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Marta Etura, actriz de Donosti

El día 28 de octubre de 1978 nacía en la hermosa ciudad de San Sebastián Marta Etura que, a día de hoy, pasa por ser una de las jóvenes actrices españolas con mayor proyección, una intérprete que sabe exprimir al máximo cada uno de sus papeles; ya sea desde un rol protagonista o desde una aparición fugaz, dado que siempre deja su impronta en las emociones del espectador.

Etura comenzó su andadura en el capitulo piloto de la serie de Televisión “Raquel busca su sitio”; esta serie se emitió en el año 2000 y estaba interpretada, entre otros, por Nancho Novo, Cayetana Guillén Cuervo (he sentido mucho la muerte de su padre, un gran actor) y Javier Albalá; el episodio en cuestión se llamaba: “no es fácil ser Raquel” y Etura interpretaba el papel de Alba.

Un año después también participó en la película de Joaquín Oristrel “Sin vergüenza”: una especie de homenaje al desempeño del guionista (el propio Oristrel también lo es) bajo el trasfondo de una historia de amor en la que la casualidad y el cine juegan un papel importante.

En el año 2002 mi paisano Gutiérrez Aragón firmó un acercamiento muy personal a las andanzas del inmortal personaje del quijote siguiendo la estela de la mítica serie de televisión que había rodado unos años antes (1991).

Juan Luis Galiardo y Carlos Iglesias sustituyeron en “El caballero Don Quijote” a los míticos actores de la primera parte: Fernando Rey y Alfredo Landa en una versión de la historia con menor presupuesto, pero quizá con algo más de libertad.

Y fue aquí donde hizo su aparición el segundo bigote más hermoso del cine Español (el primero fue el de Ariadna Gil en “Belle Epoque”) llegó montada en una burra  y precedida por un emocionado Iglesias que anunciaba su presencia a Don quijote; se trataba de Marta Etura, interpretando a la simpar Dulcinea del Toboso que lucía un palmito que para sí querría la bruja avería recién levantada, y antes de peinarse; para colmo de males la precipitación de Don Quijote y el susto consiguiente dieron con su trasero en el suelo al caerse del pobre animal.

A pesar de su caracterización que incluía unas cejas pobladas, un bigote bien poblado, y unos dientes que parecían que acababan de comerse el cepillo, Etura se merendó literalmente la cámara antes de decir ni una sola palabra; poco después le decía al hidalgo (con esa vena canalla que le sale a veces y que tanto me gusta de ella): -Quita pa yá, abuelo-, y ya se ganó mi corazón para siempre.

“Trece campanadas” supuso su segundo largometraje y, al tiempo, su primer papel  junto a Luis Tosar , gran actor con el que ha coincido de forma repetida, y exitosa, a lo largo de su carrera, también figuraban en el reparto la interesante actriz Elvira Mínguez y el polifacético Juan Diego Botto.

El director del film Xavier Villaverde plantea una trama que se desarrolla en la mágica ciudad de Santiago de Compostela y que, en clave de terror, narra  la traumática vuelta al pasado que supone para un joven escultor el regreso a su ciudad natal para visitar a su madre enferma.

Trece campanadas” se trataba de una coproducción entre Portugal y España que se alzó con el primer premio en el Fantasporto siendo, a su vez, muy bien recibida en Sitges.

Como estaréis comprobando 2002 fue un gran año en la carrera de esta donostiarra pues también apareció en el reparto de “La vida de nadie” (en este film Etura está preciosa); opera prima de Eduard Cortés que supuso la espiga de oro a Adriana Ozores  en el festival de Valladolid, donde fue estrenado; por su parte, Marta, gano el premio del público joven en el certamen de cine de Toulouse y también rozó el Goya de ese año gracias a su nominación como actriz revelación.


El libreto de “La vida de nadie” está basado en un trágico suceso real  que, en el caso del film, se suavizó un tanto sin perder por ello ni un ápice de dramatismo; cabe decir que Coronado repite (tras la caja 507) papel intenso y de grueso calado que le ofrece un vehículo para que brille con luz propia la pasmosa naturalidad con la que este gran actor aborda papeles extraordinariamente complejos.

Básicamente la vida de nadie sienta su base argumental en una mentira estúpida que se mantiene durante veinte años  creando nudos gordianos que acaban asfixiando al protagonista.

Esta película que logró colarse en el festival de Cannes (supongo que en la sección una cierta mirada) enamoró al inolvidable y llorado critico del país Ángel Fernández Santos que quedó prendado, además, del gran trabajo de Marta Etura.

Tras esta película Marta volvió a hacer una breve incursión en la televisión para participar, junto a la inmensa  verónica Forqué,  en  un episodio de la serie la vida de Rita además de protagonizar también el hermoso cortometraje de Luis prieto “Mariposas de fuego” que narra el encuentro entre una joven torturada por la vida y un inmigrante ilegal, también con un pasado penoso a sus espaldas.

Reconozco que tengo debilidad por este corto; en él Mata Etura transmite como nunca una sensación de soledad espantosamente tangible y dolorosa y una necesidad de agarrarse a un clavo ardiendo que le apegue con fuerza a la vida.


Hay en concreto una escena en la que Etura gana enteros a medida que esta transcurre: los dos personas se protegen del frío frente a una hoguera y no es necesaria ni una sola palabra para transmitir la impresión de que ambos se contentan con ver la vida pasar a través de ellos sin techo ni suelo como presente, esperanza como futuro ni consuelo como pasado.

En definitiva: la voz de Etura, al romper el silencio, se muestra más hipnótica y magnética que nunca y nos sumerge en un personaje de brillo fugaz pero que, como siempre, se pega al alma con la premura de la pasión.

A Marta Etura la adoptamos como cántabra durante tres semanas durante el rodaje de “La vida que te espera” del director torrelaveguense Manuel Gutiérrez Aragón que con esta película se acercó a la línea temática y estética de sus míticos primeros films.

Juan Diego  (Goya de honor, ya; lo pido de rodillas) y Luis Tosar son sus compañeros de viaje en esta historia que narra unos hechos trágicos que acontecen en la Cantabria profunda, en concreto en la Vega de Pas y que llevan al personaje de Diego a asesinar a un vecino por un problema de lindes y de ganado.

Marta interpreta a una de las hijas del asesino y que ha de cumplir la orden de su padre de acercarse al joven hijo del fallecido para indagar sobre si este tiene alguna sospecha de lo que ha sucedido.

Esta película, que muestra a mi tierra en plena evolución hacia la modernidad, pero sin haberse desanclado aun de viejas tradiciones de índole muy cerrado, fue firme candidata al Oso  oro en Berlín (allá adoran a mi paisano) y Etura, a su vez,  logro el premio Turia a la mejor actriz revelación.

Volveré pronto con una segunda y última entrega de la filmografía de esta gran actriz.

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Melancholia, crítica de la mejor película de 2011

Mi primera tentación a la hora de afrontar la crítica de “Melancholia” fue la de reflejar que le sobran 20 minutos del anodino tramo inicial de la boda; pero he cambiado de opinión, porque sin esa incursión en lo cotidiano, una especie de cabo que nos une a los convencionalismos sociales (contradictorios y mórbidos, en este caso) y sin la atmosfera asfixiante, o el impulso transgresor, la amargura que desborda cada fotograma hubiera resultado insoportable y el espíritu del film irrecuperablemente caótico.

Las emociones que reinventa Trier son más tangibles que las propias del espectador, a fin de cuentas todos estamos sumidos en un inmenso sopor que nos adormece los sentidos, en este sentido “Melancholia” podría suponer un nuevo despertar o, en su defecto, una llamada de atención.

