de cosas “del mundo” hizo que Fellini le volviera a requerir, al final de su vida, para realizar juntos el que fuera su último y poético film “La voz de la luna” (1989)
Pinelli que acompañó a su querido maestro en la transición de un supuesto neorrealismo al expresionismo y la brillantez felliniana ha fallecido el 7 de marzo de 2009 a los cien años ¡Viva el cine! ¡Viva Fellini!

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John Ford, poeta

Mi amado Truffaut decía de John Ford que era un poeta que jamás hablaba de poesía, un romántico cascarrabias que eligió toda su vida ponerse un caparazón tan duro que solo dejó entrever su verdadero yo en contadas ocasiones y, sobre todo, en la pantalla de los cines donde nos regaló un ramillete de fotogramas que han quedado grabados para siempre en la memoria visual de toda la humanidad.

Sean Aloysius O´Fearna, que así se llamaba el maestro, nació para el mundo dos veces: la primera en un día indeterminado del año 1890 en la región irlandesa de Inisfree (que luego inmortalizaría en El hombre tranquilo”) y más tarde, en el registro civil estadounidense de la región de Cape Elisabeth, el 17 de febrero de 1895; de ahí viene la discrepancia sobre la edad que tenía el inmortal autor cuando le sobrevino la muerte el 31 de agosto de 1973.


Ford tuvo una juventud errante en lo que se refiere a la búsqueda de su verdadera vocación: cursó bellas artes en Portland y se planteó por aquellos días el sacerdocio, mas tarde trabajó en la industria peletera y también como publicista de una fabrica; pero en 1912 tropezó con su destino de manos de su hermano Francis (actor y director en el incipiente Hollywood) que le enchufó en la Universal como chico para todo, aunque pronto destacó como un excelente regidor.

Hubieron de pasar cinco años para que le llegara en 1917 la oportunidad de dirigir una serie de films protagonizados por Harry Carey, toda una figura en la época, lo que le dio ocasión para foguearse en la técnica. Ford fue durante toda su vida un autodidacta y no faltaban en sus modales rasgos característicos del indómito carácter irlandés: borracho profesional, huraño como pocos y, sobre todo, una cabezonería de dimensiones bíblicas que enseguida le valió para hacerse un sitio en aquella complicada aventura de los albores del cine como industria.

John Ford contrajo matrimonio en 1920 con Mary McBride, con la que convivió durante toda su vida y que, a buen seguro, debió de ser una santa para doblegar el imparable carisma de este gran hombre.

Sin lugar a dudas Ford está íntimamente ligado al género que ayudo a cimentar: el Western, pero también logró colar en casi todos sus films incisivas inquietudes sociales (siempre fue falsamente tachado de fascista cuando en realidad algunos de sus films de los años 30 coqueteaban indisimuladamente con los postulados de la izquierda), todo ello sin olvidar el sello épico que logró imprimir en sus películas que bebían claramente de muchos arquetipos de la mitología griega.

También fue pionero de un tipo de cine que detiene su lente en la psiquis de sus personajes acercándose de tal modo a su intimidad que esta parecía un elemento más de la cámara, todo ello sin renunciar a viejos clichés (en su tiempo no tanto) de reconocida solvencia: ferrocarril, indios, grandes praderas, rifles, la cantina, etc.

Este irlandés, sobrio de gestos, ayudó a escribir la teoría del cine, este carácter erudito le aleja de la etiqueta de artesano del séptimo arte algo que asumieron como inevitable muchos cineastas de su generación.

La capacidad de improvisación de Ford era proverbial y entre tanto caudal creativo se propiciaron hallazgos esenciales del lenguaje cinematográfico, muchos de ellos insertados segundos antes del rodaje de la toma, a modo de ejemplo sirva el Zoom utilizado como sustituto de un falso travelling (efecto que le encanta a Spielberg) o largas tomas sin cortes tan habituales hoy en día.


Truffaut hablaba de Ford también como el máximo exponente de la puesta en escena invisible, queriendo expresar su admiración ante un realizador que movía lo menos posible la cámara y que, de hacerlo, solo era para acompañar a un personaje, en definitiva planos casi estáticos filmados a la distancia más adecuada a la acción que, a fin de cuentas era lo más importante para este gran director.

Otro gallo cantaba si hablamos de su relación con la naturaleza, a la que cede todo el protagonismo y la brillantez; espectaculares tomas en exteriores que dejaban bien a las claras la pequeñez del hombre frente a los grandes espacios, de ahí le viene la rotundidad de los contrastes focales entre unos primeros planos indagadores y unos excelsos planos generales que cedían dos tercios del encuadre a un cielo que soporta todos los vaivenes de la acción.

El prototipo de personaje de un film de Ford (era un enamorado de los secundarios) nos habla de un hombre más bruto que un arado, es duro, reservado y se distancia (aparentemente) de las emociones, aunque esto es solo una pose pues toda esta parafernalia siempre esconde el corazón de un sentimental irredento, ni más ni menos que el reflejo de este gran norteamericano de sangre irlandesa.

Aunque el héroe fordinano se rinde ante el poder de la naturaleza engrandece sus miras a la hora de imponer su criterio mostrando un orgullo y una capacidad de lucha que rayan en lo obsesivo, esto se puede aplicar a los grandes ideales y también para la venganza o la violencia desatada.

