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Francesca Woodman

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El domingo 19 de enero de 1981, hace justo hoy 37 años, Francesca Woodman escribía la que iba a ser su última entrada en su diario:

“Esta acción que preveo no tiene nada que ver con un melodrama; yo era, ¿soy?, no única, pero sí especial, por eso soy artista; inventaba un lenguaje para que las personas vieran las cosas cotidianas como yo las veo y enseñarles algo diferente, pero no hay nada que hacer si no consigo tomar la gran ciudad.

No hay nada que hacer: o pierdo la confianza o pierdo el corazón; no hay que dar lecciones a otro, solo el otro lado.”

Pocas horas después, en una de las noches más frías en Nueva york de todo el siglo XX, esta joven de tan solo 22 años ascendía a la planta 23 del hotel Barbizon 63 para realizar un salto al vacío de 85 metros.

Francesca Woodman nació un 3 de abril de 1958 en Denver, Colorado; sus padres George y Betty dedicaban el cien por cien de su tiempo a su pasión por el arte, devoción que trataron de inculcar a sus hijos.

Francesca tubo un hermano mayor llamado Charles que sufrió un temprano episodio de diabetes, hecho que propició que toda la atención paternal se centrara en él, cosa que a Francesca le vino como anillo al dedo pues, desde niña, tubo tendencia a la independencia y a la creatividad ya que poseía una curiosidad que no conocía limites.

Por aquella época la niña cursó estudios en la escuela pública de Boulder desde el año 63 hasta el 71 con un periodo intermedio en el que realizó sus estudios primarios en Italia; ya en 1972 entra en el prestigioso internado academia Phillips de Massachusetts y un año después se produjo un hecho que marcaría el resto de su corta vida y que, a la postre, convertiría su figura en eterna: su padre, fotógrafo y pintor, le regaló una vieja cámara Rollei y unas breves nociones de fotografía que, a la vista de sus primeras y mágicas obras, asimiló a la perfección.

De 1972 a 1975 Francesca afianzó el que iba a ser su sello de marca: enigmáticas imágenes de formato cuadrado, pequeño tamaño y un blanco y negro tratado con emulsión vintage; en sus fotografías utilizaría habitualmente la larga exposición como elemento de ayuda compositiva con la intención de fusionarse miméticamente con el fondo, normalmente entornos feistas, ruinosos o lúgubres.

Toda su obra esta imbuida de una poesía visual avasalladoramente hipnótica que arrasa la mirada de tal modo que no da tiempo a perderse en disquisiciones sobre mensajes ocultos, influencias o demás argumentos sesudos: su obra no se interpreta, únicamente se siente.

En 1975 Woodman se matricula en la escuela de diseño de Rhode Island donde enseguida destaca por su seguridad en sí misma y por la convicción absoluta de su futura condición de fotógrafa de prestigio; según palabras de su amiga de la infancia, Sloam, Francesca par aquel tiempo era una especie de estrella del rock, tal era su brillo y carisma.

En Rhode Island realizó poderosas obras de un simbolismo desgarrador desarrollando un ojo fotográfico audaz y sorprendentemente original y refinado, de hecho todas sus fotografías llevan implícito un marchamo de modernidad que llega a aturdir, porque pertenecen más a la psiquis de esta época que a la del año en que fueron reveladas.

En 1977 Woodman ya destaca por su capacidad de seducción frente a la cámara, muestra de forma obsesiva su bello rostro y el cuerpo desnudo haciendo esto sin ningún resquicio de falso pudor dado que su formación clásica le hace ver su desnudez de un modo natural, con lo que la provocación subsiguiente queda diluida lo justo para que su cuerpo no sea reclamo de deseo, obscenidad o simple erotomanía, acercándose más a un naturalismo exacerbado que le hace fusionarse con el entorno, de hecho llega a decir que quisiera saber cómo se siente el papel pintado pegado a la pared.

Aunque Francesca pueda parecer paradigma del arquetipo de Narciso solo toma condición de tal cuando al final de su vida le abandona su creatividad y el peso de la genialidad de la obra (que siente perdidos y ajenos) le arroja al charco de la muerte.