Para ilustrar de un modo un poco mas gráfico estas afirmaciones me acercaré a cuatro personajes secundarios del film cuyos roles no son subtramas en sí, sino meras pinceladas caricaturescas que necesita Trier para componer el cuadro escénico: John Hurt, es un padre “un tanto especial” que resulta patético en su función como el típico payaso que todos hemos conocido en cualquier boda, sus bromas crueles al camarero son realmente molestas, provocan rechazo (esto se le da como dios al bueno del danés), pero esta sensación se queda corta cuando somos conscientes de su gran hipocresía, al vestir de falsa calidez el gran desapego emocional que siente por su hija.

Otro tanto podemos decir de la madre, interpretada por la mítica Charlotte Rampling que es, con mucho, el personaje más sincero (y mejor perfilado) del film aunque esta misma cualidad le hace al tiempo odiosa y repulsiva; a su vez Stellard Skarsgard, el jefe de Justine, es uno de los personajes que más estupor me ha provocado y, en este caso, le he agradecido a Trier su faceta de gran Tahúr porque nos la mete doblada, nos hace creer una cosa y un poco más tarde nos regala uno de los mejores giros dramáticos de la primera parte del film (os impresionará del mismo modo si estáis atentos)

Y por último el gran Udo Kier, un viejo colaborador de Trier, que borda un papel muy breve en el que intentará hasta el último momento que su prestigio como maestro de ceremonias no resulte dañado ante tamaño desconcierto; un dislate de boda en el que la milimétrica planificación que ha diseñado es solo una hoja de ruta sobre las reglas que hay que saltarse; Kier, actor de impresionante presencia física, logra captar la atención del espectador cuando en plena “pataleta educada” le hace por tres veces un inquietante gesto a Justine que nos deja totalmente pillados, algo así como decir: ¿porqué hace esto?…, es de locos.

Cabe decir dos cosas de entrada: “Melancholiaes una colosal obra maestra y, además, la mejor película de catástrofes que jamás se haya realizado.

Es imposible no rendirse a la fascinación que producen las imágenes de Trier, sus cualidades hipnóticas están más agudizadas que jamás en toda su obra, literalmente te grapa a la pantalla, este director danés es un tramposo y, en esta ocasión (libre ya de su exasperante pedantería) nos vacila con referencias a “El ángel exterminador” (Buñuel, 1962) o “La regla del juego(Renoir, 1939).

Lógicamente, este director tan inteligente jamás se mostraría tan obvio, zafio y previsible, por eso si en “El ángel exterminador” la barrera emocional es interna y circunspecta, en “Melancolía” es tan inmensa como el universo y el desasosegante puente que no puede atravesar Justine con su caballo no es, ni más ni menos, que el reflejo holográfico de los que ha quemado anteriormente el director con la lógica y la cordura.

Por otra parte pervierte el espíritu de “La regla del juego” (avinagrándolo) pero se queda con la idea de cine fronterizo, con todo lo que esto conlleva de ruptura; “La regla del juego” se presentaba también a modo de farsa, una especie de Decamerón, pero sin que se haya destacado aun la peste; de hecho el film de Renoir fue terminado en 1939, unas semanas antes del comienzo de la segunda guerra mundial.

Pero en 2011 Trier intensifica aun más la urgencia vital de todos sus personajes, que parece acompasada al sonido de las trompetas del apocalipsis (hasta en el paradójico caso del mayordomo, ya veréis porque lo digo); la mayoría de los protagonistas nunca están donde deben de estar y el juego de puertas abiertas y cerradas (como en el caso de Renoir) forma parte, por derecho propio, de la banda sonora del film.

La protagonista del film, Justine (esplendida Kirsten Dunst) es un engarce roto del engranado social, pero en esta ocasión Trier no carga las tintas contra esa misma sociedad, ni siquiera vuelca su ira, tampoco, contra el entramado burgués, es como si se sintiera hastiado, no hubiera tenido fuerzas o, simplemente creyera que ya está todo perdido y nada tiene sentido.

Paradójicamente en “Melancholia”, la depresión no es un elemento más de la trama (como lo era en la terrible “Anticristo”) ni siquiera aborda esta enfermedad como un McGuffin; es mucho más: la depresión es la protagonista total y la reina madre y razón de ser de toda la película: Justine, es la depresión y también lo es la cámara, por supuesto también lo es Trier y, como resultado del contagio, se transmuta, por fin, en psiquis común de todos los espectadores.

Vale que hay que haber estado deprimido, al menos una vez en las vida, para entender la senda iniciática del film: enmarcada en un alfa y en un omega; pero no se hace ingrediente esencial para comprender la desidia de Justine, o su agónico cansancio en la escena del baño y mucho menos para identificarse con la indiferencia, casi esquizofrénica, que se va apoderando gradualmente de todos los personajes.

 

Cuando ves el prologo de “Melancholia” piensas que a Trier le va a ocurrir lo mismo que en “Anticristo”, pero de eso nada, en “Melancholia” el clímax final, que iguala los (que se habían erigido en insuperables) 10 minutos iniciales, es casi imposible de olvidar, se pega en el alma, es fantástico, de verdad.

Pero hay otro miniclimax en la película que, ya desde el momento del “corten”, se ha constituido en una de las secuencias mas bellas de la historia del cine y lo será así para toda la eternidad: la breve visión de Kirsten Dunst, tendida sobre la orilla del un rio, me ha producido un estremecimiento brutal y es en el único momento de la película en el que la emoción se convierte en lagrimas, pero no lagrimas de tristeza, identificación o ni siquiera producidas por la trama es, ni más ni menos, que un tributo a la belleza en sí, a la emoción pura.

Leí en una crónica (a su paso por Cannes) que dios, o cualquier atisbo de lo transcendente, está completamente ausente de “Melancholia” pero yo creo que eso no es así, porque en las últimas frases de Justine subyace una clave eterna: la regla de oro de la vida, lógicamente no lo contaré, tendréis que ver la película para comprenderlo y sacar vuestras propias conclusiones:

Entre las muchas cosas maravillosas que tiene “Melancholia” están las salidas al exterior, una especie de droga para el espectador también, lo digo porque estamos tan deseosos de hacerlo, o más, que la protagonista; Trier, a esas alturas, nos ha hipnotizado de tal manera que solo ansiamos mirar hacia el cielo y perdernos en él.

Pero aquí es donde Trier nos la vuelve a jugar por enésima vez: casi todos los planos en los que aparece el planeta Melancolía (hay algunos bellísimos) dan la sensación de que se presentan recortados, o mostrados en un marco, de hecho el firmamento del danés supone la antítesis de los inmensos cielos abiertos del primer Spielberg.

Es como si Trier no nos permitiera pensar en otra cosa que no sea el cuerpo y la esencia de la trama (un conceptismo apabullante y extremo) , solo nos deja el espacio justo para ver, de forma aturdida y claustrofóbica, lo que él quiere que veamos; de hecho las escenas del telescopio son antológicas.

Kieffer Sutherland (está maravilloso, ha sido un acierto, me alegro por él, es un gran actor), Charlotte Gainsburg y John Hurt son los únicos seres humanos reales de la película; me ha quedado esa impresión y no tengo manera de quitarla de la cabeza; no es que piense que los demás personajes sean clichés, se trata sencillamente de que este trío está menos atormentado (Gainsburg tiene, como su hermana Justine, una personalidad limite pero Sutherland atempera sus carencias y debilidades gracias a su convincente positivismo)

De lo que sí que no me queda ninguna duda es que estamos ante uno de los mejores repartos que he visto en una película desde hace muchos años, casi décadas. (Ojo con los Oscar, que igual la lía el danés)

Por último, No quiero dejarme en el tintero uno de los mejores aciertos de Trier al mostrar, en el tramo final, a una Justine cada vez más equilibrada (al tiempo de que todo a su alrededor se desmorona); es muy común en las personas con depresión actuar de esta forma tan contradictoria: están tan acostumbradas a sufrir que, en cierto modo, están entrenados para ello.

En fin, amigos míos, cuánto más pienso en esta película más me convenzo que es una de las mejores que he visto en toda mi vida y he visto unas cuantas, creedme.