Ejemplos claros de las preferencias de John Ford son grandes actores como Wayne o Henry Fonda, y por supuesto los inmortales secundarios Ward Bond o Walter Brenan que, aunque era más sutil que Bond, no tenía la enorme presencia física de este inolvidable actor.

La heroína de Ford era valiente, rebelde y luchadora pero al tiempo buena cristiana y profundamente hogareña, rasgos que no las hacia renunciar al romanticismo y a cierta carnalidad mostrada siempre con la socarronería que caracterizaba al director.

No me cabe duda de que la maravillosa Mauren O´Hara es el compendio de estas virtudes que buscaba afanosamente John Ford.

Capítulo aparte merece un sentido del humor nada soterrado que, entre irónico y tierno, vistió de humanidad hasta el último de sus films, demostrando un amor por sus personajes que jamás ha podido ser igualado en toda la historia del cine.

Ford, consciente de que era un genio de la imagen, cedió el apartado literario a los mejores guionistas de la época de entre los que destaco a Dudley Nichols (Ben Hecth no fue acreditado en “La diligencia”) que supo mimetizarse a la perfección con el universo personal del director, que no fue nunca hombre panfletario (ni siquiera en “Las uvas de la ira) y que más bien quiso mostrar la vida tal y como él la veía y sentía, algo que no siempre concordaba con el mundo real, pero que sin embargo nos ayudó a muchos a ser conscientes de su condición de gran poeta visual.


Por esta razón Ford no gustaba de bastones artificiosos y presentaba todos sus films con una sobriedad y contención serenamente calculada y entregada exclusivamente al modo en que se desenvuelven sus personajes (con sus actitudes y gestos) en la pantalla.

De hecho, con un par de planos, decía más que muchos otros realizadores que gustan de planificaciones más ornamentadas, hablo de esos innecesarios subrayados que tanto me molestan y que parecen que solo van dirigidos a mostrar el ego del autor y la debilidad mental del espectador.

La mejor muestra de esta maestría de Ford se da en una de las primeras escenas de “Centauros del desierto”, basta tan solo con una mirada frente a frente para ser conscientes de que Wayne ama profundamente a la mujer de su hermano, no se vuelve a hacer hincapié sobre esta relación en todo el film, pero no olvidas el impacto emocional y eso solo puede hacerlo un genio.

Aquí es donde radica el gran éxito de este director porque esa sencillez que le caracterizaba se traducía en profunda suavidad y momentos de íntima emoción, Ford hurgaba en lo cotidiano y en los pequeños detalles y con su mano maestra nos los devolvía revestidos de eternidad.

Por último el humanismo es la piedra angular del microcosmos fordiano, él utilizó valores universales del ser humano, desde la escala más baja hasta los valores más nobles, y al tiempo no le importó ser tildado de primitivo o de moralizante porque, con su mano maestra y su brutal sinceridad, hacia épica de todo ello alcanzando cotas sublimes que hacían olvidar cualquier resquicio de perjuicio.

John Ford realizó 126 películas, buena parte de ellas autenticas joyas del cine y un buen racimo selecto indiscutibles obras maestras; el estilo de este gran director es completamente reconocible y puede que sea uno de los cineastas más populares de todos los tiempos; sea como sea él logró la gran aspiración de cualquier artista: crear joyas inmortales del cine y que encima la gran mayoría fueran monumentales éxitos de taquilla, esto obliga a pensar que difícilmente vuelva a darse
un caso así en la historia del arte.

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24 Ceremonia de los Oscar de Hollywood (1952)

El jueves 20 de marzo de 1952 se produjo en el teatro de la RKO una sorpresa por partida doble, ninguno de los asistentes apostaba esa noche porque la Metro Goldwin Mayer se llevara el Oscar a sus vitrinas gracias a “Un Americano en París” y los pocos que sí albergaban esta esperanza formaban parte de la gran mayoría absoluta de los que ya veían al fornido Marlon Brando alzarse con su estatuilla.

Vayamos por partes, “Un tranvía llamado deseo”, de Elia Kazan gozaba de los parabienes del circulo intelectual (elitista) de Hollywood, mientras “La reina de África” era la apuesta de la industria mas tradicionalista y convencional.

Con lo que no contaba nadie era con que ese año en concreto la Metro había colado entre las filas de los académicos con derecho a voto figuras muy relevantes del estudio; esto, que fue comidilla y objeto de críticas no ha impedido jamás (por supuesto) que este gran musical haya sido considerado con el tiempo una de las grandes joyas del séptimo arte.

Arthur Freed, a la sazón, productor de musicales de la Metro se había quedado prendado con el buen hacer de Gene Kelly en las tablas de Broadway y le había dado su primera oportunidad en el film “Mi chica y yo” (Bubsy Berkeley, 1942) junto a la rutilante Judy Garland.

Kelly supo sacar buen partido de este espaldarazo y pronto se instituyo como una opción más “humana”, cercana, juvenil (y sobre todo física) que enfrentar a la elegancia y maestría, un tanto distante, del maestro de maestros Fred Astaire.

“Un Americano en París”, que también le supuso el Irving Thalberg al productor Arthur Freed, se había concebido en un primer momento en un vehículo de lucimiento para Kelly que se iba a ver respaldado por las maravillosas canciones de George Gershwin, pero la sensible mano de su director Vincente Minelli y un guion más cuidado que la media de estas producciones firmado por Alan Jay Lerner, se sumaron a la brillante idea de regalar 18 minutos del film al libre albedrio de Gene Kelly, lo que dio como resultado uno de los musicales más estimulantes de la historia del cine.