En cierta ocasión un compañero (quizá malintencionado) le comentó que porqué ejercía siempre de modelo de su propia obra; ella le espeto, de forma escueta, que su cuerpo era lo que más tenía a  mano.

Y ahí radica el centro de su genial legado: ella, que paso dos años en Roma gracias a una beca de meritos, no fotografió jamás rincones turísticos ni rimbombantes edificios, se bastaba con su propia magia y, en un pequeño espacio, desarrolló una personal y original manera de narrar su modo de ver las cosas.

Esa facultad de convertirse en una isla gestionada bajo la base de una autocracia le jugó una mala pasada cuando en el otoño de 1979 (tras pasar con su novio un idílico verano en una escuela de artes del cristal de Seattle) desembarca en nueva york.

La gran ciudad es un monstruo que te enriquece o te devora: cualquier persona hubiera previsto de antemano esta segunda eventualidad pero Woodman se sabía un genio y tenía plena confianza en su talento.

Nada salió como ella esperaba, sus portfolios viajaban por las agencias sin encontrar respuestas positivas y los profesionales de la fotografía cerraron sus puertas a una chica que presentaba unos planteamientos estéticos novedosos pero radicalmente opuestos va la opulencia y saturación de color que imperaba en aquellos discotequeros, y aun sicodélicos, años de Manhattan; a esto hay que añadirle que jamás se había dado en la historia de la fotografía  una corriente tan crematística, prácticamente se había rendido las armas de este bello arte al rampante mercantilismo y a la cerrazón total a todo aquello que no se ajustaba a las leyes de un marketing que exigía un rédito inmediato de cualquier obra.

Woodman se vio forzada a realizar trabajos alimenticios (llego incluso a ser mecanógrafa) moviéndose entre las bambalinas de las sesiones fotográficas de moda donde ejercía como ayudante de ayudante; es ahí, en el mundo de la alta costura, donde creyó ver una salida y un campo abonado para sus ansias de experimentar, pero esto no ocurrió y sus hermosas obras volvieron a ser rechazadas por fotógrafos academicistas.

Las cosas parecieron mejorar en el verano de 1980 en el que fue aceptada, como artista residente, en la prestigiosa colonia McDowell de Peterborough, New Hampshire, regresaban aquellos días en los que la fuerza huracanada de sus deseos de triunfar alejando un tanto los fantasmas de una oculta vulnerabilidad, pero todo fue un espejismo.

Casi al final del verano rompió con su novio (siempre había sido una relación conflictiva) lo que supuso un aldabonazo en su reciénteme recuperada autoconfianza y lo que es peor: plantando la semilla de una, primero incipiente y luego devastadora, depresión que no le abandonaría ya hasta el día de su muerte.

El tema laboral empeoraba y no encontraba salidas, ni ilusión, para el normal desempeño de su obra; Francesca llegó incluso a hacer saber a su padre del deseo de trasladarse al medio oeste para dedicarse a la cría y monta de caballos; la respuesta del padre fue contundente, y tal vez un poco dura, pero era cierta: -tú no sabes hacer otra cosa que no sea ser artista-, le dijo; pero ella ya no podía serlo, ya no le quedaban fuerzas, su familia no es culpable de no haber reconocido prematuramente las señales de su dolencia porque la depresión es un demonio que te consume por dentro y no se muestra en toda su maldad hasta que ya no hay remedio (así en la mayoría de los casos, yo mismo llevo 20 años medicado con Litio, por lo tanto sé lo que digo)

A mediados de septiembre de 1980 la situación anímica de de Francesca ya era critica y tan preocupante, y evidente, que su familia y entorno cercano no pudo menos que encender las alarmas.

Una amiga de la infancia, Sloam, llegó a recibir esta terrible carta:

“Tras tres semanas, y semanas, (lit) pensándolo al final conseguí acabar con mi vida, tan cuidadosa y concisamente como fuera posible; soy exigente y mi vida en este momento es como el sedimento de un viejo café y preferiría morir joven dejando algunos logros, algún trabajo, mi amistad contigo y algún otro artefacto intacto en vez de borrar sin orden ni concierto todas esas cosas delicadas.”