Obra maestra sin paliativos, un diez rotundo.

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24 Ceremonia de los Oscar de Hollywood (1952)

El jueves 20 de marzo de 1952 se produjo en el teatro de la RKO una sorpresa por partida doble, ninguno de los asistentes apostaba esa noche porque la Metro Goldwin Mayer se llevara el Oscar a sus vitrinas gracias a “Un Americano en París” y los pocos que sí albergaban esta esperanza formaban parte de la gran mayoría absoluta de los que ya veían al fornido Marlon Brando alzarse con su estatuilla.

Vayamos por partes, “Un tranvía llamado deseo”, de Elia Kazan gozaba de los parabienes del circulo intelectual (elitista) de Hollywood, mientras “La reina de África” era la apuesta de la industria mas tradicionalista y convencional.

Con lo que no contaba nadie era con que ese año en concreto la Metro había colado entre las filas de los académicos con derecho a voto figuras muy relevantes del estudio; esto, que fue comidilla y objeto de críticas no ha impedido jamás (por supuesto) que este gran musical haya sido considerado con el tiempo una de las grandes joyas del séptimo arte.

Arthur Freed, a la sazón, productor de musicales de la Metro se había quedado prendado con el buen hacer de Gene Kelly en las tablas de Broadway y le había dado su primera oportunidad en el film “Mi chica y yo” (Bubsy Berkeley, 1942) junto a la rutilante Judy Garland.

Kelly supo sacar buen partido de este espaldarazo y pronto se instituyo como una opción más “humana”, cercana, juvenil (y sobre todo física) que enfrentar a la elegancia y maestría, un tanto distante, del maestro de maestros Fred Astaire.

“Un Americano en París”, que también le supuso el Irving Thalberg al productor Arthur Freed, se había concebido en un primer momento en un vehículo de lucimiento para Kelly que se iba a ver respaldado por las maravillosas canciones de George Gershwin, pero la sensible mano de su director Vincente Minelli y un guion más cuidado que la media de estas producciones firmado por Alan Jay Lerner, se sumaron a la brillante idea de regalar 18 minutos del film al libre albedrio de Gene Kelly, lo que dio como resultado uno de los musicales más estimulantes de la historia del cine.

En un articulo anterior me extendí generosamente en otro gran film de Gene Kelly (esta vez firmado en 1952 junto a Stanley Donen) “Cantando bajo la lluvia”, he de reconocer que me cuesta mucho hacer esta afirmación, pero a excepción de un par de secuencias memorables, la película de Minelli siempre me ha resultado más redonda.

Cabe recordar que esos maravillosos 18 minutos coreografiados por Gene Kelly se convirtieron en un orgiástico festival de luz y color inspirados en la pintura francesa que se ha quedado grabado en la retina de millones de espectadores a lo largo de varias generaciones.

Si George Stevens, no hubiera sido tan extremadamente maniático y puntilloso hoy día estaría a la altura de Ford o de Hawks, pero aun así dejó para la posteridad obras monumentales como “Raíces profundas”, el Western más querido y recordado de todos los tiempos, “Un lugar en el sol”, el film que nos ocupa y que le supuso un Oscar este año y sobre todo “Gigante”, una película no del todo suficientemente valorada que está a la altura de las mayores epopeyas del cine.

Stevens representa lo mejor de la vieja guardia de Hollywood, era un gran artesano que tenía una mano maestra para despertar emociones por medio de detalles en apariencia insignificantes y sobre todo aleteaba en su interior un excelente psicólogo dotado de una inteligente mano izquierda para tratar con las estrellas, hecho que propiciaba que extrajera siempre de sus actores las mejores interpretaciones de sus carreras.

Este director californiano, que había nacido en 1904, fue nominado en cinco ocasiones a lo largo de su vida, resultando premiado en dos de ellas, las ya citadas “Un lugar en el sol” y “Gigante” (1954)

Tras “El diario de Anna Frank” en 1959 su carrera entraría en un progresivo declive, motivado en parte por la falta de paciencia de los nuevos capitostes del cine que no soportaban los interminables rodajes de Stevens, de hecho solo realizaría dos películas más “La historia más grande jamás contada” (1965), narración bíblica lastrada por un film similar de Nicholas Ray y “El único juego de la ciudad” (1970) cinta que pasó sin pena ni gloria y que puso punto y final a su carrera.

Stevens falleció el 8 de marzo de 1975 en California.

“Un lugar en el sol” estaba protagonizada por Montgomery Clift y la bellísima Elisabeth Taylor, que a su vez fueron respaldados por una sensacional Shelley Winters que brilló a pesar de lo grisáceo de su personaje.

El film narra el drama de un pobre infeliz al que se le da la una oportunidad laboral y responde a esa confianza cometiendo el error y la deslealtad de dejar embarazada a una compañera de trabajo a las primeras de cambio; poco después conoce a una hermosa y rica heredera que le puede dar la oportunidad de medrar en la vida por la ley del mínimo esfuerzo, pero para ello deberá superar el lastre que le supone el embarazo de su humilde compañera.

Os he hablado de sorpresas y ahora llega la segunda de la noche, en el año de “Casablanca” resultaba obvio que el personaje interpretado por Bogart era el gran valedor para alzarse con el triunfo pero en esta ocasión el mítico actor no lo tenía tan claro (y además no tendría ganas tampoco de llevarse otro disgusto) y menos aun teniendo en cuenta de que su contrincante era un joven actor recién salido del Actors Studio llamado Marlon Brando.

Brando se había llevado las mejores críticas pero al final venció la justicia poética y para pasmo de muchos pudimos ver a Humphrey Bogart sosteniendo entre sus manos la ansiada estatuilla.

Bogart, al que le gustaba mucho decir que nadie era famoso hasta que no sabían pronunciar su nombre en la india, había nacido en 1899 y las primeras décadas de su vida fueron un poco tumultuosas, por ello, por afán de aventuras o por huir del yugo familiar se alistó muy joven para participar en la Primera Guerra Mundial, contienda en la que resultó gravemente herido en la boca, hecho que paradójicamente le supuso el sello personal de su carrera pues el labio leporino que le dejó la cicatriz propició ese ceceo que tanto le caracterizó.

En los primeros años la Warner, compañía con la que había firmado contrato, vislumbraba en él a un excelente intérprete, pero los productores no sabían demasiado bien que trabajos encomendarle por lo que le relegaron a papeles secundarios, normalmente malvados, que le dieron cierta fama.

Se puede decir que la gran oportunidad de su vida se la dio Lesley Howard (a la sazón gran amigo de su paso por las tablas) cuando le seleccionó para interpretar a u convincente matón en “El bosque petrificado” (Archie Mayo, 1936), hecho que motivó al gran William Wyler para sumarle al reparto de “Calle sin salida”, pero fue en 1941 y de la mano de Raoul Walsh cuando le tocó interpretar a “Perro loco” en la inolvidable película “El último refugio”, hecho que le consagraría definitivamente como una gran estrella del celuloide.

Después llegarían títulos como “El halcón maltes” (1941), “Casablanca” (1942) y “Tener y no tener” (1944), películas en las que cimentaría su fama de hombre duro que esconde un gran y sensible corazón.

Tres obras maestras “Cayo largo”, “El tesoro de Sierra Madre” (ambas de 1948) y “La reina de África”, que fue su único Oscar, le colocaron en el Olimpo de los inmortales del cine pero parejo al declive del sistema de estudios llegaron también tiempos más grises para el devenir de la estrella.

Sus interpretaciones de 1955 en “La mano izquierda de Dios” (Edward Dmytryk) y “No somos ángeles” (Michael curtiz) desvelaron una cierta desgana por parte del actor y no ayudó mucho tampoco el patinazo que le supuso su papel en “El motín del Caine” (Dmytryk, 1954), película en la que se le fue la mano y resultó claramente sobreactuado, pero ya en 1956, pocos meses antes de su muerte y en pleno declive físico a causa de su enfermedad rodó el que quizá fuera su mejor papel, “Más dura será la caída”, una suerte de testamento cinematográfico en el que interpretaba a un periodista infiltrado en el oscuro mundo del boxeo.