En un articulo anterior me extendí generosamente en otro gran film de Gene Kelly (esta vez firmado en 1952 junto a Stanley Donen) “Cantando bajo la lluvia”, he de reconocer que me cuesta mucho hacer esta afirmación, pero a excepción de un par de secuencias memorables, la película de Minelli siempre me ha resultado más redonda.

Cabe recordar que esos maravillosos 18 minutos coreografiados por Gene Kelly se convirtieron en un orgiástico festival de luz y color inspirados en la pintura francesa que se ha quedado grabado en la retina de millones de espectadores a lo largo de varias generaciones.

Si George Stevens, no hubiera sido tan extremadamente maniático y puntilloso hoy día estaría a la altura de Ford o de Hawks, pero aun así dejó para la posteridad obras monumentales como “Raíces profundas”, el Western más querido y recordado de todos los tiempos, “Un lugar en el sol”, el film que nos ocupa y que le supuso un Oscar este año y sobre todo “Gigante”, una película no del todo suficientemente valorada que está a la altura de las mayores epopeyas del cine.

Stevens representa lo mejor de la vieja guardia de Hollywood, era un gran artesano que tenía una mano maestra para despertar emociones por medio de detalles en apariencia insignificantes y sobre todo aleteaba en su interior un excelente psicólogo dotado de una inteligente mano izquierda para tratar con las estrellas, hecho que propiciaba que extrajera siempre de sus actores las mejores interpretaciones de sus carreras.

Este director californiano, que había nacido en 1904, fue nominado en cinco ocasiones a lo largo de su vida, resultando premiado en dos de ellas, las ya citadas “Un lugar en el sol” y “Gigante” (1954)

Tras “El diario de Anna Frank” en 1959 su carrera entraría en un progresivo declive, motivado en parte por la falta de paciencia de los nuevos capitostes del cine que no soportaban los interminables rodajes de Stevens, de hecho solo realizaría dos películas más “La historia más grande jamás contada” (1965), narración bíblica lastrada por un film similar de Nicholas Ray y “El único juego de la ciudad” (1970) cinta que pasó sin pena ni gloria y que puso punto y final a su carrera.

Stevens falleció el 8 de marzo de 1975 en California.

“Un lugar en el sol” estaba protagonizada por Montgomery Clift y la bellísima Elisabeth Taylor, que a su vez fueron respaldados por una sensacional Shelley Winters que brilló a pesar de lo grisáceo de su personaje.

El film narra el drama de un pobre infeliz al que se le da la una oportunidad laboral y responde a esa confianza cometiendo el error y la deslealtad de dejar embarazada a una compañera de trabajo a las primeras de cambio; poco después conoce a una hermosa y rica heredera que le puede dar la oportunidad de medrar en la vida por la ley del mínimo esfuerzo, pero para ello deberá superar el lastre que le supone el embarazo de su humilde compañera.

Os he hablado de sorpresas y ahora llega la segunda de la noche, en el año de “Casablanca” resultaba obvio que el personaje interpretado por Bogart era el gran valedor para alzarse con el triunfo pero en esta ocasión el mítico actor no lo tenía tan claro (y además no tendría ganas tampoco de llevarse otro disgusto) y menos aun teniendo en cuenta de que su contrincante era un joven actor recién salido del Actors Studio llamado Marlon Brando.

Brando se había llevado las mejores críticas pero al final venció la justicia poética y para pasmo de muchos pudimos ver a Humphrey Bogart sosteniendo entre sus manos la ansiada estatuilla.

Bogart, al que le gustaba mucho decir que nadie era famoso hasta que no sabían pronunciar su nombre en la india, había nacido en 1899 y las primeras décadas de su vida fueron un poco tumultuosas, por ello, por afán de aventuras o por huir del yugo familiar se alistó muy joven para participar en la Primera Guerra Mundial, contienda en la que resultó gravemente herido en la boca, hecho que paradójicamente le supuso el sello personal de su carrera pues el labio leporino que le dejó la cicatriz propició ese ceceo que tanto le caracterizó.

En los primeros años la Warner, compañía con la que había firmado contrato, vislumbraba en él a un excelente intérprete, pero los productores no sabían demasiado bien que trabajos encomendarle por lo que le relegaron a papeles secundarios, normalmente malvados, que le dieron cierta fama.

Se puede decir que la gran oportunidad de su vida se la dio Lesley Howard (a la sazón gran amigo de su paso por las tablas) cuando le seleccionó para interpretar a u convincente matón en “El bosque petrificado” (Archie Mayo, 1936), hecho que motivó al gran William Wyler para sumarle al reparto de “Calle sin salida”, pero fue en 1941 y de la mano de Raoul Walsh cuando le tocó interpretar a “Perro loco” en la inolvidable película “El último refugio”, hecho que le consagraría definitivamente como una gran estrella del celuloide.

Después llegarían títulos como “El halcón maltes” (1941), “Casablanca” (1942) y “Tener y no tener” (1944), películas en las que cimentaría su fama de hombre duro que esconde un gran y sensible corazón.

Tres obras maestras “Cayo largo”, “El tesoro de Sierra Madre” (ambas de 1948) y “La reina de África”, que fue su único Oscar, le colocaron en el Olimpo de los inmortales del cine pero parejo al declive del sistema de estudios llegaron también tiempos más grises para el devenir de la estrella.

