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Historia del cine clásico de temática LGTB

Es evidente amigos míos que el cine de temática homosexual ha dejado de ser un subgénero con la implícita etiqueta de erótico (cuando no directamente pornográfico) para ser simplemente Films de amor, thrillersGore o mil variantes que pueden encajar en todas las bifurcaciones temáticas en que deriva la imaginación del creador; con esto quiero decir que es normal que tenga un festival especializado, lo mismo que lo tiene el cine negro, el bélico y el documental.

Emprendo esta breve reseña de este tipo de cine, que siempre ha sido carne de leyendas infundadas, a sabiendas de que dada mi condición de maniqueísta convencido, la única diferencia que admito entre los seres humanos es la que hay entre la gente noble de corazón y la gente indeseable; y no soy ni mejor ni peor por decir esto.

De entrada quiero que sepáis que he decidido obviar datos que, por ser sobradamente conocidos solo aportarían rellenos a este resumen.

Es muy difícil constatar la presencia de guiños homosexuales en la etapa del cine mudo, el lenguaje narrativo y la idea de la condición sexual eran tan distintas a las que imperan hoy día que es muy fácil interpretar como una señal Gay Lésbica lo que pudiera ser sólo un actor sobreactuado, reconozco que esto le resta glamour a muchos falsos mitos, pero yo creo que es un argumento razonablemente lógico.

Por eso para encontrar una señal constatable y evidente hay que trasladarse a 1934 cuando Marlene Dietrich, aquella osada teutona, desafío a todos los tabú de la época, y por supuesto a los hipócritas que los sustentaban, travistiéndose como hombre en “Marruecos“, (Trailer, 1934), y no contenta con ello se atrevió en una de las escenas a dar un beso en la boca a una de las actrices del reparto; en principio esto lógicamente hizo temblar todos los cimientos de la industria, pero con el tiempo se convirtió en una de las razones fundamentales de su paso al olimpo de los dioses del celuloide.

Os extrañará que el párrafo anterior haya olvidado al mítico director del film Josef Von Sternberg, está claro que el fue la mano que dio forma al film, pero dada la pasión pagana y obsesiva que éste sentía por la Dietrich veo muy difícil que no haya sido una decisión de mutuo acuerdo.

Por la famosa teoría del caos “una acción produce una reacción” y ese mismo año un moderno inquisidor llamado Will H. Hays creó un famoso código que se mantuvo en vigor hasta 1969, coartando de tal manera la libre creatividad que se puede decir que, prácticamente, hubo que volver a reinventar el cine.

Con lo que no contaba Hays es con el genoma de la genialidad que propició que grandes directores como Ernst Lubitsch burlaran con tanta picardía la censura que el bueno de Will todavía estará en el más allá intentando comprender sus sutilezas argumentales.

Otros de los goles antológicos se lo propinó el, por aquella época todopoderoso, David O. Selznick, que no solo se saltó a la torera la orden de eliminar la sangre de la escena final de “Duelo al sol” (King Vidor) sino que además logró que Jennifer Jones casi pidiera hacer el amor a gritos en cada uno de los fotogramas; no tenemos que olvidar que era el año 1946, lo que demuestra que con el dinero también se podían comprar la decencia.

Años mas tarde vendría un ingenuo intento de enfrentarse al férreo control del código; se trataba de la historia de dos maestras que vivían solas y un día por accidente entablan una conversación desafortunada que una malvada niña saca de contexto propagando el bulo de que sus profesoras son lesbianas.

De “La calumnia”, (Trailer,1962), todo el mundo piensa que fue un film valiente que se enfrentó con libertad al hecho de la libre elección de la identidad sexual; su director William Wyler luchó contra viento y marea porque creía en las posibilidades del argumento de la obra teatral de Lillian Hellman (por supuesto que las tenía, y muchas), pero se vio obligado a plegarse ante la mutilación de capítulos esenciales que eran los encargados de equilibrar la frágil distancia entre una historia sobre una maestra que intentaba asumir su homosexualidad sin conseguirlo y otra en la que ésta maestra simplemente es castigada a cargar con la etiqueta de posible pervertidora de tiernas infantes (con el lógico sentimiento opresivo de culpa).

Todo viene dado porque que el chapucero recorte del guión daba la razón a las gentes del pueblo que, aunque culpaban a una inocente, eran exoneradas porque el espectador es consciente de que dado lo extremo de la situación, con niños de por medio, prevalecía el grave delito del mal ejemplo, propiciando el dramático final de la protagonista.

Esto fue el motivo de que, lo que tenía que haber sido una propuesta transgresora, se convirtiera gracias a la censura en un ensayo delirante que relacionaba claramente la homosexualidad con el cruel concepto de la culpa vergonzante.

Esta controvertida teoría, que, os recuerdo, solo se trata de una opinión personal, ha provocado horas y horas de airada tertulia a lo largo de mi vida por lo que hace tiempo que la dejé en los trastos de la memoria; si la he sacado a colación es porque lo creí apropiado dado el tema a tratar; de hecho William Wyler ha sido un icono arquetípico en mi memoria cinematográfica.

De Inglaterra llegó la primera aproximación sincera y cruda al tema; el cine Británico tiene reconocidos lastres, de hecho mi adorado Truffaut desconfiaba de todo el celuloide anglosajón, pero si algo está claro es que son los maestros del realismo glacial; por eso en 1961 surgió “Victim”, (Trailer), gestada en plena efervescencia del “Free cinema”, aunque sin comulgar de sus principios, dado que su director Basil Dearden era tan solo un artesano carente de cualquier atisbo de estilo personal, finalmente el éxito del film demostró que esto no tiene porque ser necesariamente negativo.

Esta historia sobre un hombre que lleva una vida segura y acomodada y que a causa de un desliz homosexual va a ver su apacible existencia desmadejada por culpa de un desaprensivo que le amenaza con sacarle del armario si no recibe una cantidad de dinero; rompió el tabú cobarde y acomodaticio que había impuesto la lacra de la censura.

A partir de aquí la historia se bifurca felizmente porque en los 70 el cine de temática Gay expandió sus fronteras temáticas con verdaderos hitos como “Los chicos de la banda”, (Trailer) de William Friedkin” (El Exorcista”,1973), y sobre todo, la bienvenida al cine de consumo masivo de la mano de “Tarde de Perros” (Trailer, 1975) del gran Sidney Lumet (Antes que el diablo sepa que estas muerto, 2007).

Aun así la comunidad homosexual volvió a sentirse convulsionada con el revuelo que se produjo en 1980 con la película de William Friedkin “A la caza” (Trailer), intuyendo en esta película, ya justamente olvidada, un intento de relacionarles subliminalmente con las practicas de sexo violento que reflejaba el film.

Todos estos comprometidos realizadores que han aparecido en este relato propiciaron, con el riesgo incluso de perder sus carreras, que el planeta entero recibiera con cariño y normalidad la sensible y dulce esencia de “Brokeback Mountain” (Trailer, 2005) de Ang Lee.

A modo de posdata añadiré que he dicho todo el orbe, aunque todos ya sabéis que al señor Bush no le gustó; no sé hasta que punto este dato es fiable…