Sobre el rodaje de “La reina de África” se han escrito decenas de libros y varias películas entre las que destacaría “Corazón blanco corazón negro” (Clint Eastwood, 1990) que está basada en el cuaderno de rodaje que escribió Peter Viertelguionista no acreditado del film.

Es un secreto a voces que a Huston le apetecía un safari por África y de paso hacer una obra maestra, por ello y animado porque ya coló su empeño de rodar en Méjico “El tesoro de Sierra Madre” (con excelente resultado artístico) se animó a probar suerte y de ese modo poder cazar leones a cuenta del estudio.

Visto desde la lejanía la presencia de la gran Katharine Hepburn en esta disparatada aventura parecería fruto de una broma pero con el tiempo se descubriría que el film propició uno de los mejores carteles protagonistas de la historia del cine.

Realmente el aparente antagonismo de Hepburn y Bogart no era tal, de hecho sus caracteres se complementaban bastante bien, la aparente fragilidad en las maneras de la actriz se veía compensada por la aparente rudeza de Bogart y a su vez el lado sensible y vulnerable del actor encontraba su contrapunto en la inagotable fuerza y el carisma de esa extraordinaria mujer que fue Katharine Hepburn.

Existen varias anécdotas respecto a este complicado rodaje (que fue durísimo, de hecho hubo que acabarlo en unos estudios londinenses), pero me voy a quedar con dos que están íntimamente relacionadas con el alcohol.

Solo Errol Flynn y John Barrymore podían tumbar, en lo que a la bebida se refiere, al par de borrachos vocacionales que fueron Huston y Bogart por eso el médico ni se molestó en auscultarles cuando todo el equipo técnico sufrió colitis al agua contaminada: ellos el agua ni la olían, solo bebían ginebra y whisky.

También es memorable (y real) la leyenda que afirma que la escena en la que la remilgada misionera, interpretada por Hepburn, arroja al río toda la bebida del rudo patrón harta de sus borracheras esta le fue dolorosamente inspirada (por la fuerza) a John Huston dado que la brava actriz aprovechó una antológica resaca para deshacerse de todo el alcohol que había en el set de rodaje.

Humphrey Bogart murió rodeado por el cariño de sus hijos y por el del gran amor de su vida Lauren Bacall el día 14 de enero de 1957 a la temprana edad de 57 años.

Vivien Leigh se encontraba en Londres interpretando la obra de Tenesse Williams “Un tranvía llamado deseo” cuando fue llamada urgentemente por Elia Kazan que acababa de ser desolado testigo de cómo el estudio repudiaba a Jessica Tandy para el papel de Blanche du Bois en la gran pantalla alegando que con su presencia haría huir al publico de los cines (así era esta gente a veces)

A la bella e inolvidable Escarlata de lo que el viento se llevo le vendría a la mente seguramente aquel 14 de diciembre de 1938 cuando acudió al set de producción de una película llamada “Lo que el viento se llevó” y que se encontraba en su cuarto día de rodaje, el resto es historia…

Fue un acierto, sin duda, la elección de esta actriz pues el contrapunto inglés que ella representaba impregnó su papel de una etérea emoción, no carente de fuerza, que congenió muy bien con los salvajes y novedosos métodos actorales de esa fuerza de la naturaleza que era Marlon brando.

De su papel, que no tenía nada que ver con el de “Lo que el viento se llevó” aunque ambos personajes eran sureños, se llego a decir que provocaba a partes iguales piedad y terror e incluso algunos diálogos como: “siempre he dependido de la amistad de extraños” o “no quiero la verdad, quiero la ilusión” son inimaginables en el cine saliendo de otros labios que no fueran los de la Leigh, una actriz que aun era joven y bella pero que no estaba envejeciendo demasiado bien.

Esta actriz británica, cuyo último papel en el cine se dio en 1965 al interpretar junto a Lee Marvin y Simone Signoret “El barco de los locos” (Stanley Kramer, 1965) amaba el teatro sobre todas las cosas por eso despreció el celuloide, que tantos éxitos le había dado, para centrase en su periplo por las tablas llegando a conseguir en Broadway el codiciado Tony gracias a la obra “Tovarich”, musical de 1963 en el que bordaba un personaje con desorden bipolar.

Desgraciadamente por esa época la gran actriz sufrió la recaída de una tuberculosis mal curada, que regreso de nuevo en forma de virulento brote acabando con su vida el 7 de julio de 1967 a la temprana edad de 53 años.

A pesar de que ella y su marido Lawrence Olivier se habían separado en 1960 el inmortal actor quedó destrozado por la noticia, llegando a abandonar su propia convalecencia en un hospital para estar a su lado, se comenta aun por los mentideros de Londres la emotiva reacción del actor que se encerró a solas con el cadáver dedicando toda la noche a disculparse entre lagrimas por todo lo que le había hecho sufrir.

Karl Malden es sin duda alguna uno de los rostros más reconocibles del cine, de hecho su peculiar rostro, su nariz de patata y su enorme humanidad se hicieron familiares para la memoria fílmica del espectador medio de todo el planeta.

No me voy a extender mucho sobre este secundario de lujo porque pronto volverá a parecer por mi blog, pero este merecidísimo Oscar lo consiguió interpretando de una manera primorosamente sensible a Mitch, amigo del personaje interpretado por Brando y que está profundamente enamorado de la inestable Blanche du Bois.

Otras grandes interpretaciones de Malden se dieron también en otros dos films de Kazan, estas fueron las del recordado sacerdote de “La ley del silencio” (1954) y un posesivo marido en “Baby doll” (1956), también son dignos de mención sus trabajos en el hermoso film de John Frankenheimer “El hombre de alcatraz” (1962) y en la sensacional cinta “El rey del juego”, interpretada por el inolvidable actor Steve McQueen y dirigida por Norman Jewinson.

Tampoco en el apartado de la mejor actriz secundaria tenemos que cambiar de película, dado que la famosa Stella que llamaba a gritos Marlon brando le supuso un Oscar a la excelente actriz Kim Hunter, que desgraciadamente no pudo saborear mucho las mieles del éxito, dado que se vio implicada en esa penosa lacra que fue la caza de brujas.

Para disfrutarla de nuevo en un papel importante hubo que esperar hasta 1968, año en el que participó en el recordado film de Franklin J. Schaffner, “El planeta de los simios”, aunque en esta ocasión lo hizo fuertemente caracterizada, dado que interpretaba a la famosa simia Kira, aquella que en una de las escenas del film llega a besar a un enorme Charlton Heston.

También en 1968 se la pudo ver en el extrañísimo e inusual film “El nadador” de Frank Perry, una retorcida alegoría del descenso a los infiernos que supone la pérdida de la juventud.

Ya para finalizar quiero destacar que fue llamada por Eastwood para un corto papel en “Medianoche en el jardín del bien y del mal” (1997), poco tiempo después, el 11 de septiembre de 2002, fallecía esta gran actriz.

¿Sabéis que es lo que dijo un perspicaz crítico el día del estreno de “Un tranvía llamado deseo”?

“Se trata de una desagradable muestra del peor y mal llamado realismo Norteamericano, no es más que basura”

No hay que hacer mucho caso a los críticos ¿verdad?

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Ceremonia de los Oscar de 1945

Queridos amigos, revisando mis notas he descubierto que se me había traspapelado la ceremonia de 1945; por ello y a pesar de que vamos por el año 1951 daremos un viaje al pasado para revivir una gala marcada profundamente por la certeza de que la segunda guerra mundial estaba dando los últimos estertores

El 15 de marzo de 1945 se celebraba en el Graunmans Chinese Theatre la decimoséptima ceremonia de entrega de los premios Oscar, una gala marcada por el dolor y el hastío ante la matanza más horrible que jamás había conocido la humanidad.