Sus interpretaciones de 1955 en “La mano izquierda de Dios” (Edward Dmytryk) y “No somos ángeles” (Michael curtiz) desvelaron una cierta desgana por parte del actor y no ayudó mucho tampoco el patinazo que le supuso su papel en “El motín del Caine” (Dmytryk, 1954), película en la que se le fue la mano y resultó claramente sobreactuado, pero ya en 1956, pocos meses antes de su muerte y en pleno declive físico a causa de su enfermedad rodó el que quizá fuera su mejor papel, “Más dura será la caída”, una suerte de testamento cinematográfico en el que interpretaba a un periodista infiltrado en el oscuro mundo del boxeo.

Sobre el rodaje de “La reina de África” se han escrito decenas de libros y varias películas entre las que destacaría “Corazón blanco corazón negro” (Clint Eastwood, 1990) que está basada en el cuaderno de rodaje que escribió Peter Viertelguionista no acreditado del film.

Es un secreto a voces que a Huston le apetecía un safari por África y de paso hacer una obra maestra, por ello y animado porque ya coló su empeño de rodar en Méjico “El tesoro de Sierra Madre” (con excelente resultado artístico) se animó a probar suerte y de ese modo poder cazar leones a cuenta del estudio.

Visto desde la lejanía la presencia de la gran Katharine Hepburn en esta disparatada aventura parecería fruto de una broma pero con el tiempo se descubriría que el film propició uno de los mejores carteles protagonistas de la historia del cine.

Realmente el aparente antagonismo de Hepburn y Bogart no era tal, de hecho sus caracteres se complementaban bastante bien, la aparente fragilidad en las maneras de la actriz se veía compensada por la aparente rudeza de Bogart y a su vez el lado sensible y vulnerable del actor encontraba su contrapunto en la inagotable fuerza y el carisma de esa extraordinaria mujer que fue Katharine Hepburn.

Existen varias anécdotas respecto a este complicado rodaje (que fue durísimo, de hecho hubo que acabarlo en unos estudios londinenses), pero me voy a quedar con dos que están íntimamente relacionadas con el alcohol.

Solo Errol Flynn y John Barrymore podían tumbar, en lo que a la bebida se refiere, al par de borrachos vocacionales que fueron Huston y Bogart por eso el médico ni se molestó en auscultarles cuando todo el equipo técnico sufrió colitis al agua contaminada: ellos el agua ni la olían, solo bebían ginebra y whisky.

También es memorable (y real) la leyenda que afirma que la escena en la que la remilgada misionera, interpretada por Hepburn, arroja al río toda la bebida del rudo patrón harta de sus borracheras esta le fue dolorosamente inspirada (por la fuerza) a John Huston dado que la brava actriz aprovechó una antológica resaca para deshacerse de todo el alcohol que había en el set de rodaje.

Humphrey Bogart murió rodeado por el cariño de sus hijos y por el del gran amor de su vida Lauren Bacall el día 14 de enero de 1957 a la temprana edad de 57 años.

Vivien Leigh se encontraba en Londres interpretando la obra de Tenesse Williams “Un tranvía llamado deseo” cuando fue llamada urgentemente por Elia Kazan que acababa de ser desolado testigo de cómo el estudio repudiaba a Jessica Tandy para el papel de Blanche du Bois en la gran pantalla alegando que con su presencia haría huir al publico de los cines (así era esta gente a veces)

A la bella e inolvidable Escarlata de lo que el viento se llevo le vendría a la mente seguramente aquel 14 de diciembre de 1938 cuando acudió al set de producción de una película llamada “Lo que el viento se llevó” y que se encontraba en su cuarto día de rodaje, el resto es historia…

Fue un acierto, sin duda, la elección de esta actriz pues el contrapunto inglés que ella representaba impregnó su papel de una etérea emoción, no carente de fuerza, que congenió muy bien con los salvajes y novedosos métodos actorales de esa fuerza de la naturaleza que era Marlon brando.

De su papel, que no tenía nada que ver con el de “Lo que el viento se llevó” aunque ambos personajes eran sureños, se llego a decir que provocaba a partes iguales piedad y terror e incluso algunos diálogos como: “siempre he dependido de la amistad de extraños” o “no quiero la verdad, quiero la ilusión” son inimaginables en el cine saliendo de otros labios que no fueran los de la Leigh, una actriz que aun era joven y bella pero que no estaba envejeciendo demasiado bien.

Esta actriz británica, cuyo último papel en el cine se dio en 1965 al interpretar junto a Lee Marvin y Simone Signoret “El barco de los locos” (Stanley Kramer, 1965) amaba el teatro sobre todas las cosas por eso despreció el celuloide, que tantos éxitos le había dado, para centrase en su periplo por las tablas llegando a conseguir en Broadway el codiciado Tony gracias a la obra “Tovarich”, musical de 1963 en el que bordaba un personaje con desorden bipolar.

Desgraciadamente por esa época la gran actriz sufrió la recaída de una tuberculosis mal curada, que regreso de nuevo en forma de virulento brote acabando con su vida el 7 de julio de 1967 a la temprana edad de 53 años.