 

Francesca estaba cumpliendo su palabra porque en aquel octubre, a instancias de su madre, los bomberos derribaban la puerta de su casa para encontrarla inconsciente en la cama; había realizado una ingesta masiva de medicamentos que, por suerte, los médicos lograron revertir salvando su joven vida.

Lo que siguió a continuación fue un infierno: ella acudió al terapeuta accediendo a medicarse pero la raíz del mal ya  se había emponzoñado y la luz de sus ojos murió definitivamente; los padres, temerosos de otro intento, ya definitivo, de acabar con su vida tomaron la decisión de instalarla en su casa.

Hay una foto tristísima de Francesca, la ultima, en la que se le ve en compañía de unos amigos con la mirada perdida y el alma ausente; en el ambiente aleteaba (de modo inconsciente) en la mente de todos la idea de que podrían ser las ultimas navidades de Francesca.

Suele suceder que antes de un triste final surge un periodo de falsa tregua y, ya a principios de enero de 1981, Francesca se sintió un poquito mejor; ella había solicitado una beca a la fundación nacional de las artes con la esperanza de poder alquilar un estudio en el que retomar el ejercicio de su arte, ya sin ningún tipo de agobio, pero a mediados de ese mismo mes ya era consciente de que su deseo no se vería hecho realidad porque, casi con toda seguridad, esa ayuda económica le había sido denegada.

Pero el destino cruel le tenía reservada otra dura prueba tras recuperar su independencia: un desalmado le robó la bicicleta a la pobre chica; este suceso para cualquier persona hubiera supuesto tan solo un fastidio pasajero, o incluso un berrenchín de proporciones épicas, pero en el caso de Francesca algo se rompió por dentro y esa bicicleta se convirtió en la gota de agua que desbordó el vaso.

Aquel 19 de enero acudió a cuidar el hijo de un amigo, el hombre al mirarla se sintió preocupado por su demacrado aspecto y ella (ágil de reflejos) le comentó que comenzaba a sufrir los primeros síntomas de una gripe.

La conversación quedó en tal estado pero, justo tras irse Francesca sonó el teléfono del padre del niño y al otro lado del auricular estaba George, el padre de Francesca que le hizo participe de su alarma tras una conversación con el siquiatra de la fotografa que le comunico angustiado que ella no estaba acudiendo a las consultas y que probablemente había dejado la medicación.

Nos acercamos al fin: cerca de la casa donde ejerció de canguro, en el East Side, se encontraba el hotel Barbizon 63, un edificio de arquitectura singular que siempre había fascinado a Francesca; el resto es historia, ella subió hasta la última planta del edificio y, unos instantes después, su cuerpo y su bello rostro (irreconocible) yacían sin vida en el frio asfalto.

Una de las fuentes que he utilizado para realizar este sentido homenaje ha sido el documental The Woodman (Scott Willis, 2010) (; aparte de recomendarlo fehacientemente quiero haceros participes de un episodio que descubrí a lo largo del visionado; algo impactante que define a la perfección el triste peso del destino en la existencia de algunos seres humanos:

Uno de los entrevistados es un representante de fotógrafos y comentaba con emoción que había conocido a Francesca mientras ella hacía de tercer ayudante en una sesión fotográfica (la que pone los carretes) estableció seguidamente una cálida amistad con la genial fotografa; hablaba este hombre del dolor que le producía el haber estado por aquel tiempo haciendo la pelota a un prometedor fotógrafo italiano sin ser consciente de que tenía a su lado una de las mejores fotógrafas del siglo XX.

Pasadas una cuantas secuencias, y tras el mal trago de rememorar la terrible muerte de Francesca, este hombre volvió a hablar:

Por lo visto Francesca le había ido vendiendo una buena cantidad de originales a 20 dólares la unidad y tras la muerte de la niña se encontró con que el valor de aquellas obras maestras habían ascendido hasta el montante de 40.000 dólares; él comentaba que cuando pago los estudios de su hijo pensaba para sus adentros: no lo he pagado yo, ha sido Francesca Woodman.

No sé la razón, pero te quiero Francesca y te querré mientras me quede un latido de corazón.

 

 

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