Pero en medio de la tragedia aleteaba la esperanza de que el fin estuviera cerca, no estaban confundidos pues, poco tiempo después el 30 de abril de 1945, la rata inmunda que fue Adolph Hitler se volaba la cabeza cobardemente en su escondijo.

A partir de aquel día el mundo volvió a respirar un poco más tranquilo, aunque a los Estados Unidos le esperaban todavía duras pruebas debido a la resistencia orgullosa del pueblo nipón.

Por fin el día 14 de agosto de 1945 Japón se rindió incondicionalmente y llego la ansiada paz.

Volviendo al ámbito del cine la gran triunfadora de la noche fue la emblemática película “Siguiendo mi camino” del inolvidable Leo McCarey, una deliciosa mezcla de géneros con trasfondo religioso que se impuso ni más ni menos que con 7 Oscar de la academia.

Tenía una cierta lógica el triunfo del film (es una película muy amada en su país de origen) porque su mensaje optimista y esperanzado llenaba muchos vacios que el día a día de la brutal guerra estaba produciendo en infinidad de almas.

El argumento de “Siguiendo mi camino” es sumamente simplista, de hecho se convirtió en remanido y ha tenido multitud de secuelas de todo tipo, pues nos habla de un joven párroco que llega a una parroquia regida por un párroco en decadencia logrando al poco tiempo revolucionar toda la vida del su barrio.

El anciano cura al principio adoptará una actitud a la defensiva dado que vive anclado en el pasado pero, poco a poco, se irá sintiendo atraído por el singular encanto del recién llegado.

McCarey, que políticamente no se distinguía precisamente por ser un revolucionario, sí le dio sin embargo a la cinta un cierto contenido de tibia denuncia social que era toda una novedad en la norteamericana de la época.

Aunque todo esto, por supuesto, dentro de una línea de corrección católica y un excepcional ramillete de antológicas canciones.

¿Sabéis una cosa?, Bing Crosby, el protagonista del film, siempre se preció de no saber leer música, de hecho no distinguía una corchea de un carácter en cirílico, pero compensaba todo ello con un oído espectacular y una memoria melódica incomparable.

Crosby fue un famosísimo cantante de la época que unos años más tarde se vería eclipsado ante la llegada de Sinatra, le acompañaba en el reparto Barry Fiztgerald, el inolvidable Oge Flynn de “El hombre tranquilo” que es protagonista de uno de los momentos más bellos del film.

Durante un tiempo se acusó a Leo McCarey de haber logrado con este gran éxito un film a la medida del la grandiosa voz de Crosby y más aun al año siguiente cuando repitió éxito con “Las campanas de santa María” donde el singular Padre O´Maley repetía andanzas en otra parroquia esta vez acompañado por la bellísima Ingrid Bergman que recrea la monja más bella jamás vista en la pantalla.

Personalmente creo que se equivocaron en el juicio sobre mi admirado director pues al disfrutar esta enorme película se comprueba con placer que asistimos a un todo muy equilibrado y sensible en el que se combinan canciones con momento de gran belleza plástica y sobre todo emocional.

Por último el tono narrativo de este film resulta extremadamente coherente y hasta cierto punto librepensante, todo ello sazonado por momentos de intima emoción.

A Leo McCarey le ocurrió durante toda su vida profesional lo mismo que al bueno de Frank Capra, se les tachó, cuánto menos, de crédulos e ingenuos y sobre todo de sensibleros cuando en realidad la ternura de sus filmografías estaba sostenida por firmes principios vitales, estéticos e intelectuales y ¿por qué no?, la gran convención de que el mundo podía ser mejor de lo que es en realidad.

Para terminar quiero decir que quizá el título de mejor película y mejor actor quizá le pueden venir algo grande al film, pero lo que es indiscutible es el galardón a Leo McCarey, realizador fundamental en la historia del cine del que Renoir llego a decir que era el grande entre los más grandes de su generación, siendo además el inspirador de grandes obras maestras como la ya mencionada en un artículo anterior “Cuentos de Tokio” (1953) de Yasuhiro Ozú.

El premio a la mejor actriz recayó en esta ocasión en Ingrid Bergman gracias a su papel de una joven esposa que se ve cruelmente manipulada por su marido que tiene como único propósito vital el lograr que pierda la razón.

“Luz de gas”, fascinante producción de la metro le fue encargada a un atípico George Cukor que, con su habitual maestría, convirtió un Thriller al uso que se prestaba a mil efectismos en una historia enormemente romántica con estimulantes toques de suave misterio.

El film también fue primorosamente protagonizado por un enorme Charles Boyer en estado de gracia.

Termino con una curiosa circunstancia que no se ha vuelto a dar en ninguna ceremonia más, Barry Fiztgerald estaba nominado al mismo tiempo por actor principal y como mejor secundario del mismo film (Siguiendo mi camino), éste hecho provoco una cierta controversia a en los mentideros de Hollywood.

También añadiré que la grandiosa película de Fritz Lang “La mujer del cuadro” solo recibió una nominación a la mejor banda sonora.

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Sancho Gracia, el gran Curro Jiménez

Quizá sea una boutade, perdonarme por ello, pero siempre he considerado a Sancho Gracia como el equivalente español del actor de culto Burt Reynolds (véase “Deliverance”, 1972)

 

Los primeros pasos de este madrileño fueron en las tablas del teatro a finales de los años 50, en aquella época participó en obras tan prestigiosas como “Calígula”, de Albert Camus, “Divinas palabras”, de Valle Inclán o “Los intereses creados”, de Jacinto Benavente.

Hago especial hincapié en su formación clásica porque cuando nos enfrentamos a esta estirpe de animales cinematográficos tendemos a creer que simplemente se limitan a comerse la cámara con su presencia, sin pararnos a pensar que el arte que vemos fluir tan fácilmente en la pantalla no emana del arduo trabajo de un gran actor sino exclusivamente de un mito simbólico.

Ya en el cine debutó en 1964 de la mano del recientemente fallecido François Villiers; sus compañeros de trabajo en “La otra mujer” fueron figuras internacionales de la talla de Annie Girardot o Alida Valli (El tercer hombre, 1949), sin olvidar por supuesto al llorado Francisco Rabal.

 

Voy a pasar de rondón por la trayectoria cinematográfica de este gran actor para centrarme en mi propia memoria fílmica y emocional. Los niños de mi generación aprendimos a luchar a espadas gracias a su caracterización como D´Artagnan en la novela televisiva “Los tres mosqueteros” (1971); quién sabe también cuantas vocaciones habrá despertado con la mítica serie “Los camioneros” (1973-1974)

Pero lo mejor de todo, el principio de un sueño, comenzó el 14 de abril de 1975, día en el que se dio el primer golpe de claqueta a la leyenda del inmortal personaje “Curro Jiménez“.Aun recuerdo aquellos domingos de internado en los que al final del día revivía las andanzas del “Estudiante”, “El Algarrobo” y El Gitano”, que había disfrutado en el ansiado fin de semana en casa con mis padres; en aquellos momentos viajaba con la imaginación a la fascinante Sierra Morena donde montaba un corcel negro al lado de Curro.

Prácticamente todos los grandes directores de la época pasaron por la serie: Mario Camus, Pilar Miró, Joaquín Romero Marchent y un largo etcétera que edificaron un rosario de imágenes que aún perduran en las retinas de millones de personas en todo el mundo.
Sí, digo millones porque la serie “Curro Jiménez” (seguida muy de cerca por “Verano azul”y “El Hombre y la tierra”) ha sido el mayor éxito comercial de toda la historia de la televisión española.
Desde que desapareció de la parrilla en 1978 muy pocos países de la tierra no han emitido las hazañas del célebre bandolero.
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21 Ceremonia de los Oscar (1949)

Películas de 1948, el poder inglés.