A pesar de que ella y su marido Lawrence Olivier se habían separado en 1960 el inmortal actor quedó destrozado por la noticia, llegando a abandonar su propia convalecencia en un hospital para estar a su lado, se comenta aun por los mentideros de Londres la emotiva reacción del actor que se encerró a solas con el cadáver dedicando toda la noche a disculparse entre lagrimas por todo lo que le había hecho sufrir.

Karl Malden es sin duda alguna uno de los rostros más reconocibles del cine, de hecho su peculiar rostro, su nariz de patata y su enorme humanidad se hicieron familiares para la memoria fílmica del espectador medio de todo el planeta.

No me voy a extender mucho sobre este secundario de lujo porque pronto volverá a parecer por mi blog, pero este merecidísimo Oscar lo consiguió interpretando de una manera primorosamente sensible a Mitch, amigo del personaje interpretado por Brando y que está profundamente enamorado de la inestable Blanche du Bois.

Otras grandes interpretaciones de Malden se dieron también en otros dos films de Kazan, estas fueron las del recordado sacerdote de “La ley del silencio” (1954) y un posesivo marido en “Baby doll” (1956), también son dignos de mención sus trabajos en el hermoso film de John Frankenheimer “El hombre de alcatraz” (1962) y en la sensacional cinta “El rey del juego”, interpretada por el inolvidable actor Steve McQueen y dirigida por Norman Jewinson.

Tampoco en el apartado de la mejor actriz secundaria tenemos que cambiar de película, dado que la famosa Stella que llamaba a gritos Marlon brando le supuso un Oscar a la excelente actriz Kim Hunter, que desgraciadamente no pudo saborear mucho las mieles del éxito, dado que se vio implicada en esa penosa lacra que fue la caza de brujas.

Para disfrutarla de nuevo en un papel importante hubo que esperar hasta 1968, año en el que participó en el recordado film de Franklin J. Schaffner, “El planeta de los simios”, aunque en esta ocasión lo hizo fuertemente caracterizada, dado que interpretaba a la famosa simia Kira, aquella que en una de las escenas del film llega a besar a un enorme Charlton Heston.

También en 1968 se la pudo ver en el extrañísimo e inusual film “El nadador” de Frank Perry, una retorcida alegoría del descenso a los infiernos que supone la pérdida de la juventud.

Ya para finalizar quiero destacar que fue llamada por Eastwood para un corto papel en “Medianoche en el jardín del bien y del mal” (1997), poco tiempo después, el 11 de septiembre de 2002, fallecía esta gran actriz.

¿Sabéis que es lo que dijo un perspicaz crítico el día del estreno de “Un tranvía llamado deseo”?

“Se trata de una desagradable muestra del peor y mal llamado realismo Norteamericano, no es más que basura”

No hay que hacer mucho caso a los críticos ¿verdad?

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Ceremonia de los Oscar de 1945

Queridos amigos, revisando mis notas he descubierto que se me había traspapelado la ceremonia de 1945; por ello y a pesar de que vamos por el año 1951 daremos un viaje al pasado para revivir una gala marcada profundamente por la certeza de que la segunda guerra mundial estaba dando los últimos estertores

El 15 de marzo de 1945 se celebraba en el Graunmans Chinese Theatre la decimoséptima ceremonia de entrega de los premios Oscar, una gala marcada por el dolor y el hastío ante la matanza más horrible que jamás había conocido la humanidad.

Pero en medio de la tragedia aleteaba la esperanza de que el fin estuviera cerca, no estaban confundidos pues, poco tiempo después el 30 de abril de 1945, la rata inmunda que fue Adolph Hitler se volaba la cabeza cobardemente en su escondijo.

A partir de aquel día el mundo volvió a respirar un poco más tranquilo, aunque a los Estados Unidos le esperaban todavía duras pruebas debido a la resistencia orgullosa del pueblo nipón.

Por fin el día 14 de agosto de 1945 Japón se rindió incondicionalmente y llego la ansiada paz.

Volviendo al ámbito del cine la gran triunfadora de la noche fue la emblemática película “Siguiendo mi camino” del inolvidable Leo McCarey, una deliciosa mezcla de géneros con trasfondo religioso que se impuso ni más ni menos que con 7 Oscar de la academia.

Tenía una cierta lógica el triunfo del film (es una película muy amada en su país de origen) porque su mensaje optimista y esperanzado llenaba muchos vacios que el día a día de la brutal guerra estaba produciendo en infinidad de almas.

El argumento de “Siguiendo mi camino” es sumamente simplista, de hecho se convirtió en remanido y ha tenido multitud de secuelas de todo tipo, pues nos habla de un joven párroco que llega a una parroquia regida por un párroco en decadencia logrando al poco tiempo revolucionar toda la vida del su barrio.

El anciano cura al principio adoptará una actitud a la defensiva dado que vive anclado en el pasado pero, poco a poco, se irá sintiendo atraído por el singular encanto del recién llegado.

McCarey, que políticamente no se distinguía precisamente por ser un revolucionario, sí le dio sin embargo a la cinta un cierto contenido de tibia denuncia social que era toda una novedad en la norteamericana de la época.

Aunque todo esto, por supuesto, dentro de una línea de corrección católica y un excepcional ramillete de antológicas canciones.

¿Sabéis una cosa?, Bing Crosby, el protagonista del film, siempre se preció de no saber leer música, de hecho no distinguía una corchea de un carácter en cirílico, pero compensaba todo ello con un oído espectacular y una memoria melódica incomparable.

Crosby fue un famosísimo cantante de la época que unos años más tarde se vería eclipsado ante la llegada de Sinatra, le acompañaba en el reparto Barry Fiztgerald, el inolvidable Oge Flynn de “El hombre tranquilo” que es protagonista de uno de los momentos más bellos del film.

Durante un tiempo se acusó a Leo McCarey de haber logrado con este gran éxito un film a la medida del la grandiosa voz de Crosby y más aun al año siguiente cuando repitió éxito con “Las campanas de santa María” donde el singular Padre O´Maley repetía andanzas en otra parroquia esta vez acompañado por la bellísima Ingrid Bergman que recrea la monja más bella jamás vista en la pantalla.

Personalmente creo que se equivocaron en el juicio sobre mi admirado director pues al disfrutar esta enorme película se comprueba con placer que asistimos a un todo muy equilibrado y sensible en el que se combinan canciones con momento de gran belleza plástica y sobre todo emocional.

Por último el tono narrativo de este film resulta extremadamente coherente y hasta cierto punto librepensante, todo ello sazonado por momentos de intima emoción.

A Leo McCarey le ocurrió durante toda su vida profesional lo mismo que al bueno de Frank Capra, se les tachó, cuánto menos, de crédulos e ingenuos y sobre todo de sensibleros cuando en realidad la ternura de sus filmografías estaba sostenida por firmes principios vitales, estéticos e intelectuales y ¿por qué no?, la gran convención de que el mundo podía ser mejor de lo que es en realidad.

Para terminar quiero decir que quizá el título de mejor película y mejor actor quizá le pueden venir algo grande al film, pero lo que es indiscutible es el galardón a Leo McCarey, realizador fundamental en la historia del cine del que Renoir llego a decir que era el grande entre los más grandes de su generación, siendo además el inspirador de grandes obras maestras como la ya mencionada en un artículo anterior “Cuentos de Tokio” (1953) de Yasuhiro Ozú.

El premio a la mejor actriz recayó en esta ocasión en Ingrid Bergman gracias a su papel de una joven esposa que se ve cruelmente manipulada por su marido que tiene como único propósito vital el lograr que pierda la razón.

“Luz de gas”, fascinante producción de la metro le fue encargada a un atípico George Cukor que, con su habitual maestría, convirtió un Thriller al uso que se prestaba a mil efectismos en una historia enormemente romántica con estimulantes toques de suave misterio.

El film también fue primorosamente protagonizado por un enorme Charles Boyer en estado de gracia.

Termino con una curiosa circunstancia que no se ha vuelto a dar en ninguna ceremonia más, Barry Fiztgerald estaba nominado al mismo tiempo por actor principal y como mejor secundario del mismo film (Siguiendo mi camino), éste hecho provoco una cierta controversia a en los mentideros de Hollywood.

También añadiré que la grandiosa película de Fritz Lang “La mujer del cuadro” solo recibió una nominación a la mejor banda sonora.

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1946, Caza de brujas del senador McCarthy, segunda parte

Cabe analizar en este momento las reacciones que se produjeron frente a este sinsentido en la meca del cine, cierto es que hubo de todo, son famosas las meteduras de pata de Gary Cooper y Robert Taylor que se involucraron en una guerra a la que no habían sido llamados granjeándose enemistades que podrían haberse evitado.

Escuchar a Cooper decir que es un americano de ley es el equivalente al hecho de que el Papa convocara una rueda de prensa para afirmar y confirmar que es católico.

Incongruencias aparte, el sector duro de Hollywood siempre se mantuvo al margen, hablo de los Ford, Wayne, Cecil B. de Mille (que llegó a formar parte del comité de la primera enmienda) Wood, McCarey y por supuesto el gran Frank Capra que se llevó el disgusto de su vida cuando en pleno delirio McCarthy tachó su film “El estado de la nación” de procomunista (Sí, y al general Franco le hubieran tildado de Trotskista)

Cabe añadir en este apartado al todopoderoso Samuel Goldwyn, que odiaba con toda su alma a la unión soviética por razones personales (era bielorruso) pero no dudó en poner el grito en el cielo al contemplar la injusticia que se quiso hacer con Robert E. Sherwood, mítico guionista de la inmortal película “Los mejores años de nuestras vidas”, llegando a poner todo el peso de su gran poder para pararles los pies a este grupo de fanáticos.

Por cierto, se acobardaron y dejaron en paz al pobre Sherwood.

Toda esta historia fue simplemente proselitismo del absurdo, siempre me ha hecho mucha gracia una frase de John Wayne que afirmó, sin pensarlo dos veces, que él no había conocido un comunista en su vida (que grande era este hombre, le adoro)

Y lo que decía este gran actor es cierto y John Huston supo definirlo todo a las mil maravillas cuando dijo que la izquierda de Hollywood era simplemente “comunismo de piscina de lujo”.

En medio de este descontrol dos grandes hombres crearon el Comité de la primera enmienda, el primero fue Abraham Polonsky, guionista de la película represaliada por excelencia Cuerpo y alma”, de Robert Rossen (se dice que la presión por todo esto precipitó la muerte de un jovencísimo John Garfield en la cumbre de su carrera)

De otra parte un peso pesado de la industria y uno de los mejores directores de la historia del cine William Wyler se puso al frente de la cruzada contra todo este desastre creativo.