El 24 de marzo de 1949 la ceremonia de entrega de los premios Oscar se celebró por primera (y única vez) en el propio teatro de la sede oficial de la academia, finalizaba la década más sangrienta de la historia de la humanidad y se aproximaban acontecimientos que iban a dar al traste con el orden establecido en todos los aspectos de la vida en sociedad.

Antes de comenzar con esta cronología quisiera pediros perdón por mi enésima pataleta, lamento haber cerrado el blog durante estas semanas, pero os pido por favor que lo comprendáis, necesitaba frenar un poco y poner en orden mis ideas y mis actos, desgraciadamente la vida no es como una película de Capra donde la bondad reina siempre en un eterno final feliz.

Bueno, comienzo con el Oscar a la mejor película, “Hamlet”, una obra maestra del mejor actor de todos los tiempos Lawrence Olivier que se empeñó en llevar a la pantalla lo mejor de Shakespeare y lo logró en buena lid, pues nadie ha logrado superar la cota que impuso (aunque reconozco que el “Romeo y Julieta” de Franco Zeffirelli fue un gran film)

La obra de Shakespeare nació inmortal porque se basa en continuos arquetipos del ser humano que le son fáciles de comprender a cualquier estructura mental, por muy básica que esta sea.

Otelo, por ejemplo, es la quinta esencia del monstruo de los celos, mientras “Romeo y Julieta” aborda el fatalismo y la pasión amorosa, a su vez Macbeth representa fielmente la ambición del ser humano que no se detiene ante nada para lograr sus más bajos deseos, y por último la historia que nos ocupa “Hamlet” que refleja la impotencia del hombre frente a un destino marcado e inalterable.

No me voy a detener en exceso en el argumento de “Hamlet” porque es sobradamente conocido y si no fuera así (porque muchos sois jóvenes) os estáis perdiendo una de las experiencias más gratificantes de la lectura: leer los libretos del genial autor británico.

El padre de Hamlet, a la sazón rey de Dinamarca, ha sido asesinado a manos de su propio hermano que no contento con su deshonesto acto comete la felonía de casarse con la esposa del fallecido.

El ya príncipe danés cae en un estado de desasosiego que le lleva a ver al espíritu de su padre que le cuenta todo lo sucedido y le pide venganza (otra constante de la obra de Shakespeare), cargado de odio Hamlet busca la manera de desenmascarar a su tío y para ello idea la estratagema de llevar a palacio un grupo de titiriteros que van a representar ante la reina y el magnicida un argumento similar al de la vida real.

Sobra decir que esta película se convirtió ya desde su estreno en uno de los mayores éxitos del cine británico.

¿Qué se puede decir de Lawrence Olivier?, esta gran figura de las tablas interpretó y dirigió el film con una maestría impropia de un realizador con no demasiado bagaje (aunque había dirigido en 1946Enrique IV”), de hecho Olivier se volcó de tal manera en su película que su matrimonio con la bella Vivien Leigh se fue al traste, no solo por la elección de la hermosa Jean Simmons en detrimento suyo para uno de los principales papeles, sino por la sensación que tubo la inolvidable Escarlata de que ella quedaba al margen de la vida del genial actor.

Lawrence Olivier consiguió el Oscar al mejor actor, en total a lo largo de su carrera logró otras dos estatuillas en 1947 y en 1979 (estas de carácter honorifico) y además 10 nominaciones que le convirtieron en un habitual de las galas anuales.

A modo de curiosidad voy a dar unos datos que espero os sean de utilidad:

A Olivier solo le supera en número de nominaciones únicamente Jack Nicholson con doce nominaciones y tres premios, a su vez al bueno de Jack le gana la maravillosa Meryl Streep que colecciona 16 candidaturas y dos Oscar.

Pero ni con esas llegan a las 45 nominaciones del grandísimo John Williams y mucho menos a los 59 del mítico Walt Disney que, a lo largo de su vida, recogió 26 Oscar.

En el aspecto negativo el técnico de sonido Kevin O´Conell tiene el dudoso merito de haber sido nominado en veinte ocasiones y no haber logrado ningún premio.

¿Sabíais que un perro pudo haberse alzado con un Oscar?, este curioso lance se dio en 1985 cuando el guionista Robert Towne firmó el libreto de “Greystoke” (Hugh Hudson) con el nombre de su
perro “Vazak” por discrepancias con los productores del film, lo que menos se esperaba, por lo que parece, es que su labor iba a resultar nominada.

Volviendo a Lawrence Olivier nunca pude entender cómo no fue elegido para el papel de Ashley Wilkes en Lo que el viento se llevó, no solo daba el tipo ideal sino que resultaba más creíble que el gran actor Leslie Howard, se comenta que Selznick visitaba a menudo el plato de “Cumbres borrascosas” (1939, William Wyler), pero su participación al final no fue posible.

Olivier participó en 1972 en el gran film de MankiewiczLa huella”, su compañero de reparto era un Michael Caine en pleno despegue de su carrera, este gran actor estaba preocupado por cómo debía de tratar a Olivier, dado que era conocedor de sus títulos de Lord y Sir, de hecho es el único actor que lo ha logrado, pero el veterano actor conocedor de los temores de Caine lo solucionó todo enviándole una cálida carta en la que le suplicaba que le llamara simplemente Larry.

E l rodaje en sus primeros días resultó ser muy problemático, Olivier era incapaz de retener en su memoria los diálogos, todo el equipo se extrañó de esta situación dado que se trataba de un rey de las tablas que había llegado a interpretar frente al público una obra de Eugene O´Neil de tres horas y media de duración.

Pronto salió la verdad a la luz, Olivier debido a una situación estresante que había vivido en relación a su profesión se había visto obligado a tomar tranquilizantes y estos le habían afectado a la retentiva, rápidamente se suspendió la medicación y Olivier volvió a ser el mismo monstruo de siempre.

Los que me habéis leído ya sabéis de sobra que me avergüenza sobremanera no ser un gran partidario de la obra de John Huston, me encantaría dar razones objetivas pero por una razón o por otra siempre termino derivando en “Vidas rebeldes” y el desatino (a mi gusto) de matar el Glamour de tres vacas sagradas del cine: Clark Gable, Marilyn Monroe y Montgomery Clift. (sé que te doy un disgusto querido anmigo Plared, lo siento de corazón, además sabes que amo muchas de sus otras grandes obras maestras)

No le culpo de la muerte del rey de Hollywood, no llego a tanto, pero debió de vigilar mas las escenas en las que intervino Gable, dado que éste contagiado del fuerte espíritu de este director de sangre irlandesa se negó a utilizar dobles en las complicadas escenas de doma de caballos y fruto de estos esfuerzos le sobrevino un ataque fulminante que acabó con su vida dos días después del último corten a la temprana edad de 60 años.

Aun con todo dejo al margen varias de sus grandes obras maestras: la propia “El tesoro de sierra madre” que le valió el único Oscar de su carrera (por esta película logró otro Oscar pero fue al mejor guion, como director no lo volvió a lograr) y las grandes obras maestras: La reina de África, La jungla del asfalto y por supuesto El halcón maltes y Cayo largo.

Elogio ciertos aspectos de la personalidad de este director, creo firmemente que tras su aspecto y maneras hoscas se escondía un verdadero romántico, pero había que rascar para ello una espesa capa de cinismo, también me gusta su condición de convencido descreído lo que le llevaba a encumbrar en su poética al perdedor, encontrando en el fracaso y la frustración una belleza épica.

Por supuesto también me enamora su cabezonería y su decisión, sobre todo al enfrentarse al todopoderoso Jack Warner (que renegaba de “El tesoro de sierra madre”) para que el film se realizara en escenarios naturales de Méjico cosa que a la larga resulto ser un acierto porque el film reflejó como nunca hasta el momento la crudeza y el sudor polvoriento de los actores y de las situaciones.

Bogart compuso un personaje inolvidable en esta búsqueda de un inalcanzable dorado pero la palma en los premios se la llevó Walter Huston, padre del director, que en el trío de desesperados representaba el único enlace creíble con la naturaleza humana.

Este gran actor interpretó en 1930 a Abraham Lincoln en un film de Griffith, el padre del cine, recuerdo haber visto este film en un reciente pase televisivo y me quedé paralizado ante la credibilidad que le daba este genial interprete a cada uno de sus gestos, por muy nimios que estos fueran.

Huston ya había sido nominado antes de este Oscar al mejor
secundario en “El tesoro de sierra madre”, fue en 1936 por su papel protagonista en El desengaño de William Wyler y unos años después por El hombre que vendió su alma (William Dieterle, 1941) y ya en 1942 fue propuesto por su labor como secundario en Yanqui Dandy” (Michael Curtiz)

Walter Huston, que había trabajado junto a Gary Cooper en 1929 en el virginiano, de Victor Fleming, se despidió del cine en 1950, año en el que trabajo juntó a Bárbara Stanwyck en The furies (Anthony Mann), unos pocos días más tarde de que acabara el rodaje este gran actor fallecía repentinamente.

Me ocuparé ahora del premio a la mejor actriz que fue a parar a la famosísima Jane Wyman, que lo fue no solamente por haber sido la primera esposa del presidente de los estados unidos Ronald Reagan sino por su papel en la mítica saga televisiva Falcon Crest que la convirtió durante toda una década en una de las actrices más famosas de la tierra.

El film que le supuso su único Oscar Belinda” (Jean Negulesco) es un dramón de los que hacen escuela y una película que en todos sus pases televisivos siempre ha despertado el gusto de la audiencia debido a las lágrimas que provoca.

Belinda es una joven habitante de un pequeño pueblo costero que vive una triste existencia acosada por el desprecio de todos sus vecinos, siendo además ninguneada por su propia familia, a ello se suma su condición de sordomuda.

Todo esto parece que va a acabar con la llegada de un medico que se toma en serio su caso y pretende reintroducirla en la sociedad enseñándole para ello los elementos básicos del lenguaje de signos.

Belinda va mejorando día a día y el doctor se plantea seriamente presentar su caso para que sea sometida a un nuevo tratamiento que le puede hacer recuperar el habla, pero ocurre un hecho salvaje que lo echará todo a perder y no puedo contar más… Solo os diré que al final os preparéis una buena provisión de pañuelos porque os van a hacer falta.

Jane Wyman, que había logrado su primer papel protagonista en 1937 (“Public Wedding”) intervino también en una de mis películas de cabecera Sublime obsesión”, en esta sí que se llora a gusto también y además Rock Hudson está más guapo que nunca, es un peliculón en toda regla, no en vano su director Douglas Sirk es uno de los mayores maestros del melodrama de todos los tiempos.

Ya he hablado de Falcon Crest, popular saga televisiva que comenzó en 1981 y se mantuvo en pantalla hasta 1990, los dos únicos actores que estuvieron los 228 episodios enteros fueron la propia Wyman y el inefable Lorenzo Lamas.

 

Por cierto a mí me encantaba el malo (que al final era bueno) Richard Channing , interpretado por David Selby.

Claire Trevor, la mítica dallas de “La diligencia” (John Ford, 1939) se alzó en esta edición con el Oscar a la mejor actriz secundaria gracias a la obra maestra de HustonCayo largo”, una tormentosa historia que se desarrolla bajo el claustrofóbico ambiente de un hotel en el que tres personajes son secuestrados por un mafioso sicópata que se refugia de un inminente huracán.

La presencia de Bogart y de John Barrymore en el reparto ya es de por si un buen reclamo, pero el que borda su papel es un Edward G. Robinson en estado de gracia que, literalmente, se come al resto de los actores.

Trevor interpreta en el film a una cantante que vivió antiguas glorias pero debido al alcohol y a las nefastas compañías ha echado a perder su carrera y por ende su vida, son inolvidables las escenas en las que sufre malos tratos tanto físicos como mentales por Rocco, el gánster que interpreta Robinson.

Claire Trevor, que ya había ganado un Oscar por su papel en “Calle sin salida” (William Wyler, 1937) en la que también compartía cartel con Bogart, repitió Oscar en 1955 por su papel en el hermoso film “Escrito en el cielo” una de las últimas películas de William Wellman, inolvidable pionero del viejo Hollywood.

Este año de 1949 será recordado como el pistoletazo oficial de los ya imprescindibles premios a la mejor película extranjera y en esta ocasión se eligió una película francesa Monsieur Vincent, un film hoy completamente olvidado que reflejaba en imágenes la heroica vida del santo francés San Vicente de Paul, al que personalmente le tengo bastante devoción dado que me eduqué en la niñez con los padres paúles.

Lamento no dar demasiados datos sobre la película o el director Maurice Cloche pero es que reconozco que no tengo ni idea, ni he encontrado tampoco una información de especial interés.

Lo que sí voy a hacer es aportar un pequeño dato sobre este apartado del que iré hablando más en profundidad en próximas entregas:

Los dos países con más candidaturas en la categoría de habla no inglesa son: Francia con 38 ocasiones, y 12 estatuillas, e Italia con 30 candidaturas y 13 Oscar, si bien cuatro de esos premios fueron a parar a las manos del inolvidable Federico Fellini.

Para acabar, como ya viene siendo costumbre, paso a redactar un pequeño racimo de curiosidades que espero sean de vuestro gusto.

“Hamlet” fue el primer film de nacionalidad británica que se llevó el máximo trofeo de la noche.

Walter Wanger se negó a recibir un Oscar honorifico por su labor de producción en “Juana de Arco” aduciendo para ello el maltrato de su film a la hora de las nominaciones y sobre todo su marginación en los premios.

Las obras maestras La terra crema (1948) de Luchino Visconti y “Carta a una desconocida” (Max Ophuls) (una de las películas más bonitas de todos los tiempos) son injustamente ninguneadas.

Fueron maltratadas también joyas como “Las zapatillas rojas” de Michael Powell y Emeric Pressburger (sólo Oscar a la mejor banda sonora) y el mágico film “Jennie” de William Dieterle.

Por último el inolvidable Montgomery Cliff recibió la primera de sus cuatro nominaciones, inexplicablemente jamás resultó reconocido su talento.

Nos veremos pronto amigos y amigas, un abrazo para todos.

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20 Ceremonia de los Oscar de Hollywood, 1948

La vigésima ceremonia de los premios Oscar se celebró en el Shrine auditórium el 20 de marzo de 1948.

Se puede decir que por primera vez desde que se instituyeron los premios asistimos a una gala mediocre que solo era el reflejo de una industria que sentía cercano un cataclismo que iba a dejar pequeño el que se produjo tras el advenimiento del cine sonoro, estoy hablando de la televisión.

Corrían por aquellos días vientos de cambio, la Warner por ejemplo había encadenado una serie de fracasos comerciales que hicieron dudar sobre si Jack Warner estaba perdiendo su célebre olfato y a ello había que sumarle la deserción de John Huston, harto de los tejemanejes de la política norteamericana, por otra parte la Metro Goldwin Mayer parecía estancada en un gélido glamour y en los decorados de cartón piedra.

Por ello la única nota discordante, a la par que ilusionante, la dio la Fox que decidió combinar sus grandes producciones a todo color con films de bajo presupuesto, cercanos a la serie B, pero firmado por realizadores de reconocido prestigio, sentando así las bases de lo que años más tarde la Nouvele Vague denominó cine de autor.

A esta etapa del estudio se le denomino la era del director y fue posible gracias al esfuerzo de Zanuck que incluso se involucró personalmente en muchos de estos proyectos que llevaban implícita una cierta carga de denuncia social, que aunque muy cándida, era más de lo que se podía ver en cualquier film de la época.

De esta época destaco tres films que por sus valores cinematográficos aun son dignos de mención y, lo que es mejor, han envejecido muy bien, por lo que su visionado aun puede regalar alguna sorpresa.