Wyler era un hombre recio de pies a cabeza y un patriota incontestable que llegó a perder incluso la audición de su oído izquierdo durante la campaña europea.

Wyler estaba convencido (y se dio cuenta enseguida además) de que todo era una campaña de imagen de McCarthy y sus secuaces y se lanzó a por ellos, le acompañó al principio la flor y nata del cine norteamericano.

El grupo estaba formado entre otros por Selznick, Humphrey Bogart, Lauren Bacall (esta serie sobre los Oscar va por usted ya lo sabe), Katharine Hepburn, Kirk Douglas, Billy Wilder, John Ford y Elia Kazan (que al verse entre las cuerdas originó un escándalo que ha pasado a los anales del cine)

Enseguida McCarthy vio como se le abría el cielo con todos esos izquierdistas a su alrededor y se centró en el comité como principal enemigo (sería lo que fuera pero el senador era un peligrosísimo adversario) por eso tras las primeras manifestaciones (un tanto snobs) y al llegar las purgas los miembros del comité comenzaron a volar, sobre todo cuando se asustaron con el extremismo de John Howard Lawson, santo y seña de los diez de Hollywood.

Quedaron Bogart, Huston, Polonsky y el propio Wyler, pero Bogart al ver peligrar su carrera (y su Oscar) no tuvo más remedio que quitarse de en medio, y por su parte John Huston, quien estaba harto de Hollywood, emigró a Irlanda donde años más tarde se nacionalizaría, comenzando así una desigual carrera plagada, no obstante, de inolvidables obras maestras que, con todo, jamás llegarían a igualar su época de “El halcón maltes”.

Sea como sea al final solo quedaron al frente un Polonky con las manos atadas y un valiente Wyler que fue beligerante hasta el fin.

Voy a tratar de pasada el caso de Kazan, porque volveré a él cuando le toque el turno a “La ley del silencio” una de mis indispensables del cine, solo diré que no me gustó mucho su actitud chulesca ni su apología de la delación, dejando de lado, por supuesto, el aspecto artístico del film, uno de los más célebres de la historia del cine.

La caída de McCarthy era inevitable, la prensa estaba amordazada, pero periodistas duros como Edward R. Murrow (Buenas noches y buena suerte, Clooney ,2005) cada vez pegaban más fuerte y el propio senador cavó su fosa cuando comenzó a lanzar sus dardos envenenados contra el ejercito de los Estados Unidos acusándole de posiciones pro rusas.

Una de las cosas que más me asombran de los norteamericanos (les adoro por ello) es su espectacular y volcánica capacidad de reacción cuando les tocan algo que es sagrado, por eso si sumamos este ataque ciego al heroico ejercito USA a los sorprendentes ataques dirigidos incluso hacia el mismísimo presidente Eisenhower, comprenderemos porque dejaron de ser indulgentes con aquel paranoico, dieron rienda suelta a la prensa y en dos días de 1954 acabaron con él y por ende con su absurda y alocada inquisición.

McCarthy moriría en 1957 afectado de cirrosis dejando tras de sí una de las etapas más negras de la grande y ejemplar democracia norteamericana.

Para finalizar este post quiero dejar un pequeño listado de las delaciones más célebres que acabaron con carreras prometedoras e incluso arruinaron vidas, ojalá no vuelva a repetirse jamás, amo el cine y para mí es algo sagrado e intocable.

El “simpático” Jack Warner se cargó a Alvah Bessie y Lester Cole (guionistas de la muy patriótica “Objetivo Birmania)

Leo Townsend denunció, a su vez, a Joseph Losey.

Robert Rossen señaló con el dedo a Marsha Hunt, la bella Gale Sondergaart (fallecida recientemente) y al pobre Zero Mostel, al que literalmente hundió.

Edward Dmytryck, “misteriosamente” afiliado al partido comunista en plena Guerra Mundial, denunció al genial Jules Dassin y a Dalton Trumbo (a este de todas formas no hacía falta denunciarle “los tenia bien puestos”)

Por último Elia Kazan puso en manos del comité a Art Smith, Tony Kraber, Morris Charnovsky y Lewis Leveret.

Como dato curioso, que si no fuera por lo triste del asunto provocaría merecidas carcajadas, el productor y guionista Martin Berkeley denunció (él solito) A 162 compañeros.

Los que lleváis ya mucho tiempo a mi lado ya sabréis de sobra que lo que más me dolió de toda esta sinrazón fue el forzado destierro de ese dinamitero de los corazones que fue el desconocido (para estos anormales) Charles Spencer Chaplin Jr., un tal CHARLOT.

En los peores momentos de esta dolorosa represión llegaron a figurar en la denostada lista 320 figuras, más o menos importantes, del cine.

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Los Oscar, capítulo 12, películas de 1938

El 23 de febrero de 1939 los invitados a la gala de los Oscar ocupaban despreocupados sus butacas mientras el suelo que pisaban se desmoronaba a sus pies, ellos no lo sabían pero se estaban despidiendo de un mundo en paz.

Los vientos de guerra arreciaban, en mi país el 1 de abril de 1939 se daba por terminada la contienda nacional, pero no las represalias, que fueron terribles.

Mientras, en Alemania se preparaba una de las maquinarias de guerra más sanguinarias que el mundo había conocido.

Pero vais a notar que, de momento paso por esto de soslayo para continuar dejándonos mecer por el repiqueteo de un viejo proyector que emite imágenes a 24 fotogramas por segundo en el viejo hotel Biltmore.

Frank Capra, que a la sazón conducía la gala, iba a ser emocionado testigo este año de cómo su prestigio aumentaba hasta el infinito ya que fue premiado su último film “Vive como quieras”, no solo como la mejor película sino también a la mejor dirección.

“Vive como quieras” podría considerarse como un fruto más del New Deal propugnado por el llorado presidente Roosevelt y que sirvió para que toda la nación luchara como un solo corazón para vencer a la gran depresión.

Capra que a su manera era un revolucionario, sobre todo fue un gran removedor de conciencias y creía firmemente en la capacidad del americano medio para alcanzar sus sueños.

Siempre he relacionado, por algún desconocido resorte de mi mente, la obra de este gran director de cine con la del gran poeta norteamericano Walt Whitman, uno de los mitos de mi juventud, sobre todo en lo contendiente a la pasión con la que fuerzan a que te acerques a su mensaje aunque a veces no les entiendas o incluso no les creas pero siempre te fascinan.

El ideario de Capra era muy sencillo de asumir porque se basaba en una optimista confianza en la bondad final del ser humano, algo que llevamos grabado todos los cristianos en los genes gracias al mensaje de Jesús.

Hoy día la familia Sycamore de “Vive como quieras” sigue teniendo la misma capacidad de fascinación que en los años 30, dado que la locura es gratuita y libre por lo que nadie puede impedirnos soñar en nuestras propias casas.

Por desgracia sacar a relucir nuestros propios sentimientos al exterior ya es un poco más difícil.

Después del doblete de Luise Reiner le tocó el honor a un hombre y como no podía ser menos este fue el gran actor Spencer Tracy que repitió estatuilla gracias a su inmortal interpretación del padre Flanagan de las ciudad de los muchachos en la recordada película “Forja de hombres” de Norman Taurog.

Quizá alguno de los que me leéis habréis ido, al igual que yo, a un colegio religioso católico recordaréis este film porque junto a “La señora de Fátima” de Rafael Gil siempre se proyectaba en las convivencias (los famosos ejercicios espirituales)

Debo reconocer que me encanta este film, no solo como católico a mi española manera sino por la magnífica interpretación de Tracy que no tiene que hacer ningún esfuerzo para reflejar todo el alma que le infiere al adorable sacerdote que interpreta.

Bette Davis consiguió este año su segundo y último Oscar gracias a “Jezabel”, un drama sureño cargado de connotaciones cercanas a “Lo que el viento se llevó” en la que inició su mítica relación amor odio con el gran realizador William Wyler, el director que mejor la entendió y supo pulirle a la vez algunos defectos como las encantadoras “subidas de tono interpretativo” que se le escapaban de vez en cuando a mi amada actriz.

Wyler tenía en sus manos un diamante casi perfecto, pero era a su vez consciente de la clarísima tendencia hacia el histrionismo de la que hacía gala hasta ese momento la gran Bette Davis.

Esta querencia la traicionaba a menudo haciendo que en ocasiones pareciera sobreactuada, pero William Wyler con infinitas dosis de paciencia y no menos de sutileza desterró este defecto para siempre.

Fue enternecedor para mí como en una de sus últimas entrevistas esta mítica actriz se deshacía en elogios con este director al que reconoció que le seguía amando más allá de la muerte.

Aunque éste fuera uno más de tus arranques melodramáticos ¡qué grande eras Bette!

Bette Davis seria nuevamente nominada por “Amarga victoria” (1939), un gran melodrama en la que ejercía de su partenaire ni más ni menos que el gran Humphrey Bogart, y lo que jamás podré entender es porque no volvió a repetir estatuilla por su grandiosa labor en” Eva al desnudo” (Joseph L. Mankiewicz, 1950)

Una obra maestra que curiosamente me produjo enfrentamientos con sus más ardorosos defensores, pues ellos representaban para mí un ala intelectual de cinéfilos que se alejaban bastante de mi concepción sobre el mensaje del cine norteamericano.

Para que me entendáis: ellos eran los pedantes de Kazan o Losey (les adoro a los dos) y nosotros los duros de Ford.

También me produjo desconcierto que no recibiera reconocimiento su labor en ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962), film de mítico rodaje cargado de anécdotas del que ya hablaremos a su debido tiempo.

Ya en el apartado de curiosidades cabe reseñar el hecho curioso (hoy impensable) de que el gran Bernard Shaw se tomara como un insulto a su obra el hecho de que fuera premiado con un Oscar al mejor libreto por “Pigmalión” (Anthony Asquit, Leslie Howard, 1938)

Francamente cuando conocí en su tiempo este dato me pareció simplemente un alarde de innecesario esnobismo.

Fue la primera vez también que una película de factura puramente europea figurara entre las candidatas al Oscar a la mejor película pero no estamos hablando de una cualquiera sino de “La gran ilusión” de Renoir, una de las grandes joyas del cine universal.

Muy pronto se creará el apartado a la mejor película extranjera y serán reflejadas todas ellas en esta crónica.

Por último la recordada comedia “La fiera de mi niña” de Howard Hawks se fue a casa de vacío y el film “Blancanieves y los siete enanitos” obligó agradablemente a Walt Disney a sostener entre sus brazos 8 Oscar, uno para blancanieves y siete en miniatura para sus dulces protectores.