El primero fue “Pinky” (Elia Kazan, 1949), un valiente alegato contra el racismo que fue muy atacado en su época, también es destacable la labor de Anatole Litvak en “Nido de víboras”, que fue un saludable ejercicio de denuncia de la lamentable situación de las instituciones psiquiátricas en Estados Unidos.

Y en tercer lugar el film que nos afecta “La barrera invisible”, una tímida condena hacia el antisemitismo reinante en los Estados Unidos que, lejos de cesar tras el holocausto nazi, aumentó en ciertos sectores de la sociedad americana.

El film no es un acto de desagravio ante el Pueblo judío en general, si hay algo que los norteamericanos tenían bien claro es que ellos no fueron los culpables de la barbare nazi, un plan tan diabólicamente trazado que paso desapercibido para el resto de la humanidad, más bien la intención de los productores y el director era mostrar tal cual una situación que afectaba a ciudadanos americanos de pleno derecho y en la que en muchos casos aleteaba el elemento económico.

Una de las grandes bazas del film radica en la soberbia presencia física del gran Gregory Peck, un ferviente católico muy conocido en Hollywood por sus ideas progresistas y que encarna a un escritor que con el fin de documentar su libro se hace pasar por judío, sufriendo en sus propias carnes una discriminación mas sibilina que la que se perpetraba con los hombres de color, pero no menos efectiva.

Aun con todo “La barrera invisible” no deja de ser un film menor y totalmente prescindible en la legendaria filmografía de Elia Kazan, uno de los mejores directores de su generación.

Hay tres grandes películas este año (dentro de la línea gris de la que hemos hablado) que bien hubieran merecido el reconocimiento de la academia:

Por una parte “Encrucijada de odios”, otro tibio alegato contra el racismo y probablemente la mejor película de Edward Dimytrick, “Cadenas rotas”, una gran obra maestra del la primera época de David lean y sobre todo “Retorno al pasado” (esta ni siquiera estaba nominada) inmortal obra maestra de Jacques Tourneur.

El premio al mejor director fue a parar a las manos de un Elia Kazan que unos meses después, al verse acorralado, denunciaría a buena parte de los componentes del film.

Kazan se impuso, de hecho, a un irreconocible George Cukor que quiso cambiar de registro y presentaba “Doble vida”, un film que se alejaba de la comedia, genero que siempre le fue más afín.

Una de las grandes sorpresas de la noche se desató al levantarse a recoger el premio Ronald Colman, un gran actor pero con un perfil mucho más discreto que el de John Garfield al que todas las quinielas daban por ganador (“Cuerpo y alma”, R. Rossen)

Siempre he apreciado la figura del Ronald Colman, un galán de maneras grisáceas, pero sumamente eficaz que había realizado dos grandes papeles en “Historia de dos ciudades” (Jack Conway) y “Horizontes perdidos” (1937), una rareza de Capra, de la que se acaba de rescatar el copión original, que contaba con la presencia de Jane Wyatt, a la que muchos consideramos como la mujer más bella de la historia del cine norteamericano.

Aunque para mí la que fue su gran película es sin dudarlo “Niebla en el pasado” (1942, Mervyn Leroy), una de las cumbres del melodrama del cine universal.

Sobre Colman ya comenté en una ocasión que se llegó a barajar su nombre (ante las constantes reticencias de Gable) para dar vida a Rhett Butler, pero fue rápidamente descartado debido sobre todo a su edad: 48 años en 1939.

“Doble vida”, que ya hemos comentado que fue dirigida por George Cukor es un drama sicológico que muestra la obsesión de un actor por el personaje de Otelo hasta llegar al extremo de mimetizarse mentalmente con el mercader de Venecia.

“Un destino de mujer” es un olvidado film de H.C Potter (El vaquero y la dama”, 1937, a mi gusto la película más bonita de Gary Cooper) que narra las andanzas de una joven de ascendencia sueca que a pesar de carecer de recursos y de haber tenido una educación muy humilde, lucha por hacerse un puesto en el difícil mundo de la política USA.

Loretta Young, protagonista del film y Oscar a la mejor actriz siempre tuvo a gala ser la mejor representante  (para  lo bueno y para lo malo) de la mujer norteamericana.

En otra filmografía de cualquier país de la tierra la mojigatería y petulancia de esta gran actriz seria un obstáculo para su talento y todo un lastre para su credibilidad interpretativa, pero en la concepción de la poética de Estados Unidos su arquetipo tiene cabida en cualquier historia que intente retratar fielmente a la sociedad norteamericana.

Años más tarde Loretta Young elevó hasta el infinito su aura de mujer perfecta al hacerse cargo en 1953 de un mítico programa de televisión, de amable recuerdo en la psiquis norteamericana, que dio en llamarse (no podía ser menos) “El show de Loretta Young”.

Es celebre (y absolutamente real) la anécdota de que multaba a sus compañeros de plato y a sus invitados con 50 céntimos cada vez que decían una “palabra inadecuada”, esto propició situaciones divertidísimas como en cierta ocasión en la que recibió la visita de un célebre personaje del Broadway de la época (no he podido contrastar el nombre) famoso por su incontinencia verbal.

En un determinado momento de la entrevista el showman soltó un taco inofensivo, pero la Young se apresuro a apercibirle con una multa, sin inmutarse el entrevistado sacó de su bolsillo un billete de diez dólares y le espetó a la actriz: ¡vete a hacer puñetas Loretta!

Esta hermosa actriz, que había llegado, de niña, a trabajar junto a Valentino en “El Caid” (George Melford, 1921) se hizo famosa gracias a interpretar a una princesa navarra en “Las cruzadas” (1935), mítica película del espectacular Cecil b. DeMille, a su vez también figuró en el reparto de “La llamada de la selva” (William Wellman, 1935) junto a Clark Gable.

Pero el papel por el que será siempre recordada será el de esposa de un criminal nazi en “El extraño” (1946) dirigida por el genial Orson Welles.

Loretta Young, que mantuvo su programa en antena hasta 1961, falleció a los 87 años el 12 de agosto de 2000.

Antes de terminar mi crónica no quiero olvidar que Edmund Gwenn recibió el Oscar al mejor actor secundario gracias a la arquetípica película “De ilusión también se vive“” dirigida por George Seaton (aquella del juicio a Papa Noel, seguro que os acordáis), que se ha convertido con los años en nostálgica cita obligada cada navidad.

Este precioso film estaba protagonizado también por mi amada Maureen O´Hara, que precisamente por estos días acaba de cumplir 90 gloriosos años. Y por una deliciosa Natalie Wood (aun era una niña) en su primer papel.

Por otra parte, ya en el apartado femenino, Celeste Holm logra la única estatuilla de su carrara gracias a su papel en “La barrera invisible”, esta actriz es famosa también porque dio vida a Karen, la inseparable amiga de Bette Davis en “Eva al desnudo” (Joseph L. Mankiewicz)

Para finalizar añadiré que por primera vez en la historia de los premios se va a premiar a una película extranjera por su simple condición de tal, sentando las bases de lo que más tarde se convertiría en el Oscar a la mejor película extranjera.

La cinta en cuestión fue “El limpiabotas”, primera obra maestra del neorrealismo italiano dirigida por Vittorio de Sica, un realizador que siempre conto con el beneplácito del público estadounidense.

Sabéis que de buena gana me liaba ahora con esta corriente cinematográfica que tanto amo, pero este es un ciclo temático dedicado a Hollywood y seria engorroso abrir campo, aunque en breve, tras la conclusión de esta serie, prometo algo grande sobre el cine europeo.

No me resisto, así con todo, a la tentación de no confesaros que pese a que “El ladrón de bicicletas” (1948) y “Milagro en Milán” (1951. Ambas de De Sica) siempre se han llevado la palma cinéfila yo lo tendría muy difícil a la hora de decir cuál de las tres joyas del cine universal me emocionó más)

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